13.7.11

Camino de Perfección Cap. 19

 
Revisión del texto, notas y comentario: 
Tomás Álvarez, O.C.D.





Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)

Capítulo 19

Que comienza a tratar de la oración. - Habla con almas que no pueden discurrir con el entendimiento.

         1. Ha tantos días que escribí lo pasado sin haber tenido lugar para tornar a ello, que si no lo tornase a leer no sé lo que decía. Por no ocupar tiempo habrá de ir como saliere, sin concierto. Para entendimientos concertados y almas que están ejercitadas y pueden estar consigo mismas, hay tantos libros escritos y tan buenos y de personas tales, que sería yerro hicieseis caso de mi dicho en cosa de oración, pues, como digo, tenéis libros tales adonde van por días de la semana repartidos los misterios de la vida del Señor y de su Pasión, y meditaciones del juicio e infierno y nuestra nonada y lo mucho que debemos a Dios, con excelente doctrina y concierto para principio y fin de la oración (1)[1]. Quien pudiere y tuviere ya costumbre de llevar este modo de oración, no hay que decir, que por tan buen camino el Señor le sacará a puerto de luz, y con tan buenos principios el fin lo será, y todos los que pudieren ir por él llevarán descanso y seguridad; porque, atado el entendimiento, vase con descanso (2)[2].
(sigue aquí --- en "Más información"... )

         Mas de lo que querría tratar y dar algún remedio, si el Señor quisiese acertase (y si no, al menos que entendáis hay muchas almas que pasan este trabajo, para que no os fatiguéis las que le tuviereis), es esto:

         2. Hay unas almas y entendimientos tan desbaratados como unos caballos desbocados, que no hay quien las haga parar. Ya van aquí, ya van allí, siempre con desasosiego (3)[3]. Es su misma naturaleza, o Dios que lo permite. Helas mucha lástima, porque me parecen como unas personas que han mucha sed y ven el agua de muy lejos, y cuando quieren ir allá, hallan quien las defienda el paso (4)[4] al principio y medio y fin. Acaece que, cuando ya con su trabajo -y con harto trabajo- han vencido los primeros enemigos, a los segundos se dejan vencer y quieren más morir de sed que beber agua que tanto ha de costar. Acabóseles el esfuerzo, faltóles ánimo. Y ya que algunos le tienen para vencer también los segundos enemigos, a los terceros se les acaba la fuerza, y por ventura no estaban dos pasos de la fuente de agua viva que dijo el Señor a la Samaritana que quien la bebiere no tendrá sed (5)[5].

         Y con cuánta razón y verdad, como dicho de la boca de la misma Verdad, que no la tendrá de cosa de esta vida, aunque crece muy mayor de lo que acá podemos imaginar de las cosas de la otra por esta sed natural. Mas ¡con qué sed se desea tener esta sed! Porque entiende el alma su gran valor, y aunque (6)[6] es sed penosísima que fatiga, trae consigo la misma satisfacción con que se mata aquella sed, de manera que es una sed que no ahoga sino a las cosas terrenas, antes da hartura, de manera que cuando Dios la satisface, la mayor merced (7)[7] que puede hacer al alma es dejarla con la misma necesidad, y mayor queda siempre de tornar a beber esta agua.

         3. El agua tiene tres propiedades, que ahora se me acuerda que me hacen al caso, que muchas más tendrá.

         La una es que enfría, que, por calor que hayamos, en llegando al agua, se quita; y si hay gran fuego, con ella se mata, salvo si no es de alquitrán (8)[8], que se enciende más. ¡Oh, válgame Dios, qué maravillas hay en este encenderse más el fuego con el agua, cuando es fuego fuerte, poderoso, no sujeto a los elementos, pues éste, con ser su contrario, no le empece, antes le hace crecer! Mucho valiera aquí poder hablar con quien supiera filosofía, porque sabiendo las propiedades de las cosas, supiérame declarar, que me voy regalando en ello y no lo sé decir y aun por ventura no lo sé entender.
         4. De que Dios, hermanas, os traiga a beber de esta agua y las que ahora lo bebéis, gustaréis de esto y entenderéis cómo el verdadero amor de Dios -si está en su fuerza, ya libre de cosas de tierra del todo y que vuela sobre ellas- cómo es señor de todos los elementos y del mundo. Y como el agua procede de la tierra, no hayáis miedo (9)[9] que mate este fuego de amor de Dios; no es de su jurisdicción. Aunque son contrarios, es ya señor absoluto; no le está sujeto.

