21.10.11

Camino de Perfección Cap. 31

 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.



Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)
Capítulo 31
 
 
 
 
 
Que prosigue en la misma materia. - Declara qué es oración de quietud. - Pone algunos avisos para los que la tienen. - Es mucho de notar.

         1. Pues todavía quiero, hijas, declarar -como lo he oído platicar, o el Señor ha querido dármelo a entender, por ventura para que os lo diga- esta oración de quietud, adonde a mí me parece comienza el Señor, como he dicho (1)[1], a dar a entender que oye nuestra petición y comienza ya a darnos su reino aquí, para que de veras le alabemos y santifiquemos su nombre y procuremos lo hagan todos.
 (sigue aquí --- en "Más información"... )
         2. Es ya cosa sobrenatural y que no la podemos procurar nosotros (2)[2] por diligencias que hagamos. Porque es un ponerse el alma en paz, o ponerla el Señor con su presencia, por mejor decir, como hizo al junto Simeón, porque todas las potencias se sosiegan. Entiende el alma, por una manera muy fuera de entender con los sentidos exteriores, que está ya junto cabe su Dios, que con poquito más llegará a estar hecha una misma cosa con Él por unión. Esto no es porque lo ve con los ojos del cuerpo ni del alma. Tampoco no veía el justo Simeón más del glorioso Niño pobrecito; que en lo que llevaba envuelto y la poca gente con Él que iban en la procesión, más pudiera juzgarle por hijo de gente pobre que por Hijo del Padre celestial (3)[3]; mas dióselo el mismo Niño a entender. Y así lo entiende acá el alma, aunque no con esa claridad; porque aun ella no entiende cómo lo entiende, más de que se ve en el reino, al menos cabe el Rey que se le ha de dar, y parece que la misma alma está con acatamiento aun para no osar pedir. Es como un amortecimiento interior y exteriormente, que no querría el hombre exterior (digo "el cuerpo", porque mejor me entendáis) (4)[4], que no se querría bullir, sino, como quien ha llegado casi al fin del camino, descansa para poder mejor tornar a caminar, que allí se le doblan las fuerzas para ello.

         3. Siéntese grandísimo deleite en el cuerpo y grande satisfacción en el alma (5)[5]. Está tan contenta de sólo verse cabe la fuente, que aun sin beber está ya harta. No le parece hay más que desear. Las potencias sosegadas, que no querrían bullirse, todo parece la estorba a amar, aunque no tan perdidas, porque pueden pensar en cabe quién están, que las dos están libres. La voluntad es aquí la cautiva, y si alguna pena puede tener estando así es de ver que ha de tornar a tener libertad. El entendimiento no querría entender más de una cosa, ni la memoria ocuparse en más. Aquí ven que ésta sola es necesaria y todas las demás la turban. El cuerpo no querrían se menease, porque les parece han de perder aquella paz, y así no se osan bullir. Dales pena el hablar; en decir «Padre nuestro» una vez, se les pasará una hora. Están tan cerca, que ven que se entienden por señas. Están en el palacio cabe su Rey y ven que las comienza ya a dar aquí su reino. No parece están en el mundo ni le querrían ver ni oír, sino a su Dios. No les da pena nada, ni parece se la ha de dar. En fin, lo que dura, con la satisfacción y deleite que en sí tienen, están tan embebidas y absortas, que no se acuerdan que hay más que desear, sino que de buena gana dirían con San Pedro: «Señor, hagamos aquí tres moradas» (6)[6].

         4. Algunas veces en esta oración de quietud hace Dios otra merced bien dificultosa de entender si no hay gran experiencia; mas si hay alguna, luego lo entenderéis la que la tuviere, y daros ha mucha consolación saber qué es, y creo muchas veces hace Dios esta merced junto con estotra. Cuando es grande y por mucho tiempo esta quietud, paréceme a mí que si la voluntad no estuviese asida a algo, que no podría durar tanto en aquella paz; porque acaece andar un día o dos que nos vemos con esta satisfacción y no nos entendemos -digo los que la tienen- y verdaderamente ven que no están enteros en lo que hacen, sino que les falta lo mejor, que es la voluntad, que a mi parecer está unida con su Dios y deja las otras potencias libres para que entiendan en cosas de su servicio. Y para esto tienen entonces mucha más habilidad; mas para tratar cosas del mundo están torpes y como embobados a veces.
         5. Es gran merced ésta a quien el Señor la hace, porque vida activa y contemplativa es junta. De todo sirven entonces al Señor juntamente; porque la voluntad estase en su obra sin saber cómo obra y en su contemplación; las otras dos potencias sirven en lo que Marta; así que ella y María andan juntas.

