22.10.11

Camino de Perfección Cap. 33

 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.



Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)
Capítulo 33
 
 
 
 
 
 
En que trata la gran necesidad que tenemos de que el Señor nos dé lo que pedimos en estas palabras del Paternóster: «Panem nostrum quotidianum da nobis hodie» (1)[1].

            1. Pues entendiendo, como he dicho (2)[2], el buen Jesús cuán dificultosa cosa era ésta que ofrece por nosotros, conociendo nuestra flaqueza y que muchas veces hacemos entender que no entendemos cuál es la voluntad del Señor -como somos flacos y Él tan piadoso-, y que era menester medio, porque dejar de dar lo dado vio que en ninguna manera nos conviene, porque está en ello toda nuestra ganancia (3)[3]; pues cumplirlo vio ser dificultoso, porque decir a un regalado y rico que es la voluntad de Dios que tenga cuenta con moderar su plato para que coman otros siquiera pan, que mueren de hambre, sacará mil razones para no entender esto, sino a su propósito; pues decir a un murmurador que es la voluntad de Dios querer tanto para su prójimo como para sí, no lo puede poner a paciencia ni basta razón para que lo entienda; pues decir a un religioso que está mostrado a libertad y a regalo, que ha de tener cuenta con que ha de dar ejemplo y que mire que ya no son solas palabras con las que ha de cumplir cuando dice esta palabra, sino que lo ha jurado y prometido, y que es voluntad de Dios que cumpla sus votos, y mire que si da escándalo que va muy contra ellos, aunque no del todo los quebrante; que ha prometido pobreza, que la guarde sin rodeos, que esto es lo que el Señor quiere; no hay remedio aun ahora de quererlo algunos, ¿qué hiciera si el Señor no hiciera lo más con el remedio que puso? No hubiera sino muy poquitos que cumplieran esta palabra que por nosotros dijo al Padre, de «fiat voluntas tua».
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            Pues visto el buen Jesús la necesidad, buscó un medio admirable adonde nos mostró el extremo de amor que nos tiene (4)[4], y en su nombre y en el de sus hermanos pidió esta petición: «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, Señor».

            Entendamos, hermanas, por amor de Dios, esto que pide nuestro buen Maestro, que nos va la vida en no pasar de corrida por ello, y tened en muy poco lo que habéis dado pues tanto habéis de recibir.

            2. Paréceme ahora a mí -debajo de otro mejor parecer- que visto el buen Jesús lo que había dado por nosotros y cómo nos importa tanto darlo y la gran dificultad que había -como está dicho- (5)[5] por ser nosotros tales y tan inclinados a cosas bajas y de tan poco amor y ánimo, que era menester ver el suyo para despertarnos, y no una vez, sino cada día, que aquí se debía determinar de quedarse con nosotros. Y como era cosa tan grave y de tanta importancia, quiso que viniese de la mano del Eterno Padre. Porque, aunque son una misma cosa, y sabía que lo que Él hiciese en la tierra lo haría Dios en el cielo y lo tendría por bueno, pues su voluntad y la de su Padre era una, era tanta la humildad del buen Jesús (6)[6] que quiso como pedir licencia, porque ya sabía era amado del Padre y que se deleitaba en Él. Bien entendió que pedía más en esto que ha pedido en lo demás, porque ya sabía la muerte que le habían de dar, y las deshonras y afrentas que había de padecer.

            3. Pues ¿qué padre hubiera, Señor, que habiéndonos dado a su hijo, y tal hijo, y parándole tal, quisiera consentir se quedara entre nosotros cada día a padecer? - Por cierto, ninguno, Señor, sino el vuestro. Bien sabéis a quién pedís.

