13.11.10

Comentario Libro de la Vida capítulo 33


COMENTARIOS AL LIBRO DE LA VIDA
Capítulo 33: 



 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.

                              CAPÍTULO 33 



   Procede en la misma materia de la fundación del glorioso San José. Dice cómo le mandaron que no entendiese [1](1) en ella y el tiempo que lo dejó y algunos trabajos que tuvo, y cómo la consolaba en ellos el Señor.
(sigue aquí --- en "Más información"... )


            1. Pues estando los negocios en este estado y tan al punto de acabarse que otro día se habían de hacer las escrituras, fue cuando el Padre Provincial [2](2) nuestro mudó parecer. Creo fue movido por ordenación divina, según después ha parecido; porque como las oraciones eran tantas, iba el Señor perfeccionando la obra y ordenando que se hiciese de otra suerte. Como él no lo quiso admitir [3](3), luego mi confesor me mandó no entendiese más en ello, con que sabe el Señor los grandes trabajos y aflicciones que hasta traerlo a aquel estado me había costado. Como se dejó y quedó así, confirmóse más ser todo disparate de mujeres y a crecer la murmuración sobre mí, con habérmelo mandado hasta entonces mi Provincial.

            2. Estaba muy malquista en todo mi monasterio [4](4), porque quería hacer monasterio más encerrado. Decían que las afrentaba, que allí podía también servir a Dios, pues había otras mejores que yo; que no tenía amor a la casa, que mejor era procurar renta para ella que para otra parte. Unas decían que me echasen en la cárcel [5](5); otras, bien pocas, tornaban algo de mí. Yo bien veía que en muchas cosas tenían razón, y algunas veces dábales descuento [6](6); aunque, como no había de decir lo principal, que era mandármelo el Señor, no sabía qué hacer, y así callaba otras. Hacíame Dios muy gran merced que todo esto no me daba inquietud, sino con tanta facilidad y contento lo dejé como si no me hubiera costado nada. Y esto no lo podía nadie creer, ni aun las mismas personas de oración que me trataban, sino que pensaban estaba muy penada y corrida, y aun mi mismo confesor no lo acababa de creer. Yo, como me parecía había hecho todo lo que había podido, parecíame no era más obligada para lo que me había mandado el Señor, y quedábame en la casa [7](7), que yo estaba muy contenta y a mi placer. Aunque jamás podía dejar de creer que había de hacerse, yo no veía ya medio, ni sabía cómo ni cuándo, mas teníalo muy cierto.

            3. Lo que mucho me fatigó fue una vez que mi confesor [8](8), como si yo hubiera hecho cosa contra su voluntad (también debía el Señor querer que de aquella parte que más me había de doler no me dejase de venir trabajo), y así en esta multitud de persecuciones que a mí me parecía había de venirme de él consuelo, me escribió que ya vería que era todo sueño en lo que había sucedido, que me enmendase de allí adelante en no querer salir con nada ni hablar más en ello, pues veía el escándalo que había sucedido, y otras cosas, todas para dar pena. Esto me la dio mayor que todo junto, pareciéndome si había sido yo ocasión y tenido culpa en que se ofendiese, y que, si estas visiones eran ilusión, que toda la oración que tenía era engaño, y que yo andaba muy engañada y perdida.

            Apretóme esto en tanto extremo, que estaba toda turbada y con grandísima aflicción. Mas el Señor, que nunca me faltó, que en todos estos trabajos que he contado hartas veces me consolaba y esforzaba -que no hay para qué lo decir aquí-, me dijo entonces que no me fatigase, que yo había mucho servido a Dios y no ofendídole en aquel negocio; que hiciese lo que me mandaba el confesor en callar por entonces, hasta que fuese tiempo de tornar a ello. Quedé tan consolada y contenta, que me parecía todo nada la persecución que había sobre mí.

            4. Aquí me enseñó el Señor el grandísimo bien que es pasar trabajos y persecuciones por Él [9](9), porque fue tanto el acrecentamiento que vi en mi alma de amor de Dios y otras muchas cosas, que yo me espantaba; y esto me hace no poder dejar de desear trabajos. Y las otras personas pensaban que estaba muy corrida, y sí estuviera si el Señor no me favoreciera en tanto extremo con merced tan grande.

            Entonces me comenzaron más grandes los ímpetus de amor de Dios que tengo dicho [10](10) y mayores arrobamientos, aunque yo callaba y no decía a nadie estas ganancias. El santo varón dominico [11](11) no dejaba de tener por tan cierto como yo que se había de hacer; y como yo no quería entender en ello por no ir contra la obediencia de mi confesor, negociábalo él con mi compañera y escribían a Roma y daban trazas [12](12).