         Yo sé de una persona que la ponía el Señor aquí muchas veces, y no se sabía entender, y preguntolo a un gran contemplativo (7)[7], y dijo que era muy posible, que a él le acaecía. Así que pienso que, pues el alma está tan satisfecha en esta oración de quietud, que lo más continuo debe estar unida la potencia de la voluntad con el que solo puede satisfacerla.

         6. Paréceme será bien dar aquí algunos avisos para las que de vosotras, hermanas, el Señor ha llegado aquí por sola su bondad, que sé que son algunas.

         El primero es que como se ven en aquel contento y no saben cómo les vino, al menos ven que no le pueden ellas por sí alcanzar, dales esta tentación: que les parece podrán detenerle, y aun resolgar no querrían. Y es bobería, que así como no podemos hacer que amanezca, tampoco podemos que deje de anochecer. No es ya obra nuestra, que es sobrenatural y cosa muy sin poderla nosotros adquirir. Con lo que más detendremos (8)[8] esta merced, es con entender claro que no podemos quitar ni poner en ella, sino recibirla como indignísimos de merecerla, con hacimiento de gracias, y éstas no con muchas palabras, sino con un alzar los ojos con el publicano (9)[9].

         7. Bien es procurar más soledad para dar lugar al Señor y dejar a Su Majestad que obre como en cosa suya; y cuanto más, una palabra de rato en rato, suave, como quien da un soplo en la vela, cuando viere que se ha muerto, para tornarla a encender; mas si está ardiendo, no sirve de más de matarla, a mi parecer. Digo que sea suave el soplo, porque por concertar muchas palabras con el entendimiento no ocupe la voluntad.

         8. Y notad mucho, amigas, este aviso que ahora quiero decir, porque os veréis muchas veces que no os podáis valer con esotras dos potencias: (10)[10] que acaece estar el alma con grandísima quietud, y andar el entendimiento tan remontado, que no parece es en su casa aquello que pasa; y así lo parece entonces que no está sino como en casa ajena por huésped y buscando otras posadas adonde estar, que aquélla no le contenta, porque sabe poco estar en un ser. Por ventura es sólo el mío, y no deben ser así otros. Conmigo hablo, que algunas veces me deseo morir, de que no puedo remediar esta variedad del entendimiento. Otras parece hace asiento en su casa y acompaña a la voluntad, que cuando todas tres potencias se conciertan, es una gloria. Como dos casados, que si se aman, que el uno quiere lo que el otro; mas si uno es malcasado, ya se ve el desasosiego que da a su mujer. Así que la voluntad, cuando se ve en esta quietud, no haga caso del entendimiento más que de un loco (11)[11]; porque si le quiere traer consigo, forzado se ha de ocupar e inquietar algo. Y en este punto de oración todo será trabajar y no ganar más, sino perder lo que le da el Señor sin ningún trabajo suyo.

         9. Y advertid mucho a esta comparación, que me parece cuadra mucho: (12)[12] está el alma como un niño que aún mama cuando está a los pechos de su madre, y ella, sin que él paladee, échale la leche en la boca por regalarle. Así es acá, que sin trabajo del entendimiento está amando la voluntad, y quiere el Señor que, sin pensarlo, entienda que está con Él y que sólo trague la leche que Su Majestad le pone en la boca y goce de aquella suavidad; que conozca le está el Señor haciendo aquella merced y se goce de gozarla; mas no que quiera entender cómo la goza y qué es lo que goza, sino descuídese entonces de sí, que quien está cabe ella no se descuidará de ver lo que le conviene. Porque si va a pelear con el entendimiento para darle parte trayéndole consigo, no puede a todo; forzado dejará caer la leche de la boca y pierde aquel mantenimiento divino.

         10. En esto diferencia esta oración de cuando está toda el alma unida con Dios (13)[13]: porque entonces aun sólo este tragar el mantenimiento no hace; dentro de sí, sin entender cómo, le pone el Señor. Aquí parece que quiere trabaje un poquito, aunque es con tanto descanso que casi no se siente. Quien la atormenta es el entendimiento; lo que no hace cuando es unión de todas tres potencias, porque las suspende el que las crió; porque con el gozo que da, todas las ocupa sin saber ellas cómo ni poderlo entender.