            ¡Oh, válgame Dios, qué gran amor del Hijo, y qué gran amor del Padre! Aun no me espanto tanto del buen Jesús, porque como había ya dicho «fiat voluntas tua», habíalo de cumplir como quien es. ¡Sí, que no es como nosotros! Pues como sabe la cumple con amarnos como a Sí, así andaba a buscar cómo cumplir con mayor cumplimiento, aunque fuese a su costa, este mandamiento. Mas Vos, Padre Eterno, ¿cómo lo consentisteis? ¿Por qué queréis cada día ver en tan ruines manos a vuestro Hijo? Ya que una vez quisisteis lo estuviese y lo consentisteis, ya veis cómo le pararon. ¿Cómo puede vuestra piedad cada día, cada día, verle hacer(le) injurias? ¡Y cuántas se deben hoy hacer a este Santísimo Sacramento! ¡En qué de manos enemigas suyas le debe de ver el Padre! ¡Qué de desacatos de estos herejes!

            4. ¡Oh Señor eterno! ¿Cómo aceptáis tal petición? ¿Cómo lo consentís? No miréis su amor, que a trueco de hacer cumplidamente vuestra voluntad y de hacer por nosotros, se dejará cada día hacer pedazos. Es vuestro de mirar, Señor mío, ya que a vuestro Hijo no se le pone cosa delante (7)[7], por qué ha de ser todo nuestro bien a su costa. ¿Porque calla a todo y no sabe hablar por sí sino por nosotros? Pues ¿no ha de haber quien hable por este amantísimo Cordero? (8)[8].

            He mirado yo cómo en esta petición sola duplica las palabras, porque dice primero y pide que le deis este pan cada día, y torna a decir «dádnoslo hoy, Señor». Pone también delante a su Padre. Es como decirle que ya una vez nos le dio para que muriese por nosotros, que ya nuestro es, que no nos le torne a quitar hasta que se acabe el mundo; que le deje servir cada día. Esto os enternezca el corazón, hijas mías, para amar a vuestro Esposo, que no hay esclavo que de buena gana diga que lo es, y que el buen Jesús parece se honra de ello.

            5. ¡Oh Padre Eterno, que mucho merece esta humildad! ¿Con qué tesoro compramos a vuestro Hijo? Venderle, ya sabemos que por treinta dineros (9)[9]; mas para comprarle no hay precio que baste. Como se hace aquí una cosa con nosotros por la parte que tiene de nuestra naturaleza y como señor de su voluntad, lo acuerda a su Padre, que pues es suya, que nos la puede dar. Y así dice: «Pan nuestro». No hace diferencia de Él a nosotros; mas hacémosla nosotros de Él, para no nos dar cada día por Su Majestad (10)[10].

COMENTARIO AL CAPÍTULO 33

Oración ante el misterio de la Eucaristía


            Cómo glosa y cómo ora Teresa la petición "danos hoy nuestro pan de cada día".

            La Autora del Camino sabe que esa petición del Padrenuestro tiene, ante todo, humilde sentido material. Pedimos al Padre el alimento que Él no niega a las aves del cielo. La Santa encontrará normal que desde ese plano de indigencia biológica digamos al Padre que necesitamos su ayuda. Con todo, a sus lectoras (no olvidemos que ella escribe para una comunidad orante) prefiere trasladarlas inmediatamente a otro plano: al de la indigencia del espíritu: el pan transustancial, el pan del alma, pan por antonomasia, es la Eucaristía.

            Por eso centra toda la atención de las lectoras en cómo y por qué decir al Padre que necesitamos el pan eucarístico, que lo necesitamos para cada día, que lo necesitamos para hoy

            La Santa extenderá esa glosa a lo largo de los capítulos 33, 34 y 35. Como en los trípticos pictóricos, también en éste el capítulo más importante es el central, capítulo 34. En él se dirá al lector cómo ha de ser su oración eucarística, cómo deberá interiorizarla y enriquecerla. Ese capítulo central quedará enmarcado por las otras dos hojas del tríptico: a modo de preludio, el capítulo 33 introducirá al lector en el misterio de la Eucaristía y en su arraigo trinitario. El capítulo 35 desarrollará el sentido eclesial de la oración eucarística. Ambos capítulos, el primero y el tercero del tríptico, culminarán en sendas «exclamaciones», oraciones de asombro dirigidas al Padre a favor del Hijo, presente en el Sacramento. Fundidos en uno solo, esos dos soliloquios de la Santa componen una maravillosa "prez eucarística", algo así como el canon contemplativo del orante aleccionado por la Autora.