            5. También comenzó aquí el demonio, de una persona en otra, procurar [13](13) se entendiese que había yo visto alguna revelación en este negocio, e iban a mí con mucho miedo a decirme que andaban los tiempos recios [14](14) y que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores. A mí me cayó esto en gracia y me hizo reír, porque en este caso jamás yo temí, que sabía bien de mí que en cosa de la fe contra la menor ceremonia de la Iglesia que alguien viese yo iba, por ella o por cualquier verdad de la Sagrada Escritura me pondría yo a morir mil muertes. Y dije que de eso no temiesen; que harto mal sería para mi alma, si en ella hubiese cosa que fuese de suerte que yo temiese la Inquisición; que si pensase había para qué, yo me la iría a buscar; y que si era levantado [15](15), que el Señor me libraría y quedaría con ganancia.

            Y tratélo con este Padre mío dominico que -como digo- [16](16) era tan letrado que podía bien asegurar con lo que él me dijese, y díjele entonces todas las visiones y modo de oración y las grandes mercedes que me hacía el Señor, con la mayor claridad que pude, y supliquéle lo mirase muy bien, y me dijese si había algo contra la Sagrada Escritura y lo que de todo sentía. Él me aseguró mucho [17](17) y, a mi parecer, le hizo provecho; porque aunque él era muy bueno, de ahí adelante se dio mucho más a la oración y se apartó en un monasterio de su Orden, adonde hay mucha soledad [18](18), para mejor poder ejercitarse en esto adonde estuvo más de dos años, y sacóle de allí la obediencia -que sintió harto- porque le hubieron menester, como era persona tal.

            6. Yo en parte sentí mucho cuando se fue -aunque no se lo estorbé-, por la gran falta que me hacía. Mas entendí su ganancia; porque estando con harta pena de su ida, me dijo el Señor que me consolase y no la tuviese, que bien guiado iba. Vino tan aprovechada su alma de allí y tan adelante en aprovechamiento de espíritu, que me dijo, cuando vino, que por ninguna cosa quisiera haber dejado de ir allí. Y yo también podía decir lo mismo; porque lo que antes me aseguraba y consolaba con solas sus letras, ya lo hacía también con la experiencia de espíritu, que tenía harta de cosas sobrenaturales [19](19). Y trájole Dios a tiempo que vio Su Majestad había de ser menester para ayudar a su obra de este monasterio que quería Su Majestad se hiciese.

            7. Pues estuve en este silencio y no entendiendo ni hablando en este negocio cinco o seis meses, y nunca el Señor me lo mandó [20](20). Yo no entendía qué era la causa, mas no se me podía quitar del pensamiento que se había de hacer.

            Al fin de este tiempo, habiéndose ido de aquí el rector que estaba en la Compañía de Jesús [21](21), trajo Su Majestad aquí otro muy espiritual y de gran ánimo y entendimiento y buenas letras, a tiempo que yo estaba con harta necesidad; porque, como el que me confesaba tenía superior y ellos tienen esta virtud en extremo de no se bullir sino conforme a la voluntad de su mayor [22](22), aunque él entendía bien mi espíritu y tenía deseo de que fuese muy adelante, no se osaba en algunas cosas determinar, por hartas causas que para ello tenía. Y ya mi espíritu iba con ímpetus tan grandes, que sentía mucho tenerle atado y, con todo, no salía de lo que me mandaba.

            8. Estando un día con gran aflicción de parecerme el confesor no me creía, díjome el Señor que no me fatigase, que presto se acabaría aquella pena. Yo me alegré mucho pensando que era que me había de morir presto, y traía mucho contento cuando se me acordaba. Después vi claro era la venida de este rector que digo; porque aquella pena nunca más se ofreció en qué la tener, a causa de que el rector que vino no iba a la mano al ministro que era mi confesor, antes le decía que me consolase y que no había de qué temer y que no me llevase por camino tan apretado, que dejase obrar el espíritu del Señor, que a veces parecía con estos grandes ímpetus de espíritu no le quedaba al alma cómo resolgar.

            9. Fueme a ver este rector [23](23), y mandóme el confesor tratase con él con toda libertad y claridad. Yo solía sentir grandísima contradicción [24](24) en decirlo. Y es así que, en entrando en el confesonario, sentí en mi espíritu un no sé qué, que antes ni después no me acuerdo haberlo [25](25) con nadie sentido, ni yo sabré decir cómo fue, ni por comparaciones podría. Porque fue un gozo espiritual y un entender mi alma que aquella alma la había de entender y que conformaba con ella, aunque -como digo- no entiendo cómo; porque si le hubiera hablado o me hubieran dado grandes nuevas de él, no era mucho darme gozo en entender que había de entenderme; mas ninguna palabra él a mí ni yo a él nos habíamos hablado, ni era persona de quien yo tenía antes ninguna noticia.