         Así que, como digo, en sintiendo en sí esta oración, que es un contento quieto y grande de la voluntad, sin saberse determinar de qué es señaladamente, aunque bien se determina que es diferentísimo de los contentos de acá y que no bastaría señorear el mundo con todos los contentos de él para sentir en sí el alma aquella satisfacción, que es en lo interior de la voluntad -que otros contentos de la vida paréceme a mí que los goza lo exterior de la voluntad, como la corteza de ella, digamos-; pues cuando se viere en este tan subido grado de oración (que es, como he dicho ya (14)[14], muy conocidamente sobrenatural), si el entendimiento -o pensamiento, por más me declarar- a los mayores desatinos del mundo se fuere, ríase de él y déjele para necio, y estese en su quietud, que él irá y vendrá; que aquí es señora y poderosa la voluntad, ella se le traerá sin que os ocupéis. Y si quiere a fuerza de brazos traerle, pierde la fortaleza que tiene para contra él, que viene de comer y admitir aquel divino sustentamiento, y ni el uno ni el otro ganarán nada, sino perderán entrambos. Dicen que quien mucho quiere apretar junto, lo pierde todo; así me parece será aquí.

         La experiencia dará esto a entender, que quien no la tuviere no me espanto le parezca muy oscuro esto y cosa no necesaria; mas ya he dicho (15)[15], que con poca que haya, lo entenderá y se podrá aprovechar de ello y alabará al Señor, porque fue servido se acertase a decir aquí.

         11. Ahora, pues, concluyamos con que puesta el alma en esta oración, ya parece le ha concedido el Padre Eterno su petición de darle acá su reino. ¡Oh dichosa demanda, que tanto bien en ella pedimos sin entenderlo! ¡Dichosa manera de pedir! Por eso quiero yo, hermanas, que miremos cómo rezamos esta oración del Paternóster y todas las demás vocales. Porque hecha Dios esta merced (16)[16], descuidarnos hemos de las cosas del mundo; porque llegando el Señor de él, todo lo echa fuera. No digo que todos los que la tuvieren, por fuerza estén desasidos del todo del mundo; al menos querría que entiendan lo que les falta y se humillen y procuren irse desasiendo del todo, porque si no, quedarse ha aquí. Y alma a quien Dios le da tales prendas es señal que la quiere para mucho: si no es por su culpa, irá muy adelante. Mas si ve que poniéndola el reino del cielo en su casa se torna a la tierra, no sólo no la mostrará los secretos que hay en su reino, mas serán pocas veces las que le haga este favor, y breve espacio.

         12. Ya puede ser yo me engañe en esto, mas véolo y sé que pasa así, y tengo para mí que por eso no hay muchos más espirituales; porque, como no responden en los servicios conforme a tan gran merced, con no tornar a aparejarse a recibirla, sino sacar al Señor de las manos la voluntad que ya tiene por suya y ponerla en cosas bajas, vase a buscar adonde le quieran para dar más, aunque no del todo quita lo dado cuando se vive con limpia conciencia.

         Mas hay personas, y yo he sido una de ellas, que está el Señor enterneciéndolas y dándolas inspiraciones santas y luz de lo que es todo, y, en fin, dándoles este reino y poniéndolos en esta oración de quietud, y ellos haciéndose sordos. Porque son tan amigas de hablar y de decir muchas oraciones vocales muy apriesa, como quien quiere acabar su tarea, como tienen ya por sí de decirlas cada día, que aunque -como digo- les ponga el Señor su reino en las manos, no lo admiten; sino que ellos con su rezar piensan que hacen mejor, y se divierten (17)[17].

         13. Esto no hagáis, hermanas, sino estad sobre aviso cuando el Señor os hiciere esta merced. Mirad que perdéis un gran tesoro y que hacéis mucho más con una palabra de cuando en cuando del Paternóster, que con decirle muchas veces aprisa. Está muy junto a quien pedís, no os dejará de oír. Y creed que aquí es el verdadero alabar y santificar de su nombre, porque ya, como cosa de su casa, glorificáis al Señor y alabáisle con más afección y deseo, y parece no podéis dejarle de servir (18)[18].

COMENTARIO AL CAPÍTULO 31

Agua viva en la experiencia de Dios


Un capítulo sospechoso, ¿por qué?


         Al terminar el capítulo anterior Teresa prometió "hablar un poco de principio de contemplación" (n. 30, 7). Ahora cumple lo prometido. Nos acercamos, con ella, al agua viva de la oración contemplativa. El capítulo 31 sigue glosando las dos primeras peticiones del Padrenuestro: "Santificar su nombre" y "Pedirle su reino". Ser introducidos por Él en la oración contemplativa es comprobar "que oye nuestra petición" y "comienza a darnos su reino para que de veras lo alabemos, y santifiquemos su nombre, y procuremos que todos lo hagan" (n. 1). Estupendo.