         Y así no os espantaréis, hermanas, de lo mucho que he puesto en este libro para que procuréis esta libertad. ¿No es linda cosa que una pobre monja de San José pueda llegar a señorear toda la tierra y elementos? Y ¿qué mucho que los santos hiciesen de ellos lo que querían, con el favor de Dios? A San Martín el fuego y las aguas le obedecían; a San Francisco hasta las aves y los peces, y así a otros muchos santos. Se veía claro ser tan señores de todas las cosas del mundo, por haber bien trabajado de tenerle en poco y sujetádose de veras con todas sus fuerzas al Señor de él. Así que, como digo, el agua que nace en la tierra no tiene poder contra él (10)[10]; sus llamas son muy altas, y su nacimiento no comienza en cosa tan baja.

         Otros fuegos hay de pequeño amor de Dios, que cualquiera suceso los matará; mas a éste no, no: aunque toda la mar de tentaciones venga, no le harán que deje de arder de manera que no se enseñoree de ellas (11)[11].

         5. Pues si es agua de lo que llueve del cielo, muy menos le matará. No son contrarios, sino de una tierra (12)[12]. No hayáis miedo se hagan mal el un elemento al otro, antes ayuda el uno al otro a su efecto. Porque el agua de las lágrimas verdaderas (que son las que proceden en verdadera oración, bien dadas del Rey del cielo) le ayuda a encender más y hace que dure, y el fuego ayuda al agua a enfriar. ¡Oh, válgame Dios, qué cosa tan hermosa y de tanta maravilla, que el fuego enfría! Sí, y aun hiela todas las afecciones del mundo, cuando se junta con el agua viva del cielo, que es la fuente de donde proceden las lágrimas que quedan dichas, que son dadas y no adquiridas por nuestra industria. Así que a buen seguro que no deja calor en ninguna cosa del mundo para que se detenga en ellas, si no es para si puede pegar este fuego, que es natural suyo no se contentar con poco, sino que, si pudiese, abrasaría todo el mundo.

         6. Es la otra propiedad limpiar cosas no limpias. Si no hubiese agua para lavar, ¿qué sería del mundo? ¿Sabéis qué tanto limpia esta agua viva, esta agua celestial, esta agua clara, cuando no está turbia, cuando no tiene lodo, sino que cae del cielo? Que de una vez que se beba, tengo por cierto deja el alma clara y limpia de todas las culpas. Porque -como tengo escrito- (13)[13] no da Dios lugar a que beban de esta agua (que no está en nuestro querer, por ser cosa muy sobrenatural esta divina unión), si no es para limpiarla y dejarla limpia y libre del lodo y miseria en que por las culpas estaba metida. Porque otros gustos que vienen por medianería del entendimiento, por mucho que hagan, traen el agua corriendo por la tierra; no lo beben junto a la fuente; nunca faltan en este camino cosas lodosas en que se detengan, y no va tan puro ni tan limpio. No llamo yo esta oración -que, como digo, va discurriendo con el entendimiento- «agua viva», conforme a mi entender, digo; porque, por mucho que queramos hacer, siempre se pega a nuestra alma, ayudada de este nuestro cuerpo y bajo natural, algo de camino de lo que no querríamos.

         7. Quiérome declarar más: estamos pensando qué es el mundo y cómo se acaba todo, para menospreciarlo. Casi sin entendernos, nos hallamos metidos en cosas que amamos de él. Y deseándolas huir, por lo menos nos estorba un poco pensar cómo fue y cómo será y qué hice y qué haré. Y para pensar lo que hace al caso para librarnos, a las veces nos metemos de nuevo en el peligro. No porque esto se ha de dejar, mas hase de temer. Es menester no ir descuidados.