            Después he visto bien que no se engañó mi espíritu, porque de todas maneras ha hecho gran provecho a mí y a mi alma tratarle. Porque su trato es mucho para personas que ya parece el Señor tiene ya muy adelante, porque él las hace correr y no ir paso a paso; y su modo es para desasirlas de todo y mortificarlas, que en esto le dio el Señor grandísimo talento también como en otras muchas cosas.

            10. Como le comencé a tratar, luego entendí su estilo y vi ser un alma pura, santa y con don particular del Señor para conocer espíritus. Consoléme mucho. Desde a poco que le trataba [26](26), comenzó el Señor a tornarme a apretar que tornase a tratar el negocio del monasterio y que dijese a mi confesor [27](27) y a este rector muchas razones y cosas para que no me lo estorbasen; y algunas los hacía temer, porque este padre rector nunca dudó en que era espíritu de Dios, porque con mucho estudio y cuidado miraba todos los efectos. En fin de muchas cosas, no se osaron atrever a estorbármelo [28](28).

            11. Tornó mi confesor a darme licencia que pusiese en ello todo lo que pudiese. Yo bien veía al trabajo que me ponía, por ser muy sola y tener poquísima posibilidad. Concertamos se tratase con todo secreto, y así procuré que una hermana mía [29](29) que vivía fuera de aquí comprase la casa y la labrase como que era para sí, con dineros que el Señor dio por algunas vías para comprarla, que sería largo de contar cómo el Señor lo fue proveyendo; porque yo traía gran cuenta de no hacer cosa contra obediencia; mas sabía que, si lo decía a mis prelados, era todo perdido, como la vez pasada [30](30), y aun ya fuera peor.

            En tener los dineros, en procurarlo, en concertarlo y hacerlo labrar, pasé tantos trabajos y algunos bien a solas, aunque mi compañera [31](31) hacía lo que podía, mas podía poco, y tan poco que era casi nonada, más de hacerse en su nombre y con su favor, y todo el más trabajo era mío, de tantas maneras, que ahora me espanto cómo lo pude sufrir. Algunas veces afligida decía: *Señor mío, )cómo me mandáis cosas que parecen imposibles? que, aunque fuera mujer, (si tuviera libertad...!; mas atada por tantas partes, sin dineros ni de dónde los tener, ni para Breve [32](32), ni para nada, )qué puedo yo hacer, Señor?+.

            12. Una vez estando en una necesidad que no sabía qué me hacer ni con qué pagar unos oficiales, me apareció San José, mi verdadero padre y señor, y me dio a entender que no me faltarían, que los concertase. Y así lo hice sin ninguna blanca [33](33), y el Señor, por maneras que se espantaban los que lo oían, me proveyó [34](34).

            Hacíaseme la casa muy chica, porque lo era tanto, que no parece llevaba camino ser monasterio, y quería comprar otra (ni había con qué, ni había manera para comprarse, ni sabía qué me hacer) que estaba junto a ella, también harto pequeña, para hacer la iglesia; y acabando un día de comulgar, díjome el Señor: Ya te he dicho que entres como pudieres [35](35). Y a manera de exclamación también me dijo: (Oh codicia del género humano, que aun tierra piensas que te ha de faltar! (Cuántas veces dormí yo al sereno por no tener adonde me meter! [36](36).

            Yo quedé muy espantada y vi que tenía razón. Y voy a la casita y tracéla y hallé, aunque bien pequeño, monasterio cabal, y no curé [37](37) de comprar más sitio, sino procuré se labrase en ella de manera que se pueda vivir, todo tosco y sin labrar [38](38), no más de como no fuese dañoso a la salud, y así se ha de hacer siempre.

            13. El día de Santa Clara [39](39), yendo a comulgar, se me apareció con mucha hermosura. Díjome que me esforzase y fuese adelante en lo comenzado, que ella me ayudaría. Yo la tomé gran devoción, y ha salido tan verdad, que un monasterio de monjas de su Orden que está cerca de éste [40](40), nos ayuda a sustentar; y lo que ha sido más, que poco a poco trajo este deseo mío a tanta perfección, que en la pobreza que la bienaventurada Santa tenía en su casa, se tiene en ésta, y vivimos de limosna; que no me ha costado poco trabajo que sea con toda firmeza y autoridad del Padre Santo que no se pueda hacer otra cosa, ni jamás haya renta [41](41). Y más hace el Señor, y debe por ventura ser por ruegos de esta bendita Santa, que sin demanda ninguna nos provee Su Majestad muy cumplidamente lo necesario. Sea bendito por todo, amén.