         Y sin embargo, el capítulo, así programado, chocó enseguida contra ciertos escollos de la época y no logró el pase publicístico en la primera edición del libro. No sabemos por qué. Resumamos ese primer percance.

         Ocurría que el epígrafe del capítulo hablaba de "oración de quietud". No era entonces el tiempo del "quietismo", pero sí el de los alumbrados. Hablar de quietud en la oración podía ser sospechoso. De hecho, el teólogo encargado de preparar el texto del Camino para su impresión en vida de la Autora, optó por suprimir esa palabra inicial en el título. Y transcribió a secas: "Declara qué es oración" (pero de eso ya había tratado el capítulo 22).

         Así retocado, el texto del Camino había sido enviado a un gran amigo de Teresa, arzobispo de Evora, don Teutonio de Braganza, confiándole la edición. Don Teutonio sometió el manuscrito a la Inquisición de Lisboa y, finalmente, el capítulo entero hubo de ser suprimido. Sin él vio el libro la luz pública a los pocos meses de muerta la Santa (comienzos de 1583), y sin esa pieza importante siguió editándose en los años sucesivos (Salamanca 1585 y Valencia 1587), hasta que, por fin, fray Luis de León lo restituyó con todos los honores al texto teresiano en la edición de Salamanca (1588). Ignoramos si la Autora llegó a saber algo de lo ocurrido.


Páginas escritas a conciencia

         Y, sin embargo, ella había elaborado y reelaborado cuidadosamente esa pieza del Camino. En realidad, era el único capítulo dedicado expresa e íntegramente a la contemplación. En la pedagogía oracional del libro no podía faltar una elemental iniciación a la oración mística. Entre las lectoras inmediatas, las hay que ya están iniciadas en esa forma de experiencia de Dios: ella misma lo advertirá en nuestro capítulo (n. 6). En esa dirección apuntaban las páginas centrales de la obra, en torno a la oración de recogimiento: capítulos 26-29. Ahora afronta el tema.

         En un primer momento se propone hablar sólo "un poco" de contemplación (cap. 30, 7). Y así lo hace. De hecho, en el "borrador" (primera redacción), nuestro capítulo 31 resultó brevísimo, apenas la mitad del texto actual. Pero al revisar esa primera redacción, ella misma la encontró insuficiente y optó por completarla: en una especie de apéndice, al final del borrador, le añadió cuatro páginas más.

         Comenzaban así: "En lo que trataba de oración de quietud me olvidé de decir..." (corregido por ella misma en "dejé de decir"), y siguen las cuatro páginas, que pasaron luego a la redacción definitiva (autógrafo de Valladolid), y que corresponden en nuestro capítulo 31 a los números 8, 9 y 10. Esa especie de cuña aportaba al capítulo una serie de "avisos" prácticos dados al orante contemplativo, e introducía en la exposición la bella imagen del "niño que aún mama...".

         Aun así, a la Santa le resultó demasiado poco y optó por desarrollar ampliamente el tema primero del capítulo: en qué consiste la oración de quietud. Introdujo, por tanto, dos o tres páginas más en el nuevo manuscrito.

         Años adelante sobrevinieron nuevos retoques. Al preparar su libro para la primera edición, la Autora volvió a revisar cuidadosamente esas páginas, matizando el fraseo y añadiendo algún nuevo dato. El más vistoso de todos, la mención explícita de San Francisco de Borja, para refrendar su exposición. En las precedentes redacciones, primera y segunda, del Camino se había limitado a alegar la experiencia del Santo, pero en absoluto anonimato (n. 5). Ahora que él ha fallecido en Roma (30 de septiembre de 1572), puede alegarla con nombre y apellido. Lo hace en una apostilla marginal del manuscrito que está revisando: "Gran contemplativo, que era el padre Francisco, de la Compañía de Jesús, que había sido duque de Gandía, y lo sabía bien por experiencia" (ms. de Toledo). Era, quizás, el último retoque: introducir en el capítulo la autoridad y experiencia del gran siervo de Dios.

         Estamos, pues, ante unas páginas importantes, escritas a conciencia. La lección que contienen, ¿cuál es?


Hablemos de contemplación: ¿qué es oración de quietud?

         A las lectoras del Camino, Teresa va a hablarles de contemplación, no como teóloga doctrinaria, sino como mística contemplativa. Para ella la oración de quietud es "principio de contemplación" y por eso mismo es la entrada en el Reino que pedimos en el Padrenuestro. Es que ya, "parece comienza el Señor a dar a entender que oye nuestra petición / y comienza ya a darnos su reino aquí / para que de veras le alabemos y santifiquemos su nombre / y procuremos lo hagan todos" (n. 1). Lo repetirá más veces: el orante siente que, por fin, "está en el palacio del Rey y ve que le comienza ya a dar aquí su reino" (n. 3).