         Acá lleva este cuidado el mismo Señor, que no quiere fiarnos de nosotros (14)[14]. Tiene en tanto nuestra alma, que no la deja meter en cosas que la puedan dañar por aquel tiempo que quiere favorecerla; sino pónela de presto junto cabe sí y muéstrale en un punto más verdades y dala más claro conocimiento de lo que es todo, que acá pudiéramos tener en muchos años. Porque no va libre la vista; ciéganos el polvo como vamos caminando. Acá llévanos el Señor al fin de la jornada sin entender cómo.

         8. La otra propiedad del agua es que harta y quita la sed. Porque sed me parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace gran falta, que si del todo nos falta nos mata. Extraña cosa es que si nos falta nos mata, y si nos sobra nos acaba la vida, como se ve morir muchos ahogados. ¡Oh Señor mío, y quién se viese tan engolfada en esta agua viva que se le acabase la vida! Mas ¿no puede ser esto? Sí, que tanto puede crecer el amor y deseo de Dios, que no lo pueda sufrir el sujeto natural, y así ha habido personas que han muerto. Yo sé de una que, si no la socorriera Dios presto con esta agua viva tan en gran abundancia, que (15)[15] casi la sacaba de sí con arrobamientos. Digo que casi la sacaban de sí, porque aquí descansa el alma. Parece que, ahogada de no poder sufrir el mundo, resucita en Dios, y Su Majestad la habilita para que pueda gozar lo que, estando en sí, no pudiera sin acabarse la vida.

         9. Entiéndase de aquí que, como en nuestro sumo Bien no puede haber cosa que no sea cabal, todo lo que El da es para nuestro bien, y por mucha abundancia de esta agua que dé, no puede haber demasía en cosa suya; porque si da mucho, hace -como he dicho- (16)[16] hábil el alma para que sea capaz de beber mucho; como un vidriero, que hace la vasija del tamaño que ve es menester para que quepa lo que quiere echar en ella.

         En el desearlo, como es de nosotros, nunca va sin falta. Si alguna cosa buena lleva, es lo que en él ayuda el Señor. Mas somos tan indiscretos que, como es pena suave y gustosa, nunca nos pensamos hartar de esta pena; comemos sin tasa, ayudamos como acá podemos a este deseo, y así algunas veces mata. ¡Dichosa tal muerte! Mas, por ventura, con la vida ayudara a otros para morir por deseo de esta muerte. Y esto creo hace el demonio, porque entiende el daño que ha de hacer con vivir, y así tienta aquí de indiscretas penitencias para quitar la salud, y no le va poco en ello.

         10. Digo que quien llega a tener esta sed tan impetuosa, que se mire mucho, por que crea que tendrá esta tentación; y aunque no muera de sed, acabará la salud y dará muestras exteriores, aunque no quiera, que se han de excusar por todas vías. Algunas veces aprovechará poco nuestra diligencia, que no podremos todo lo que se quiere encubrir. Mas estemos con cuidado cuando vienen estos ímpetus tan grandes de crecimiento de este deseo, para no añadir en él, sino con suavidad cortar el hilo con otra consideración; que nuestra naturaleza a veces podrá ser obre tanto como el amor, que hay personas que cualquier cosa, aunque sea mala, desean con gran vehemencia. Estas no creo serán las muy mortificadas, que para todo aprovecha la mortificación.

         Parece desatino que cosa tan buena se ataje. Pues no lo es, que yo no digo se quite el deseo, sino que se ataje, y por ventura será con otro que se merezca tanto.

         11. Quiero decir algo para darme mejor a entender. Da un gran deseo de verse ya con Dios y desatado de esta cárcel, como le tenía San Pablo (17)[17]: pena por tal causa y que debe en sí ser muy gustosa; no será menester poca mortificación para atajarla, y del todo no podrá. Mas cuando viere aprieta tanto que casi va a quitar el juicio (como yo vi a una persona no ha mucho, y de natural impetuosa (18)[18], aunque demostrada a quebrar su voluntad -me parece lo ha ya perdido, porque se ve en otras cosas- digo que por un rato, que la vi como desatinada de la gran pena y fuerza que se hizo en disimularla), digo que en caso tan excesivo, aunque fuese espíritu de Dios, tengo por humildad temer, porque no hemos de pensar tenemos tanta caridad, que nos pone en tan gran aprieto.