            14. Estando en estos mismos días, el de nuestra Señora de la Asunción, en un monasterio de la Orden del glorioso Santo Domingo [42](42), estaba considerando los muchos pecados que en tiempos pasados había en aquella casa confesado y cosas de mi ruin vida. Vínome un arrobamiento tan grande, que casi me sacó de mí. Sentéme, y aun paréceme que no pude ver alzar ni oír misa, que después quedé con escrúpulo de esto. Parecióme, estando así, que me veía vestir una ropa de mucha blancura y claridad, y al principio no veía quién me la vestía. Después vi a nuestra Señora hacia el lado derecho y a mi padre San José al izquierdo, que me vestían aquella ropa. Dióseme a entender que estaba ya limpia de mis pecados. Acabada de vestir, y yo con grandísimo deleite y gloria, luego me pareció asirme de las manos nuestra Señora: díjome que la daba mucho contento en servir al glorioso San José, que creyese que lo que pretendía del monasterio se haría y en él se serviría mucho el Señor y ellos dos; que no temiese habría quiebra en esto jamás, aunque la obediencia que daba no fuese a mi gusto [43](43), porque ellos nos guardarían, y que ya su Hijo nos había prometido andar con nosotras [44](44); que para señal que sería esto verdad me daba aquella joya.

            Parecíame haberme echado al cuello un collar de oro muy hermoso, asida una cruz a él de mucho valor. Este oro y piedras es tan diferente de lo de acá, que no tiene comparación; porque es su hermosura muy diferente de lo que podemos acá imaginar, que no alcanza el entendimiento a entender de qué era la ropa ni cómo imaginar el blanco que el Señor quiere que se represente, que parece todo lo de acá como un dibujo de tizne, a manera de decir.

            15. Era grandísima la hermosura que vi en nuestra Señora, aunque por figuras no determiné ninguna particular, sino toda junta la hechura del rostro, vestida de blanco con grandísimo resplandor, no que deslumbra, sino suave. Al glorioso San José no vi tan claro, aunque bien vi que estaba allí, como las visiones que he dicho que no se ven [45](45). Parecíame nuestra Señora muy niña [46](46).

            Estando así conmigo un poco, y yo con grandísima gloria y contento, más a mi parecer que nunca le había tenido y nunca quisiera quitarme de él, parecióme que los veía subir al cielo con mucha multitud de ángeles. Yo quedé con mucha soledad, aunque tan consolada y elevada y recogida en oración y enternecida, que estuve algún espacio que menearme ni hablar no podía, sino casi fuera de mí. Quedé con un ímpetu grande de deshacerme por Dios y con tales efectos, y todo pasó de suerte que nunca pude dudar, aunque mucho lo procurase, no ser cosa de Dios [47](47). Dejome consoladísima y con mucha paz.

            16. En lo que dijo la Reina de los Angeles de la obediencia [48](48), es que a mí se me hacía de mal no darla a la Orden, y habíame dicho el Señor que no convenía dársela a ellos. Diome las causas para que en ninguna manera convenía lo hiciese, sino que enviase a Roma por cierta vía, que también me dijo, que Él haría viniese recado por allí. Y así fue, que se envió por donde el Señor me dijo -que nunca acabábamos de negociarlo- y vino muy bien. Y para las cosas que después han sucedido, convino mucho se diese la obediencia al Obispo [49](49). Mas entonces no le conocía yo, ni aun sabía qué prelado sería, y quiso el Señor fuese tan bueno y favoreciese tanto esta casa, como ha sido menester para la gran contradicción que ha habido en ella -como después diré- [50](50) y para ponerla en el estado que está. Bendito sea Él que así lo ha hecho todo, amén.

COMENTARIO AL CAPÍTULO 33

Prosigue el relato de la fundación: 
Primero suspende y luego reanuda los trámites. 
Ayudas humanas e incentivos sobrehumanos


            A finales de 1560, el proyecto de fundación parecía haber entrado en un camino sin salida. El presente capítulo cuenta lo ocurrido hasta finales de 1561.

            Es un relato a dos niveles. En las tareas de fundación, alternan las oposiciones y las ayudas, seis meses de suspensión y otros seis meses de manos a la obra. Otra cosa es la historia del alma de Teresa, que pasa por estados de ánimo extremos y contrapuestos -"grandísima aflicción" y "grandísimo bien" con "grandes ímpetus y mayores arrobamientos"-. Y, sobre todo, las intervenciones desde una especie de sobrenivel por parte de los Santos y del Señor, que entran de lleno en el relato de Teresa.