         No son datos totalmente nuevos. El lector del libro sabe, por páginas anteriores, que la oración es cosa de amistad, es decir, cosa de dos -Dios y el hombre- y que si en los primeros pasos de rezo y meditación el orante tiene la impresión de ser él quien lleva la iniciativa en el diálogo, ahora en la "oración de quietud" se produce algo así como una pausa de cambio, un parón en su quehacer orante y una irrupción o infusión del misterioso interlocutor de toda oración cristiana.

         Los planos que suavemente irá recorriendo la pluma de la Santa para exponer ese acontecimiento misterioso -entrada en la quietud contemplativa- son tres. Desde nuestra perspectiva de lectores, podríamos designarlos así:

         1.º Hay un primer plano teologal, básico y decisivo: Dios interviene con su gracia en nuestra oración.

         2.º Hay un segundo plano psicológico: la gracia de la contemplación remueve y transforma la interioridad del orante, su palabra, su amor, su psiquismo entero, para que "de veras" alabe y glorifique...

         3.º Hay, por fin, un tercer plano existencial: la vida común y corriente del orante. La contemplación es como una onda expansiva que alcanza la acción, traspasa toda tarea e impregna lo cotidiano. Ya lo insinuó ella en el texto arriba citado: se entra en su reino, no sólo para "alabar y glorificar" (pura doxología), sino para que "procuremos lo hagan todos". Baste un somero recorrido de esos tres planos.

         El plano teologal

         El dato fundamental es éste: comienza la experiencia de Dios, de su presencia, de su acción. El orante y Él "están tan cerca que ve que se entienden por señas" (n. 3). "Es un ponerse el alma... en la paz de su presencia" (n. 2). El orante "entiende por una manera muy fuera de entender con los sentidos exteriores, que está junto cabe su Dios" (n. 2); que no es él quien se pone a sí mismo en paz, sino que es el Señor quien "lo pone en paz en su presencia" (n. 2).

         De ahí la clara sensación de gratuidad absoluta de su oración: la "quietud" es cosa obrada por Dios en el orante. Es -como subraya la Santa- cosa "muy conocidamente sobrenatural" (n. 10); "no es ya obra nuestra, que es sobrenatural, y cosa muy sin poderla nosotros adquirir" (n. 6).

         Gracia especial, gratuidad absoluta, puro don de su amor. Pero que se convierten en vida sumamente personal por parte del orante. Es el segundo plano:

         Quietud en el plano psicológico

         "No entiende cómo entiende", pero "se ve en su reino". Y lo "entiende el alma por una manera muy fuera de entender con los sentidos..." (n. 2). Con todo, no son la mente y los pensamientos, sino la voluntad y el amor los captados directamente por la gracia de entrada en la presencia de Dios. La voluntad, y con ella la afectividad entera del orante, quedan subyugadas: "cautivas", dirá la Santa. "Contenta de verse cabe la fuente, que aun sin beber está ya harta" (n. 3). Y desde el amor, ahora paz y quietud se expanden en derredor: "Todas las potencias se sosiegan" (n. 2). "Siéntese grandísimo deleite en el cuerpo y grande satisfacción en el alma" (n. 3). "Descansa... y se le doblan las fuerzas para caminar" (n. 2).

         Así, estando ya la casa sosegada, "en decir Padre nuestro una vez, se les pasará una hora: están tan cerca..." (n. 3).

         Es posible que mientras la voluntad está "embebida y absorta", la fantasía y la mente revoloteen a lo loco. No importa, lo que importa es que la voluntad siga centrada y subyugada. En la contemplación se entra por la puerta del amor. Desde él la onda expansiva de la contemplación alcanzará no sólo al cuerpo, sino a la vida entera del orante. Es el tercer aspecto:

         El plano de la vida cotidiana

         Como siempre, la oración revierte sobre la vida. Porque "oración es trato de amistad", y si la amistad es verdadera no se es amigo a ratos...

         En la oración contemplativa, mucho más. La entrada en el reino es un revulsivo o un generador intensivo de presencia y compromiso en el quehacer. Por primera vez subraya la Santa la condición paradójica de toda oración contemplativa, que divide y une. Determina una fuerte extrapolación del afecto, concentrado en Dios y su reino, de suerte que "no están enteros en lo que hacen, sino que les falta lo mejor, que es la voluntad, que -a mi parecer- está unida a su Dios" (n. 4). Pero eso mismo hace de fuerza unificadora, de suerte que "vida activa y contemplativa" andan juntas. Amor y acción tienen un común ensamblaje dinámico: "De todo sirven entonces al Señor juntamente, porque la voluntad estase en su obra sin saber cómo obra, y en su contemplación; las otras dos potencias sirven en lo que Marta; así que ella y María andan juntas" (n. 5).