El preludio del tema: capítulo 33

            Al redactar por primera vez el Camino, Teresa comenzó la glosa de esta petición del Padrenuestro paso a paso. En breves unidades sucesivas y escalonadas. En el borrador (autógrafo de El Escorial) quedó fragmentado este capítulo 33 en otros tres, sumamente breves. Serían los capítulos 57, 58 y 59 de la primera redacción.

            Ella misma les antepuso tres epígrafes que marcan bien la marcha de su glosa. Fueron éstos:

            1.E "En que trata la gran necesidad que tenemos de pedir esta petición del Padrenuestro".

            2.E "Que trata lo mucho que hizo el Padre Eterno en querer que su Hijo se nos quedase en el Santísimo Sacramento".

            3.E Pone una exclamación al Padre.

            En realidad, el capítulo entero tenía que servir de preludio al gran tema de la oración eucarística. Imposible que en la pedagogía contemplativa del Camino faltase esa especial dimensión que la Eucaristía da a la oración cristiana.

            Debía quedar bien claro que el "Padrenuestro" y la Eucaristía son los dos pilares en que se apoya el orante. Pero era necesario motivar adecuadamente el ensamblaje de las dos piezas. Unidas estrechamente sin salir del comentario a la oración dominical.

            Muy de acuerdo con su estilo pedagógico, Teresa lo hace así: primero formula una breve reflexión doctrinal; algo así como su enfoque teológico del misterio eucarístico en que quedan implicados el Padre, Jesús y el orante.

            Pasa, en segundo lugar, de la reflexión doctrinal a la oración vivida: es al Padre a quien dirigimos todas las peticiones de la oración dominical. A Él se dirige ahora Teresa, en oración emotiva, desde la petición del pan de la Eucaristía.

            Basta apuntar sumariamente el contenido de esas dos líneas temáticas del capítulo.


El acercamiento al misterio

            Es fácil descubrir y destacar las ideas básicas que la Santa propone al lector como pórtico de entrada en el espacio de la piedad y de la oración eucarística. Son tres convicciones fuertes. Podemos resumirlas así:

            1.ª Que sin la Eucaristía nos sería imposible hacer la voluntad del Padre. Es decir, quedaría frustrada la petición central del Padrenuestro: "Hágase tu voluntad".

            2.ª Que es el Padre mismo quien nos da el pan de la Eucaristía. Y en ella nos da a su Hijo, para que prolongue su presencia entre los hombres hasta el fin del mundo. Y para que sea pan del alma, que nutra nuestra voluntad para hacerse una con la del Padre.

            3.ª Que en esa petición, Jesús se asocia a nosotros para pedir al Padre el don del pan eucarístico. De suerte que esas dos peticiones centrales del Padrenuestro quedan íntimamente correlacionadas. Y expresan lo más medular de la oración cristiana: dirigirnos al Padre por y con el Hijo, para pedirle la presencia de Este con nosotros, que nos haga posible adherirnos a su voluntad. "En ello nos va la vida", subrayará la Santa al concluir su reflexión.

            El primer postulado lo expone Teresa a sus lectoras en una serie de ejemplos prácticos: el rico mundano y avaro, el murmurador, el religioso mal cumplidor de sus votos. Lo fácil que es decir superficialmente "hágase tu voluntad", y lo difícil que es realizar, de hecho, el don total de sí mismo, implicado en la entrega de la nuestra. No sólo difícil: imposible sin la Eucaristía.