            De suerte que el capítulo comienza por los avatares y la narración externa, y termina con esa especie de metahistoria que procede de la vida mística de Teresa, y que le permite entretejer los dos planos, el humano y el sobrehumano.

            Los actores que intervienen en el plano humano son: el provincial, que se repliega la víspera de firmar las escrituras del futuro convento; tres jesuitas que se van turnando en la escena: el confesor de Teresa, Baltasar Álvarez, el rector cesante en el colegio de san Gil, Dionisio Vázquez, y el nuevo rector, Gaspar de Salazar. El fidelísimo dominico Pedro Ibáñez que, junto con doña Guiomar, persiste en "escribir a Roma y dar trazas". La hermana de Teresa, doña Juana, que viene de Alba para paliar la ausencia de aquélla. Y por primera vez asoman al relato la sombra de "los inquisidores y los tiempos que andaban recios". Y, por fin, mucho más en la sombra del anonimato, se entrevé la silueta de los indianos que traen dineros providenciales de parte del hermano de la Santa, Lorenzo de Cepeda.

            Es más sencilla y lineal la otra comitiva, la del plano sobrehumano: intervienen sucesivamente santa Clara -la santa de la pobreza-. San José, la Virgen, el Señor... Éste, con reiteradas palabras y gracias flechadas directamente al alma de Teresa. Recuérdese que es en este tiempo cuando "comenzaron los grandes ímpetus de amor de Dios que tengo dichos": alude a los que tenía dichos precisamente al narrar la gracia del dardo (c. 29, 9).

            El relato se articula en tres momentos:

            - Núms. 1-7: Medio año de suspensión en los trabajos de fundación.

            - Núms. 8-10: Cambio de situación, y nuevas promesas del Señor.

            - Núms. 11-16: Se reanudan las obras: viene desde Alba su hermana (11), mediación de san José (12), de santa Clara (13), mariofanía y refrendo del carisma de fundadora (14-16).


El porqué del cese en las obras

            Porque "le mandaron que no entendiese en ello" (título del capítulo).

            La contraorden no proviene del provincial carmelita, que sólo se ha negado a admitir bajo su obediencia el convento proyectado por doña Guiomar y por Teresa. Proviene del confesor, padre Baltasar Álvarez, cuando supo la retirada del provincial. El confesor, incluso, propina a Teresa una buena diatriba por escrito: "Me escribió que ya vería (yo) que era todo sueño..., que me enmendase..., pues veía el escándalo que había sucedido..." (3).

            Teresa queda "muy malquista" en su monasterio, con amenaza de reclusión en la cárcel conventual (2), y en la ciudad "confirmose más ser todo disparate de mujeres" (1). Es el momento en que alguien insinúa a Teresa el posible fantasma de la Inquisición (5). Sin miedo alguno por parte de ella, que lo lleva todo "con gran contento".

            Entretanto hay dos amigos que siguen en la brecha. Son doña Guiomar y el dominico P. Ibáñez, que extrañamente continúan promoviendo la fundación pese a la inacción de Teresa. Lo anota ella expresamente: "Como yo no quería entender en ello por no ir contra la obediencia de mi confesor, negociábalo él (Ibáñez) con mi compañera (Guiomar) y escribían a Roma y daban trazas" (4).

            Pero pronto Ibáñez tiene que alejarse de Ávila. "Yo, en parte, sentí mucho cuando se fue", subraya la Santa (6).

            De Roma, efectivamente, llegará un primer breve, que carecerá de efecto.


El alma de Teresa, entre luces y sombras

            En el relato, entrevera ella la historia del alma. Teresa sufre y goza alternativamente. Los suyos son goces y turbaciones extremos. Para reseñarlos aquí, habría que trazar una sinuosa gráfica a lo largo del capítulo, o bien a lo largo de todo el relato de la fundación.

            A pesar de la sensación de ridículo producida por el momentáneo fracaso de la proyectada fundación, Teresa subraya su capacidad de silencio ("yo callaba") y el inverosímil estado de sosiego, paz y quietud de su alma, tales que nadie los creía: "Pensaban (todos) estaba muy penada y corrida, y aun mi mismo confesor no lo acababa de creer" (2).

            Pero sobreviene un total cambio interior cuando el confesor le escribe reprochándole lo hecho y el "escándalo" que ha dado. "Fue lo que mucho me fatigó... Apretome esto en extremo, que estaba toda turbada y con grandísima aflicción...". Hasta que interviene la voz interior, que de nuevo la deja "tan consolada y contenta, que me parecía todo nada la persecución que había sobre mí" (3).

            Y ese mismo sufrimiento se le trueca en fuente de amor: "Fue tanto el acrecentamiento que vi en mi alma de amor de Dios..., que yo me espantaba" (4).