         Todo eso lo resumirá Teresa, al final de la exposición, en una sencilla definición descriptiva de la oración de quietud: "Esta oración es un contento quieto y grande de la voluntad, sin saberse determinar de qué es señaladamente, aunque bien se determina que es diferentísimo de los contentos de acá y que no bastaría señorear el mundo con todos los contentos de él para sentir en sí el alma aquella satisfacción que es en lo interior de la voluntad..." (n. 10).


El arrimadillo pedagógico

         Hablar de contemplación mística, de experiencia de Dios, de oración de quietud, es sin duda un plato fuerte para las lectoras del Camino, aprendices de oración. La Santa es consciente de ello (véanse, por ejemplo, sus tanteos en el planteamiento: cap. 30, 7). Por eso, precisamente, va bordando la exposición del tema con todos los recursos de su pedagogía:

         - Empalmes vivos con la experiencia.

         - Regreso a las motivaciones bíblicas.

         - Apoyo en su rica imaginería: juego de comparaciones, imágenes y símbolos.

         a) Ante todo, ella habla de "oración de quietud" desde la experiencia, sin perderse en teorías y teologías.

         Para ella la contemplación no es flor exótica en el huerto de la oración. Ya nos ha recordado el caso de la pobre viejecita que, rezando sus Padrenuestros "tenía pura contemplación" (30, 7).

         Ahora, en el presente capítulo, se propone entablar el diálogo directo con lectoras ya iniciadas en la oración mística: son las hermanas del Carmelo de San José, a quienes "el Señor ha llegado aquí (a oración de quietud) por sola su bondad, que sé que son algunas" (31, 6). Pensando en ellas impartirá, en la segunda parte del capítulo, una serie de consignas concretas. "La experiencia les hará entender..." (n. 10) más y mejor de lo que podrá comprender un lector inexperto...

         Poco antes ha evocado la experiencia calificada de un contemplativo excepcional, San Francisco de Borja: "A él le acaecía" exactamente esa paradójica polarización del afecto en Dios, que a la vez le permitía la total unificación de contemplación y acción en la vida: "Gran contemplativo" -dice ella- y a la vez hombre de gran compromiso en la acción.

         Justamente al lado del santo jesuita, en el centro mismo del capítulo, ha comparecido ella con su propia experiencia: "Yo sé de una persona..." es el refrendo insuplantable del testimonio personal. Que le conste al lector: quien escribe no habla de oídas. Es alguien a quien "la ponía el Señor aquí muchas veces". "Aquí", es decir, en "su reino", en la paz gozosa de su presencia, en quietud...

         De hecho, todo el capítulo está escrito desde esa clave. Lo advirtió la Santa desde las primeras líneas: hablará de oración de quietud porque "lo ha oído platicar", porque "el Señor ha querido dármelo a entender", y "para que os lo diga" (n. 1). Es decir, pedagogía desde la experiencia, para iniciar al lector en la experiencia y para guiarlo a través de ella (n. 10).

         b) Las motivaciones bíblicas. Ya lo hemos notado: la experiencia de Dios que se produce en la oración contemplativa es, en cierto modo, "darnos su reino aquí", para que nuestra oración se acerque a la doxología perfecta del "reino del cielo" (n. 10).

         Luego desfilarán ante el lector una serie de figuras bíblicas sugeridoras: el anciano Simeón, que prorrumpe en el himno de paz y en el deseo del reino al entrar en la presencia del Señor: porque "dióselo el mismo Niño a entender" (n. 2). O la imagen de Pedro en el Tabor: el contemplativo "de buena gana diría con San Pedro: hagamos aquí tres tiendas" (n. 3). O las figuras típicas de Marta y María (n. 5). O, quizá más que todas, la figura del publicano, capaz de orar sin apenas palabras, "sino con un alzar los ojos..." (n. 6). Pasajes y tipos evangélicos que han pasado reiteradamente por la oración de la Santa (cf. Rel. 36; Vida 15, 1; 15, 9; Moradas VII 3, 4).

         c) Y, por fin, el típico recurso plástico de la pedagogía teresiana: el juego de imágenes y símbolos. Imposible glosar aquí su alcance doctrinal y pedagógico. Baste enumerarlos:

         - Ante todo, reaparecen las imágenes de fondo, persistentes en todo el libro: la fuente de agua viva, el palacio interior, el camino. La llegada a la contemplación pone de manifiesto la fuerza expresiva y evocadora de ese múltiple simbolismo.