            En la segunda afirmación, Teresa -consciente o inconscientemente- no hace sino reportar el tema del Evangelio de Juan (c. 6), en que Jesús formula la promesa del pan eucarístico: "No fue Moisés quien os dio el pan del cielo. Es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo... Yo soy el pan de vida... Vuestros padres comieron el maná y murieron: aquí está el pan que baja del cielo, para comerlo y no morir" (Jn. 6, 32. 48).

            Es quizá más profunda y más insistente la tesis tercera. Jesús, que está presente en toda la oración del Padrenuestro, se solidariza con nosotros de una manera especial cuando llega a la petición del pan de la Eucaristía. Fue Él quien "buscó un medio admirable adonde nos mostró el extremo de amor que nos tiene". Lo pidió al Padre "en su nombre y en el de sus hermanos". Fue Él quien quiso expresamente que este don "nos viniese de la mano del Eterno Padre». Él "bien entendió que pedía más en esto que pedía en lo demás..." (nn. 1-2).

            Al recordarlo, la Santa se siente atraída por el misterio de la interioridad de Jesús, por el haz de luces y sombras, de intenciones y motivos que cruzan el alma del Señor al "determinarse a quedar con nosotros". Dos veces se detiene ella a intentar esa especie de buceo: "Paréceme ahora a mí -debajo de otro mejor parecer- que (habiendo) visto el buen Jesús lo que había dado por nosotros...", y sigue una filigrana de atisbos hasta el momento en que Jesús "se determinó". Y de nuevo: "He mirado yo cómo en esta petición sola duplica las palabras..." (n. 4), con otra serie de atisbos, hasta invitar finalmente a las lectoras: "Esto os enternezca el corazón, hijas mías, para amar a vuestro Esposo..." (n. 4).


Estupor y osadía en las exclamaciones al Padre

            Ya en pasajes anteriores del Camino hemos sorprendido a la Santa prorrumpiendo en una oración de "exclamación", puro clamor dirigido al Padre Eterno. Generalmente el resorte del asombro se le dispara desde lo hondo del alma cuando de pronto se encuentra frente al misterio de Jesús implicado en la historia de los hombres. Así, en el capítulo 3E, ante el hecho de las discordias intestinas de la Iglesia, guerras fratricidas de religión, desgarros del cuerpo místico de Jesús y profanaciones de la Eucaristía (3, 8). A la inversa, en el capítulo 27, al caer en la cuenta del hondo sentido que tiene la invocación "¡Padre nuestro!", nuestro hermanamiento con Cristo, y la paternidad de Dios sobre Jesús y sobre nosotros, estalla en una especie de grito, no al Padre, sino a Jesús que nos ha hecho posible esa invocación: "¡Oh Hijo de Dios y Señor mío! ¡Cómo dais tanto junto y a la primera palabra...!" (27, 2).

            Pero nada tan fuerte para ella como la presencia dramática de Cristo-Eucaristía en la historia de los hombres. Más adelante, al finalizar el presente tema eucarístico (c. 35), nos encontraremos con la exclamación más emocionada y angustiosa de todo el libro. Ahora, en el presente capítulo, ocurre otro tanto. Su exposición doctrinal se convierte en oración exclamativa. Sin intención de ejemplificar, la Santa ofrece, de hecho, una oración modélica. La exclamación ocupa la segunda mitad del capítulo (nn. 3b, 4 y 5). Hay en ella un primer impulso por introducirse entre Jesús y el Padre, en el profundo misterio de las relaciones que median entre ambos (n. 3). Luego, su oración "sale de términos" -como Teresa misma suele decir-, y se abandona a la improvisación del amor loco, intercediendo -¡extrañamente!- ante el Padre por el Hijo:

            - "¡Vos, Padre Eterno, cómo lo consentisteis...!".

            - "¡Cómo puede vuestra piedad, cada día, cada día, verle hacer injurias!".

            - "¡Cómo aceptáis tal petición!".

            - "¡Cómo lo consentís!".

            - "¡No miréis su amor, que a trueco de hacer cumplidamente vuestra voluntad y de hacer por nosotros, se dejará cada día hacer pedazos!".