            Quizá lo más sorprendente en ese vaivén de estados de ánimo es la reacción de Teresa frente al amago de delación a la Inquisición, dado que "los tiempos andaban recios". Pues bien, ella nos sorprende con una reacción de humorismo: "A mí me cayó esto en gracia y me hizo reír, porque en este caso jamás yo temí..." (5).

            Siguen luego las nuevas gracias místicas con sus efectos anímicos exaltantes. Baste retener la primera de todas, la intervención de san José, que en el ánimo de Teresa produce un evidente suspense, entre ansiedad y espera. Textualmente:

            "Una vez, estando en una necesidad que no sabía qué me hacer ni con qué pagar unos oficiales, me apareció san José, mi verdadero padre y señor, y me dio a entender que no me faltarían, que los concertase. Y así lo hice, sin una blanca, y el Señor, por maneras que se espantaban los que lo oían, me proveyó" (12).

            Pese al anonimato mantenido por la escritora, hoy conocemos bien lo sucedido. Desde América su hermano Lorenzo, sin que ella estuviese al tanto, le envía la primera remesa de pesos de oro, que le llegan en víspera de Navidad (1561). Se los ha venido a traer en propia mano un amigo de Lorenzo, Antonio Morán, y se los ha entregado a Teresa misma, residente de momento en casa de doña Guiomar, justamente cuando tenía que saldar cuentas con los obreros que "sin una blanca" había "concertado" para las obras del futuro convento. Teresa se lo agradecerá inmediatamente en carta a su hermano Lorenzo, y le contará la enorme sorpresa que le ha causado el envío: "Lo que más me ha espantado es que los cuarenta pesos... me hacían grandísima falta: San José lo hizo..." (Carta 2, 3: del 23.12.1561).


Lo mejor del capítulo: la mariofanía el día de la Asunción

            Si Teresa había reanudado los trámites de la fundación a principios del verano, fue el mes de agosto el que tuvo especial intensidad. Sobre todo en el "acrecentamiento del amor". Y en los acontecimientos "sobrehumanos".

            El 12 de agosto, fiesta de santa Clara, "yendo a comulgar", tiene uno de esos acontecimientos, lleno de presagios. "Se me apareció (la santa) con mucha hermosura. Díjome que me esforzase y fuese adelante en lo comenzado" (13).

            Pero el episodio místico más importante le ocurre tres días después, en la fiesta de la Asunción. Fue la más espléndida mariofanía de toda su vida. La referirá como conclusión del capítulo. Con múltiples detalles escénicos y simbólicos.

            La Virgen se le aparece acompañada de san José. Ambos la revisten de blanco y le aseguran ("dióseme a entender") "que estaba ya limpia de mis pecados". Y le imponen al cuello un collar de oro y piedras preciosas, símbolo de la gracia que rebosa su alma. Era el aspecto personal de la mariofanía.

            Sigue luego el aspecto carismático, el más importante. La Virgen le refrenda expresamente la orden de envío recibida de Cristo en el origen de los hechos, cuando le imparte la orden de fundar (32, 11).

            La Señora tenía rostro bellísimo: "Era grandísima la hermosura que vi en nuestra Señora". La escena termina con el regreso de ellos dos al cielo: "Estando así conmigo un poco..., pareciome que los veía subir al cielo".

            "Yo quedé con mucha soledad", pero "con grandísima gloria y contento". "Más, a mi parecer, que nunca le había tenido". "Quedé con un ímpetu grande de deshacerme por Dios". "Dejome consoladísima y con mucha paz". Rara vez ha acumulado en el relato tantos superlativos.

            Lo más importante de la mariofanía es, sin duda, el refrendo del carisma de Teresa fundadora. La Virgen le recuerda que ha sido Cristo quien le ha confiado la misión de fundar. Ella, la Virgen, se limita a refrendar esa misión en el momento en que Teresa reanuda la tarea, tras el cese de seis meses.

            Por eso la Santa, al recordar la espléndida mariofanía del día de la Asunción, distingue bien los dos aspectos. Primero, el personal: los símbolos de la limpieza de su alma. Luego, la misión: "Que ya su Hijo nos había prometido andar con nosotras", reiterando así lo referido en el momento inicial: "Que Cristo andaría con nosotras" (32, 11).