         - Pero, dentro de la experiencia contemplativa, interesa destacar dos aspectos: el nuevo engranaje de mente y corazón (pensamientos y afectos), y la absoluta gratuidad de la acción de Dios sobre el orante. Ahí sobrevienen las nuevas imágenes:

         - La vela, la llama y el soplo (n. 7): la voluntad es la vela en que por gracia de Dios ha brotado una nueva llama, el amor; el soplo de la mente o de nuestros pensamientos puede alimentarla, pero puede también apagar esa llama incipiente... O bien, la mente y la voluntad son como dos casados, marido y mujer. En la contemplación interesa, como nunca, que vivan en armonía y mutua compenetración... (n. 8: ¡cómo no recordar la parábola de "Animus y Anima", de Paul Claudel!). O bien, la contemplación es algo que acontece "en lo interior de la voluntad", mientras que todos los otros goces y quereres han quedado "como en la corteza de ella..." (n. 10).

         - Pero las más bellas imágenes las reserva Teresa para poner de relieve la acción de Dios: la gratuidad absoluta de la gracia y la experiencia contemplativas. Algo que se sitúa más allá de todas nuestras técnicas y fuerzas: "Que así como no podemos hacer que amanezca, tampoco podemos hacer que deje de amanecer..." (n. 6). Y de nuevo, para realzar esa total gratuidad del don de Dios, la imagen más bella de todas: la del "niño que aún mama, cuando está a los pechos de su madre, y ella sin que él paladee, échale la leche en la boca para regalarle..." (nn. 9-10). Imagen cuidadosamente elaborada por la Santa y que sintetiza, como en una deliciosa parábola, toda la exposición del capítulo (el origen y alcance doctrinal de esta imagen puede verse en la glosa a este mismo pasaje de la Santa en: Monte Carmelo 1985, pp. 148-153).


Entonces... ¿qué hacer?

         A medio capítulo la Santa interrumpe la exposición del "qué es oración de quietud" para pasar al aspecto práctico y dar "avisos" a quienes la tienen.

         De momento serán avisos sencillos, exigidos, todos ellos, por la naturaleza misma de la contemplación, que fundamentalmente es la obra de Dios en el orante para introducirlo en su reino y ponerlo en su presencia. Por eso, los consejos que da Teresa al principiante contemplativo se reducen a un sencillo "manual para aprender a recibir". He aquí las consignas más importantes que le propone:

         1.ª No forzar la mano del "dador": no forcejear por prolongar su gracia o la experiencia contemplativa, "es bobería...", pues nada podemos hacer sino sólo recibir (n. 6).

         2.ª "Es bien procurar más soledad para dar lugar al Señor y dejar que Él obre como en cosa suya" (n. 7).

         3.ª No desasosegarse porque la fantasía y el pensamiento se nieguen a compartir la paz de la voluntad. ¡NO importa! (n. 8).

         4.ª Sí importa disponerse para recibir, para recibir más...: "que entiendan lo que les falta y se humillen, y procuren irse desasiendo de todo" (n. 11).

         5.ª Obras son amores: que el contemplativo responda "en los servicios conforme a tan gran merced..." (n. 12).

         6.ª La oración de quietud es sólo "el principio de la contemplación". Es grande la diferencia que hay entre ella y la oración de unión, en la que "está toda el alma unida con Dios" (n. 10), meta final a la que apuntan estos primeros pasos de oración contemplativa.

         Por fin, no olvide el lector que todo eso se apoya en una piedra sillar de humilde apariencia: la oración vocal y el rezo del Padrenuestro en sus dos primeras peticiones. "¡Oh dichosa demanda, que tanto bien en ella pedimos sin entenderlo...! Por eso quiero yo, hermanas, que miremos cómo rezamos esta oración del Paternóster". "Creed que aquí es el verdadero alabar y santificar su nombre, porque ya, como cosa de su casa, glorificáis al Señor y alabáisle con más afección y deseo, y parece no podéis dejarle de servir" (nn. 11 y 13).


Nota final

         El capítulo 31 del Camino no es la única ni la mejor exposición teresiana de "la oración de quietud". Para un conocimiento más profundo del pensamiento de la Santa, es necesario dirigirse a los pasajes paralelos de Vida (caps. 14-15) y Moradas IV.