         12. Y digo que no tendré por malo (si puede -digo- que por ventura todas veces no podrá) que mude el deseo pensando si vive servirá más a Dios, y podrá ser a alguna alma que se había de perder la dé luz, y que con servir más, merecerá por donde pueda gozar más de Dios, y témase lo poco que ha servido. Y son buenos consuelos para tan gran trabajo, y aplacará su pena y ganará mucho, pues por servir al mismo Señor se quiere acá pasar y vivir con su pena. Es como si uno tuviese un gran trabajo o grave dolor, consolarle con decir tenga paciencia y se deje en las manos de Dios, y que cumpla en él su voluntad, que dejarnos en ellas es lo más acertado en todo.

         13. Y si el demonio ayudó en alguna manera a tan gran deseo, que sería posible, como cuenta creo Casiano de un ermitaño de asperísima vida (19)[19], que le hizo entender se echase en un pozo porque vería más presto a Dios; yo bien creo no debía haber servido con humildad ni bien; porque fiel es el Señor (20)[20] y no consintiera Su Majestad se cegara en cosa tan manifiesta. Mas está claro, si el deseo fuera de Dios, no le hiciera mal: trae consigo la luz y la discreción y la medida. Esto es claro, sino que este adversario, enemigo nuestro, por dondequiera que puede, procura dañar (21)[21]. Y pues él no anda descuidado, no lo andemos nosotros. Este es punto importante para muchas cosas, así para acortar el tiempo de la oración, por gustosa que sea, cuando se ven acabar las fuerzas corporales o hacer daño a la cabeza. En todo es muy necesario discreción.

         14. ¿Para qué pensáis, hijas, que he pretendido declarar el fin y mostrar el premio antes de la batalla, con deciros el bien que trae consigo llegar a beber de esta fuente celestial, de esta agua viva? Para que no os congojéis del trabajo y contradicción que hay en el camino, y vayáis con ánimo y no os canséis. Porque -como he dicho- (22)[22] podrá ser que después de llegadas, que no os falta sino bajaros a beber en la fuente, lo dejéis todo y perdáis este bien, pensando no tendréis fuerza para llegar a él y que no sois para ello.

         15. Mirad que convida el Señor a todos. Pues es la misma verdad, no hay que dudar. Si no fuera general este convite, no nos llamara el Señor a todos, y aunque los llamara, no dijera: «Yo os daré de beber» (23)[23]. Pudiera decir: «Venid todos, que, en fin, no perderéis nada; y los que a mí me pareciere, yo los daré de beber». Mas como dijo, sin esta condición, «a todos», tengo por cierto que todos los que no se quedaren en el camino, no les faltará esta agua viva.

         Denos el Señor, que la promete, gracia para buscarla como se ha de buscar, por quien Su Majestad es.

COMENTARIO AL CAPÍTULO 19

El agua viva de la contemplación


         Por fin llegamos a la oración. En el dintel del capítulo 19 leemos el epígrafe: "comienza a tratar de la oración". "Comienza... ", ¡casi a mitad del Camino!

         Es normal que el lector haga un alto, ate cabos y casi entable un ajuste de cuentas con la Autora. El camino es, en el fondo, una elemental pedagogía de la oración. Y ha consumido 18 capítulos hablándonos de la vida del orante, de sus actitudes y posturas de fondo: situarse en plena marejada de Iglesia y de mundo; ser bienaventuradamente pobre; ser luchador batallero, casi peleón por los ideales evangélicos. Deberá cultivar la amistad con los hermanos para hacer posible la amistad con Dios. Deberá ser libre y desprendido: desasido de todo para darse del todo al Todo. Y humilde. Es decir, capaz de andar en verdad; disponible a los planes de Dios sobre su vida...

         Todo eso y bastantes cosas más, como pertrecho para el camino en la alforja del caminante buscador de la perla preciosa de la oración.