            NOTA

            La ayuda de san José. - Nos queda una preciosa carta de la Santa, a propósito del episodio narrado en el n. 12, y coetánea de la ayuda de san José con los pesos de oro venidos de América. Es la carta del 23.12.1561, a Lorenzo de Cepeda, en Quito, escrita por tanto unos días antes de emprender el viaje a Toledo (Cta. 2). En ella acusa recibo de los pesos enviados por su hermano Lorenzo en mano del indiano Antonio Morán, muy ponderado por Teresa en la carta. Nos ha llegado igualmente la "carta de pago" otorgada por ella a otro indiano, Alonso Rodríguez, por la cantidad de "cien pesos de oro", apenas un mes antes: 22.11.1561 (cf Ap. 7).



    [1] Entender en: es "ocuparse de". Giro que se repetirá en este capítulo.
    [2] Provincial nuestro: el P. Angel de Salazar, provincial de los carmelitas de Castilla.
    [3] Admitir: en sentido jurídico: aceptar bajo su jurisdicción, "admitir en la Orden". Cf. 32, 13.15.
    [4] Mi monasterio: de la Encarnación.
    [5] Cárcel conventual: celdilla separada, que todavía hoy existe en el monasterio de la Encarnación. ‑ Tornaban por mí.
    [6] Dábales descuento: dar cuenta o explicaciones en abono de la propia conducta.
    [7] La casa: el monasterio de la Encarnación.
    [8] Mi confesor: el P. Baltasar Álvarez. El sentido de la frase principal es: "me fatigó que una vez mi confesor... me escribió que ya vería que era todo sueño..."
    [9] Es un eco de la bienaventuranza evangélica: Mt 5, 10.
    [10] Los ímpetus de que habló en el c. 29, 9 y ss.
    [11] P. Pedro Ibáñez (cf. c. 32, 16).
    [12] Daban trazas: tramitaban, buscaban medios (cf. 32, 10).
    [13] Comenzó... "a" procurar. Como otras veces, la Santa simplifica la grafía (=haplografía).
    [14] Andaban los tiempos recios: En verdad lo eran. Apenas un par de años antes (1559) se había iniciado el proceso contra el Arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, y ese mismo año se celebró en Valladolid el auto de Antonio Cazalla, y se publicó en esta ciudad el famoso Indice de Valdés.
    [15] Si era levantado: si era calumnia.
    [16] Ponderó ya sus "letras" en el c. 32, 16.
    [17] Me aseguró mucho: me dio seguridad. Fue entonces cuando escribió su precioso Dictamen en 33 puntos a favor de la M. Teresa (cf. BMC, t. 2, pp. 130‑132).
    [18] Se retiró al convento de Trianos (León), donde moriría el 2 de febrero de 1565 (cf. c. 38, 13).
    [19] De sus gracias místicas ("sobrenaturales") hablará la Santa en el mismo c. 38, 12.13.32.
    [20] Es decir, no volvió a mandarme "negociarlo".
    [21] El rector cesante era el P. Dionisio Vázquez. El que le sucedió, "muy espiritual", Gaspar de Salazar. ‑ "El Rector que salió de Ávila fue el P. Dionisio Vázquez, confesor de S. Francisco de Borja y famoso en la Compañía por sus intrigas con Felipe II, la Inquisición y la Santa Sede para sustraer las casas de España de la jurisdicción del General de Roma. Le sustituyó en el oficio el P. Gaspar de Salazar en abril de 1561. Por ciertas desaveniencias que surgieron entre el Colegio de San Gil y el Obispo de Ávila, D. Alvaro de Mendoza, el Visitador, P. Nadal, juzgó oportuno, cuando pasó por Ávila a principios de 1562, quitar de Rector al P. Salazar. ‑ Cuando Santa Teresa regresó de su viaje a Toledo, ya no le halló en el oficio. El poco tiempo que el P. Salazar estuvo en Ávila bastó para que la Santa le cobrase cariño. De él hace honorífica mención en varias de sus cartas. Después de haber desempeñado el cargo de Rector en el Colegio de Madrid y otros de la Compañía, murió santamente en Alcalá el 25 de septiembre de 1593" (P. Silverio). ‑ El nuevo Rector llegó a Ávila el 9 de abril de 1561. Sobre la actitud del predecesor, P. Dionisio Vázquez, frente a la Santa, véase RIBERA, Vida de Santa Teresa, L. I, c. 14.
    [22] Su mayor: el superior de San Gil.
    [23] El rector: Gaspar de Salazar. ‑ El confesor: "el P. Baltasar Álvarez", anota Gracián en su ejemplar.
    [24] Contradicción: contrariedad interior.
    [25] Haberlo: por lapsus de pluma al pasar la página escribió "halo". Fray Luis leyó "haberlo" (p. 416).
    [26] Desde a poco: poco después...
    [27] Mi confesor: P. Baltasar; y a este rector: Gaspar de Salazar.