[1] En el c. 30, n. 6. - Al fin del número, la 1ª redacción proseguía: «...Y procuremos le alaben otros, aunque por tenerlo escrito en otra parte -como he dicho- no me alargaré mucho en declararlo, diré algo».
[2] En el autógrafo, un censor acotó al margen: «Por nuestra habilidad». - Es interesante notar que la propia Santa en el ms. de Toledo tachó «procurar» y escribió de propia mano «adquirir». - Sigue una alusión al «Nunc dimittis» (Lc 2, 29).
[3] Mucho más tierna y plásticamente escribía en la 1ª redacción: «Más pudiera juzgarle por romerito, hijo de padres pobres...». - Romerito: pequeño peregrino que va a la romería «con bordón y esclavina» (así en tiempo de la Santa).
[4] El paréntesis contenía en la 1ª redacción una deliciosa ironía teresiana: «Digo el cuerpo, que alguna simplecita vendrá que no sepa qué es interior y exterior».
[5] Al margen del autógrafo escurialense escribió uno de los censores: «Divinamente declara esta oración de quietud... [el resto tachado e ilegible]».
[6] Mt 17, 4.
[7] En el ms. de Toledo anotó la Santa: «Que era el P. Francisco, de la Compañía de Jesús, que había sido duque de Gandía, y lo sabía bien por experiencia». - Era San Francisco de Borja, y la persona que lo consultó, la propia Santa Teresa. - Un corrector tachó el último miembro de la anotación marginal autógrafa.
[8] «Detendremos», en la acepción de «retendremos».
[9] Lc 18, 13.
[10] «Esotras dos potencias» son el entendimiento y la memoria. Ya otra vez las designó con esos términos genéricos en este mismo capítulo (n. 5), por contraposición a la voluntad (nn. 3 y 4), única que entra en estado de quietud. - «El entendimiento tan remontado», de que hablará enseguida, comprende en confuso a «entendimiento e imaginación». De hecho, en el ms. de Toledo, la misma Santa escribió sobre la palabra «entendimiento»: o imaginación (Véase la nota que sigue).
[11] En la 1ª redacción la Santa recalcó este consejo: «Y nótese mucho este aviso, que importa». A su vez, al dar los últimos retoques al texto en el ms. de Toledo, sobre la palabra «entendimiento» escribió: «O pensamiento o imaginación, que no sé lo que es». - Este titubeo entre entendimiento y pensamiento e imaginación, le hizo introducir una acotación similar al principio del presente número: «Andar el entendimiento o pensamiento tan remontado» (ms. de Toledo); y poco más adelante (n. 10): «Quien la atormenta es el entendimiento o imaginación», vuelve a añadir la Autora en el ms. toledano.
[12] Prueba de la fruición con que escribió Santa Teresa esta famosa «comparación» son los sucesivos retoques a que la sometió: escribió en la 1ª redacción: «Y advertid mucho a esta comparación que me puso el Señor estando en esta oración, y cuádrame mucho». - En nuestro texto (2ª redacción), la desarrolló ampliamente, pero omitiendo la alusión al origen místico de la comparación. - En la redacción final (ms. de Toledo), el texto quedó así: «Y advertid mucho a esta comparación, que me parece cuadra [la Santa tacha «mucho»] y que lo da a entender». - En el ms. de Salamanca quedan huellas de otras elaboraciones del mismo pasaje. Dice así: «Por esta comparación se puede entender cómo es posible amar sin entender lo que se ama ni qué se ama, que es dificultoso de entender». - Esa misma ampliación había sido añadida al margen del autógrafo de Valladolid por uno de los revisores del texto.
[13] El sentido es: en esto se diferencia esta oración de quietud de la oración de unión. - La 1ª redacción añade: «Quien tuviere esta oración entenderá claro lo que digo, si lo mira con advertencia, después de haber leído esto, y mire que importa; si no, parece algarabía».
[14] Lo ha dicho en el n. 6. - Obsérvese de nuevo (cf nota al n. 8) la aclaración «o pensamiento, por más me declarar», que no existía en la 1ª redacción. - Déjele para necio: equivale a «por necio» (cf c. 22, n. 1: «Enviaros han para simple»).
[15] Lo ha dicho en el n. 4. - Es interesante la variante de la 1ª redacción: «La experiencia dará esto a entender, que para entenderlo sin que nos lo digan es menester mucha, y para hacerlo y entenderlo después de leído, es menester poca».
[16] «... Hecha por Dios esta merced», hizo imprimir fr. Luis de León (p. 185).
[17] «Se divierten», es decir, se distraen de la oración de quietud.
[18] La 1ª redacción terminaba inculcando: «Así que en esto os aviso que tengáis mucho aviso, porque importa muy mucho».
 
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Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)