         De esta última -de la oración- se le ha dicho poco. Pero, sin que apenas lo haya advertido, se le ha enrolado una y otra vez en la oración de Teresa. Desde el capítulo primero sabe perfectamente cómo ora esta mujer. Ha orado con ella: "Oh, redentor mío, qué es esto ahora de los cristianos...". Ha asistido a sus soliloquios. Y, poco a poco, se ha percatado de que ella tiene un modo de orar distinto. En exclamaciones explosivas, en actitudes de asombro ante el misterio de Dios presente en las cosas y en la historia. Lo mismo cuando pide o intercede que cuando alaba, bendice o piropea a su Señor.

         Es así como ora una contemplativa. Y precisamente de esa manera de orar va a hablarle ahora a él o a las lectoras del libro. Para comenzar por la oración contemplativa va a fundarse sobre el presupuesto de que él y muchos otros lectores tienen difícil la otra forma de orar: meditando o discurriendo. A ellos va a decirles: para vosotros, precisamente, es la contemplación.

         Al final del capítulo aclarará el porqué de este enfoque: la oración contemplativa es el hito terminal de todo orante. Es algo así como una fuente de agua viva que lo espera en pleno camino.


Una fuente... ¿de agua o de fuego?

         El tema del capítulo se transfigura. La contemplación es una fuente. Es agua viva, inagotable. Y fuego inapagable. Teresa pasa a hablar de ella en lenguaje figurado, como si necesitara arroparla de poesía. Entre símbolos y emoción lírica, hondamente religiosa. De hecho, es así: sin que Teresa sea poeta -lo reconoce ella misma-, ciertos temas le imponen el lenguaje poético y con él una extraña pedagogía poética de la oración.

         Así aquí. La oración contemplativa es agua viva para la sed del orante. Agua que tiene que ser conquistada en la fuente misma, a base de esfuerzo, perseverancia y humilde tesón batallero. Venciendo enemigos que se atraviesan al principio, al medio y al fin del camino.

         Ese cruce de imágenes -idilio de la fuente y militancia del combate- se recrece hasta extremos paradójicos. La contemplación excava en el orante una extraña sed de Dios. Hasta provocar una especie de sed de sí misma: sed de tener sed. "¡Con qué sed se desea tener esta sed!". Algo que "acá no podemos imaginar..., por esta nuestra sed natural" (n. 2). Más aún: es sed de agua y de fuego. Agua para apagarla y fuego para encenderla. Fuego "de alquitrán", que necesita agua para encenderse más...

         Tras ese baile de imágenes, Teresa no sólo está delatándose a sí misma (es ella la que grita "¡con qué sed se desea tener esta sed!"), sino que está enviando a las lectoras un doble mensaje, de doctrina y de vida -que en el engranaje mismo de la oración cristiana hay unos resortes pulsores que responden a mociones del Espíritu y que son capaces de remover en nosotros capas profundas de amores y deseos insospechados-; y que no hay oración contemplativa de verdades en frío, sino que la entrada en la contemplación despierta y desvela el amor, los deseos, el sentido de Dios y la pulsión de infinito que late, adormecida, en el espíritu humano. La contemplación es un revulsivo de todo el ser del orante que va a sentirse citado a la presencia de Dios y requerido de amor.

         Todo eso y más, Teresa necesita transmitirlo al lector en el envase de unas imágenes que se le irán aclarando no sólo a medida que lea, sino en la medida en que viva y avance, oración adentro.


El regreso a la experiencia de la propia fuente...

         Como en otros muchos pasajes del Camino, la pedagogía exige un jirón de autobiografía. Es decir, el empalme directo con la experiencia viva de quien escribe. Teresa hace esa transición con un camuflaje de anonimato: "Yo sé de una persona", o "yo conozco a una persona que...".

         Así aquí: "Yo vi a una persona, no ha mucho...", víctima de una sed tal, de un tal golpe de deseos y de amor, que... Y nuevamente: "Yo sé de una que, si no la socorriera Dios presto con esta agua viva tan en gran abundancia...". Y la Santa describe su trance con unos cuantos trazos que permiten ver en directo lo que es la llamarada de la contemplación cuando prende, primero en lo de "entender verdades", y luego en "la fuerza del amor". He aquí esos dos trazos, en la doble línea del conocer y del amar:

         Dios hace como si "de presto" acercara el alma a Sí, y "muéstrale en un punto más verdades y dala más claro conocimiento de lo que es todo, que acá pudiéramos tener en muchos años" (n. 7).