    [28] RIBERA en su Vida de la Santa nos proporciona un dato que ilustra este pasaje: "Vino el Ministro (el P. Baltasar) a entender la voluntad de Dios de esta manera: Dijo un día N. Señor a la M. Teresa de Jesús: "Di a tu confesor que tenga mañana su meditación sobre este verso: (quam magnificata sunt opera tua, Domine!; nimis profundae factae sunt cogitationes tuae+, que son palabras del salmo 91 y quieren decir: "(Cuán engrandecidas son, Señor, vuestras obras, muy hondos son vuestros pensamientos". Escribióle luego un billete que contenía lo que el Señor la había dicho. El lo hizo así, y... tan claramente vio por aquello lo que Dios quería, meditando en aquel verso, y que por medio de una mujer había de mostrar sus maravillas, que luego la dijo que no había de dudar más, sino que volviese a tratar de veras de la fundación del monasterio. Esto sé yo de un Padre de la Compañía, digno de toda fe, a quien aquella misma tarde el P. Baltasar mostró el billete que la Madre le había enviado" (Vida de Santa Teresa, L. I, c. 14).
    [29] Una hermana mía: Juana de Ahumada, que residía en Alba de Tormes con su esposo Juan de Ovalle.
    [30] Alude al momento en que el P. Angel de Salazar "mudó de parecer y no quiso admitir la fundación": cf. c. 32, 15.
    [31] Mi compañera: doña Guiomar de Ulloa (Cf. c. 32 nota 22).
    [32] Breve pontificio que había solicitado de Roma.
    [33] Sin ninguna blanca: como nuestro "sin un céntimo"... "Blanca" era una antigua moneda de vellón, que en tiempo de la Santa era considerada como el prototipo de la moneda sin valor alguno (cf. Fund. 3, 2).
    [34] La ayuda providencial le llegó de Quito, enviada por su hermano Lorenzo de Cepeda en manos de Antonio Morán y otros indianos (cf. la carta de la Santa a Lorenzo: 23.12.1561, que fija la fecha de este suceso). ‑ Lorenzo era hermano menor de la Santa. Había embarcado para América en 1540. Después de la batalla de Iñaquito se estableció en Quito, donde casó con Juana Fuentes y Espinosa, y ocupó en la ciudad puestos de alta responsabilidad: tesorero, regidor del cabildo, y alcalde. Regresará de América, viudo y con tres hijos, en 1575. Murió en La Serna (Ávila) el 26.6.1580.
    [35] Lo ha referido ella en el c. 32, 18.
    [36] Alusión al pasaje evangélico: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza" (Lc 9, 58).
    [37] No curé: sinónimo de "procuré" (en la frase siguiente).
    [38] Sin hablar: sin pulir o refinar (cf. Const. 32), si bien en el n. anterior el mismo término tiene acepción más amplia.
    [39] El día de Santa Clara: 12 de agosto de 1561.
    [40] Era el convento de clarisas, cercano al de San José. Se lo llamaba comúnmente de "Las Gordillas", por alusión a la primera residencia que ocupó.
    [41] Efectivamente le había costado nada menos que tres documentos pontificios consecutivos: 11 un Breve de 7/2/1562 dirigido a Doña Aldonza de Guzmán y Doña Guiomar de Ulloa, que no contenía concesiones en materia de pobreza absoluta. 21 un rescrito de la Sagrada Penitenciaria de 5/12/1562, facultando al monasterio para vivir sin rentas; y el 31 una Bula de 17/7/1565 dando carácter definitivo al documento anterior.
    [42] Fue el 15 de octubre de 1561, en la capilla del santo Cristo de Santo Tomás de Ávila.
    [43] Cf. más adelante el n. 16. "Dar la obediencia", equivalía a estar bajo la jurisdicción religiosa de...
    [44] Alude a lo referido en el c. 32, 11: "que Cristo andaría con nosotras"
    [45] Las visiones que he dicho que no se ven: Cf. c. 27, n. 2 (visiones intelectuales).
    [46] Muy niña: muy joven (como en el c. 31, 23).
    [47] Nunca pude dudar... no ser cosa de Dios: el "no" es redundante.
    [48] Al rehusar el Provincial, Angel de Salazar, aceptar la fundación bajo su obediencia, la Santa puso la casa bajo la jurisdicción del Obispo de Ávila. Más adelante, en momentos muy críticos, ella misma pasó la casa a la obediencia de la Orden (Fund. c. 31).
    [49] Obispo de Ávila: "Don Alvaro de Mendoza", anota Gracián en su ejemplar. Cf. c. 36, 2. D. Alvaro será en lo sucesivo amigo incondicional de la Madre Teresa.
    [50] En el c. 36, 15 y ss.
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Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)