            - "¿Por qué ha de ser todo nuestro bien a su costa?".

            - "¡Oh, válgame Dios, qué gran amor del Hijo y qué gran amor del Padre!".

            - "Porque Él calla a todo y no sabe hablar por sí sino por nosotros... ¿No ha de haber quien hable por este mansísimo cordero?". Etcétera.

            "Con decir despropósitos me consuelo algunas veces", había comentado ella en otra ocasión. Ahora, probablemente, también cae en la cuenta de que ha rozado el borde del despropósito.

            En el borrador del libro, ese grito final se diluía en una humilde petición de disculpa: "Dadme licencia, Señor, que hable yo, ya que Vos quisisteis dejarle en nuestro poder, y os suplique que, pues tan de veras os obedeció y con tanto amor se nos dio..." (pasaje omitido en la redacción definitiva: n. 4).

            Ese último toque de ternura suaviza el clamor de la exclamación. Es que en realidad no es ella la desbordada por la onda de amor loco. Lo es mucho más el amor de Cristo al instituir la Eucaristía. Por eso, "a vuestro Hijo no se le pone cosa delante...", no hay obstáculo o razón que lo frene. Esa desmesura del amor de Cristo ya otras veces había impactado el ánimo de la Santa. Se lo ha dicho directamente a su Señor: "Mirad, Señor mío, que ya que a Vos, con el amor que nos tenéis y con vuestra humildad, no se os ponga nada delante..." (27, 3).

            Todo ello ha sido mero preámbulo. La lección fuerte sobre "oración y Eucaristía" nos la dará la Santa en los dos capítulos que siguen.


[1] «Panen nostrun cotidiano da nobis odie», escribió la Santa.
[2] «Como he dicho»: ha sido el tema del c. anterior.
[3] Este prolijo preámbulo tan teresiano y tan rebelde a toda ley de puntuación, fue remediado por la Autora con una larga tacha y nuevo fraseo, al preparar el texto definitivo (ms. de Toledo): «Pues entendiendo el buen Jesús cuán dificultoso era esto que ofrece por nosotros, conociendo nuestra miseria -que muchas veces hacemos entender que no entendemos cuál es la voluntad del Señor, como somos flacos-, y que era menester medio "para cumplirlo, pídenos al Padre Eterno remedio soberano como este pan de cada día del Santísimo Sacramento, que da fuerza y fortaleza"». - La frase encomillada es autógrafa de la Santa. Con ella formuló, desde el encabezamiento del capítulo su exégesis eucarística del «panem nostrum». - Fray Luis de León arregló a su modo este pasaje (p. 196).
[4] Alusión a la institución de la Eucaristía, Jn 13, 1.
[5] En el c. 32.
[6] Por escrúpulo teológico, el ya mencionado censor advirtió al margen del autógrafo: «Por la parte que era hombre».
[7] El escrupuloso censor de otras veces sometió a dura prueba el presente pasaje, tachando y marginando el autógrafo: «No miréis, hermanas, el amor de vuestro esposo, que a trueco de hacer cumplidamente la voluntad del Padre y de hacer por nosotros, se dejará cada día hacer pedazos. Vuestro era de mirar, oh Padre Eterno, por vuestro Hijo; no se le pone cosa delante que le estorbe...». - Las cursivas corresponden a las añadiduras del teólogo censor, y dan una idea del purismo y convencionalismo teológicos con que chocó el ingenuo y diáfano pensar teresiano.
[8] En la 1ª redacción, la Santa entraba en tierno monólogo o plegaria al Padre: «Dadme licencia, Señor, que hable yo, ya que vos quisisteis dejarle en nuestro poder, y os suplique que pues tan de veras os obedeció y con tanto amor se nos dio...».
[9] Alusión a Mt 26, 15.
[10] En el ms. de Toledo la Santa rehízo así la frase final: «Pues no la hagamos nosotros, porque juntando nuestra oración con la suya tendrá mérito delante de Dios para alcanzar lo que pidiéremos».

Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)