         "Da un gran deseo de verse ya con Dios...", "tan excesivo" que Teresa se siente "como desatinada", como si fuera a "perder el juicio...": "parece que, ahogada de no poder sufrir este mundo, resucita en Dios, y Su Majestad la habilita para que pueda gozar lo que, estando en sí, no pudiera sin acabarse la vida" (nn. 7 y 11).

         En la espontaneidad del relato hecho en el primer borrador, había escrito: "Yo sé de una persona que, si no la socorriera Dios presto con esta agua viva, en grandísima abundancia con arrobamientos, tenía tan grande esta sed, iba en tanto crecimiento su deseo, que entendía muy claro era posible -si no la remediaran- morir de sed..." (n. 8).

         Que el lector se pase de libro y desde Camino regrese a los relatos de todo eso en Vida (20-21 y 38-40). Allí encontrará esas confidencias al rojo vivo.


El regreso a la Biblia

         Las dos cosas, el tema de la oración contemplativa y la propia experiencia, tienen en la Biblia no sólo una fuente de inspiración; para Teresa la Biblia es la patria de origen de los contemplativos. En ella lee las promesas del agua viva que Jesús ofrece a todos sin excepción (n. 15). En ella encuentra el seguro de fidelidad de Dios: "fiel es el Señor"; a quien busca la verdad, no lo dejará en la mentira, y a quien lo desea de corazón, no lo dejará morir de sed (n. 13).

         Pero, sobre todo, es en la Biblia donde la Santa halla los grandes tipos del orante contemplativo. La Samaritana, que conversa con Jesús y de pronto se siente acosada por la sed del agua viva que él promete. Y más especialmente San Pablo, él sí, acosado por el deseo de ver a Dios hasta no saber si escoger la muerte para "estar con Cristo", o la vida para servirlo. También esa tensión entre los deseos y los servicios pertenece, según Teresa, a la esencia de la oración contemplativa. Ella misma se siente identificada con el Apóstol. Tantas veces ha necesitado evocar las experiencias paulinas para explicar la propia: "... cuando una como yo, por haberme dado el Señor esta luz, con tan tibia caridad..., siento tanto verme en este destierro muchas veces, ¿qué sería el sentimiento de los santos?, ¿qué debía pasar San Pablo...?" (Vida 21, 7). Acosada por la sed del amor y los deseos..., ella "no sabe cómo huir, vese encadenada y presa..., siente más vivamente el cautiverio que traemos con los cuerpos y la miseria de la vida. Conoce la razón que tenía San Pablo de suplicar a Dios le librase de ella; da voces con él; pide a Dios libertad..." (Vida 21, 6).


Las tres propiedades del agua viva:
lo que hace la contemplación en el orante

         Para Santa Teresa y para su lector es claro que la oración plasma la vida; que el orante, si es coherente, se va haciendo de la condición del otro Amigo por aquello de "dime con quién andas..."

         La contemplación, mucho más, cincela con trazos nuevos la persona del contemplativo. Porque en ella -en la contemplación- entran en juego fuerzas nuevas, superiores, que actúan desde lo hondo.

         Para decírselo al principiante contemplativo, Teresa vuelve al lenguaje figurativo. Pedagogía en ropaje poético. Le habla de las propiedades del agua; tres especiales, entre las muchas que ella ha notado -porque como es "tan amiga de este elemento, lo ha mirado con más advertencia que otras cosas"-, confesará en el Castillo interior (IV, 2, 2). Sólo que las tres propiedades se le van a complicar al convertirse en rasgos de la oración contemplativa. Más o menos, Teresa las delineará así:

         Primero, las propiedades del agua, muy femeninamente observadas por ella, son: "que enfría, que por calor que hayamos, en llegando al agua, se quita" (n. 3); "que limpia cosas no limpias: si no hubiera agua para lavar, ¿qué sería del mundo?" (n. 6); "que harta y quita la sed: porque sed me parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace gran falta, que si del todo nos falta, nos mata" (n. 8).

         Trasladadas a la contemplación, sólo una de las tres propiedades se mantiene lineal, la segunda: que, si la oración, por ser trato de amistad con Dios, limpia y purifica, la contemplación es ya "agua viva y celestial y clara..., que cae del cielo", purifica y limpia del todo: "deja el alma clara y limpia de todas sus culpas" (n. 6). Por la sencilla razón de que acerca y une el orante al misterio de Dios... (n. 7).

         Las otras dos propiedades se vuelven complejas, casi paradójicas, como el símbolo mismo del agua. La oración contemplativa es agua que enfría y enciende. Es agua y fuego fuertemente asociados en la tarea de apagar pasiones y encender deseos, amor, hambre y sed de la verdad. Y desde la verdad, la libertad interior y el señorío sobre toda la tierra y los elementos. Es un modo de subrayar que la contemplación se nutre de verdad y de amor, y que renueva los lazos profundos que unen al orante, no sólo con Dios, sino con todas las realidades creadas.

         También la tercera propiedad es bivalente y paradójica. La contemplación es agua y sed. Agua que azuza la sed y dilata la vasija de los deseos. Aspecto dinámico de la oración contemplativa. Es ella la que pone en tensión profunda al espíritu humano y su radical indigencia de Dios. Es ella la que origina la "sed impetuosa", como la de San Pablo, capaz de llevar al borde mismo de la muerte.

         Así, el espacio de la contemplación que Teresa trata de perfilar ante los ojos del principiante, como oleaje de deseos y llamarada de amor, está infinitamente lejos del cliché deformante y un tanto difundido de la contemplación comodona y platónica, situada en las antípodas de los anhelos y el quehacer humano.


[1] Se refiere muy probablemente a los libros del P. Granada, conocidos y estimados de la Santa, recomendados a sus monjas en las Constituciones, y alabados en términos superlativos en carta al autor: «De las muchas personas que aman en el Señor a Vuestra Paternidad y por haber escrito tan santa y provechosa doctrina, y dan gracias a Su Majestad, y por haberle dado a Vuestra Paternidad para tan grande y universal bien de las almas, soy yo una» (BMC, t. 7, p. 211).
[2] «Y así no hablo ahora con estas almas», añadió la Santa en el ms. de Toledo.
[3] «Y aunque si es diestro el que va en él, no peligra muchas veces, algunas sí; y cuando va seguro de la vida, no lo está del hacer cosa en él que no sea desdón, y va con gran trabajo siempre». - «Desdón»: falta de gracia, desdoro (cf COROMINAS, Diccionario crítico, etimológico de la lengua castellana - Madrid 1954, s. v. («donaire»).
[4] «Defienda el paso»: en acepción de prohibir.
[5] Alusión a Jn 4, 13. - En el ms. de Toledo añadió la Santa: ... no tendrá sed «de manera que pierda a Dios; entiéndese no la dejando El de su mano; y ansí siempre se ha de andar con temor».
[6] «Aunque»: en el autógrafo parece de mano ajena.
[7] Por escrúpulo teológico un censor corrigió: «una de las mayores mercedes»...
[8] «Alquitrán»: «Es una especie de betún de que se hacen fuegos inextinguibles para arrojar a los enemigos»; así lo define Cobarrubias, S.V. - La exposición que sigue se basa en la antigua teoría filosófica de los cuatro elementos simples de que consta el universo: tierra, aire, agua y fuego; eran contrarios entre sí el primero y el segundo, el tercero y el cuarto; de ahí las aplicaciones que hace la Santa al «agua viva» y el «fuego del amor», lamentándose de no saber filosofía que -creía ella- la hubiera iniciado en el conocimiento de las «propiedades de las cosas».
[9] «Fiados en la misericordia de Dios», escribió la Santa entre líneas en el ms. toledano.
[10] «Contra él»: añadido al margen por la Santa.
[11] Alusión a Ct, 8, 7. - En lugar de estos tres últimos períodos. («Se... veía... de ellas»), en la 1ª redacción escribió: «Pues con ayuda de Dios, ya haciendo lo que han podido, casi se lo pueden pedir de derecho. Qué, ¿pensáis, porque dice el Salmista que todas las cosas están sujetas y puestas debajo de los pies de los hombres, pensáis que de todos? - No hayáis miedo, antes los veo yo sujetos a ellos debajo de los pies de ellas; y conocí un caballero que, en porfiando sobre medio real, le mataron: mira si se sujetó a miserable precio. Y hay muchas cosas que veis cada día por donde conoceréis que digo verdad. Pues sí, que el Salmista no pudo mentir, que es dicho del Espíritu Santo, sino que me parece a mí (ya puede ser yo no lo entienda y sea disparate, que lo he leído), que es dicho por los perfectos, que todas las cosas de la tierra señoreen». - Alude la Santa al Salmo 8: pero el severo censor no le perdonó esta audacia exegética; tachó el pasaje con una enorme cruz en aspa y un buen borrón, y luego anotó al margen: «No es este el sentido de la autoridad, sino de Cristo y también de Adán en el estado de la inocencia». Esto bastó para que la Santa descartase radicalmente el texto de las siguientes redacciones.
[12] «De una tierra»: de un mismo país (cf c. 40, n. 8), es decir, tienen un mismo origen.
[13] En el c. 16, n. 6 s.
[14] Nótese que compara el «agua viva» (contemplación infusa) con el «agua fangosa» (oración discursiva). - «Acá» se refiere al «agua viva», es decir, a la contemplación. - En las dos frases siguientes: «... dala más claro conocimiento de lo que es todo, que acá» [o sea, «más»... de lo «que acá», en la tierra] «pudiéramos tener»... «Acá» [en la contemplación infusa] «llévanos el Señor»...
[15] Queda suspenso el sentido. - La Santa alude a sí misma: véase el c. 20 de Vida y la Relación 1ª. - En la primera redacción lo refería así: «Yo sé de una que, si no la socorriera Dios presto con esta agua viva en grandísima abundancia con arrobamientos, tenía tan grande esta sed, iba en tanto crecimiento su deseo, que entendía claro era muy posible -si no la remediaran- morir de sed. ¡Bendito sea el que nos convida que va[ya]mos a beber en su evangelio!... (Jn 7, 37). Y así como en nuestro Bien y Señor no puede haber cosa que no sea cabal, como es sólo de El darnos esta agua, da la que hemos menester». - En el ms. de Toledo la frase quedó así: «casi la sacaba de sí con una gran suspensión»: las tres últimas palabras son autógrafas de la Santa.
[16] En el n. 8.
[17] Cf Flp 1, 23.
[18] «Y no de natural», escribió; el «no» fue tachado quizá por la propia autora. - Ella misma borró en el ms. de Toledo el inciso «me parece lo ha ya perdido, porque se ve en otras cosas». - Alude a sí misma.
[19] Se trata del solitario Herón, cuya historia refiere Casiano en la Conferencia II, c. 5. - Sobre la afición de Santa Teresa a los libros de Casiano, depone María Bautista en el Proceso Remisorial (Ávila 1610): «Imitando al dicho Padre Santo Domingo, era muy devota de las Colaciones de Casiano y Padres del Desierto, y así, cuando esta declarante estuvo con ella, la Santa Madre la mandaba cada día que leyese dos o tres vidas de aquellos santos por no tener ella siempre lugar por sus justas y santas ocupaciones, y que a las noches se las refiriese esta declarante, y así lo hacía» (BMC, t. 19, p. 591).
[20] 1Co 10, 13.
[21] Alusión al texto bíblico de 1P 5, 8 que la Santa leía en la Regla carmelitana. - En la 1ª red. concluía así: «pues él [el diablo] no anda descuidado, no lo andemos nosotros. Este es punto importante para muchas cosas, que algunas veces hay gran necesidad de no nos olvidar de él».
[22] En el n. 2.
[23] Jn 7, 37. Este texto no aparece en la Biblia en la forma citada por la Santa. Parece una combinación de Jn 7, 37 y Mt 11, 28 conservando el pensamiento del primero y la forma gramatical del segundo.

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Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)