22.10.11

Camino de Perfección Cap. 42

 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.



Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)
Capítulo  42
 
 
 
 
 
En que trata de estas postreras palabras del Paternóster: «Sed libera nos a malo. Amen». Mas líbranos del mal. Amén.

         1. Paréceme tiene razón el buen Jesús de pedir esto para Sí, porque ya vemos cuán cansado estaba de esta vida cuando dijo en la cena a sus Apóstoles: «Con deseo he deseado cenar con vosotros» (1)[1], que era la postrera cena de su vida. Adonde se ve cuán cansado debía ya estar de vivir. Y ahora no se cansarán los que han cien años, sino siempre con deseo de vivir más. A la verdad, no la pasamos tan mal ni con tantos trabajos como Su Majestad la pasó, ni tan pobremente. ¿Qué fue toda su vida sino una continua muerte, siempre trayendo la que le habían de dar tan cruel delante de los ojos? Y esto era lo menos; mas ¡tantas ofensas como se hacían a su Padre y tanta multitud de almas como se perdían! Pues si acá una que tenga caridad le es esto gran tormento, ¿qué sería en la caridad sin tasa ni medida de este Señor? Y ¡qué gran razón tenía de suplicar al Padre que le librase ya de tantos males y trabajos y le pusiese en descanso para siempre en su reino, pues era verdadero heredero de él!
(sigue aquí --- en "Más información"... )

         2. «Amén» (2)[2]. Que el amén entiendo yo que pues con él se acaban todas las cosas, que así pide el Señor seamos librados de todo mal para siempre (3)[3]. Y así lo suplico yo al Señor me libre de todo mal para siempre, pues no me desquito de lo que debo, sino que puede ser por ventura cada día me adeudo más. Y lo que no se puede sufrir, Señor, es no poder saber cierto que os amo, ni si son aceptos mis deseos delante de Vos. ¡Oh Señor y Dios mío, libradme ya de todo mal, y sed servido de llevarme adonde están todos los bienes! ¿Qué esperan ya aquí a los que Vos habéis dado algún conocimiento de lo que es el mundo y los que tienen viva fe de lo que el Padre eterno les tiene guardado?

         3. El pedir esto con deseo grande y toda determinación es un gran efecto para los contemplativos de que las mercedes que en la oración reciben son de Dios. Así que los que lo fueren, ténganlo en mucho (4)[4]. El pedirlo yo no es por esta vía; digo que no se tome por esta vía, sino que, como he tan mal vivido, temo ya de más vivir, y cánsanme tantos trabajos. Los que participan de los regalos de Dios, no es mucho deseen estar adonde no los gocen a sorbos y que no quieran estar en vida que tantos embarazos hay para gozar de tanto bien y que deseen estar adonde no se les ponga el sol de justicia (5)[5]. Haráseles todo oscuro cuanto después acá ven, y de cómo viven me espanto. No debe ser con contento quien ha comenzado a gozar y le han dado ya acá su reino y no ha de vivir por su voluntad, sino por la del rey.

         4. ¡Oh, cuán otra vida debe ser ésta para no desear la muerte! ¡Cuán diferentemente se inclina nuestra voluntad a lo que es la voluntad de Dios! Ella quiere queramos la verdad, nosotros queremos la mentira; quiere que queramos lo eterno, acá nos inclinamos a lo que se acaba; quiere queramos cosas grandes y subidas, acá queremos bajas y de tierra; querría quisiésemos sólo lo seguro, acá amamos lo dudoso: que es burla, hijas mías, sino suplicar a Dios nos libre de estos peligros para siempre y nos saque ya de todo mal. Y aunque no sea nuestro deseo con perfección, esforcémonos a pedir la petición. ¿Qué nos cuesta pedir mucho, pues pedimos a poderoso? (6)[6]. Mas, por que más acertemos, dejemos a su voluntad el dar, pues ya le tenemos dada la nuestra. Y sea para siempre santificado su nombre en los cielos y en la tierra, y en mí sea siempre hecha su voluntad. Amén (7)[7].

         5. Ahora mirad, hermanas, cómo el Señor me ha quitado de trabajo enseñando a vosotras y a mí el camino que comencé a deciros, dándome a entender lo mucho que pedimos cuando decimos esta oración evangelical. Sea bendito por siempre, que es cierto que jamás vino a mi pensamiento que había tan grandes secretos en ella, que ya habéis visto encierra en sí todo el camino espiritual, desde el principio hasta engolfar Dios el alma y darla abundosamente a beber de la fuente de agua viva que dije estaba al fin del camino (8)[8]. Parece nos ha querido el Señor dar a entender, hermanas, la gran consolación que está aquí encerrada, y es gran provecho para las personas que no saben leer. Si lo entendiesen, por esta oración podían sacar mucha doctrina y consolarse en ella.

         6. Pues deprendamos, hermanas, de la humildad con que nos enseña este nuestro buen Maestro, y suplicadle me perdone, que me he atrevido a hablar en cosas tan altas. Bien sabe Su Majestad que mi entendimiento no es capaz para ello, si Él no me enseñara lo que he dicho. Agradecédselo vosotras, hermanas, que debe haberlo hecho por la humildad con que me lo pedisteis y quisisteis ser enseñadas de cosa tan miserable.

         7. Si el Padre Presentado Fray Domingo Báñez (9)[9], que es mi confesor, a quien le daré antes que le veáis, viere es para vuestro aprovechamiento y os le diere, consolarme he que os consoléis. Si no estuviere para que nadie lo vea, tomaréis mi voluntad, que con la obra he obedecido a lo que me mandasteis; que yo me doy por bien pagada del trabajo que he tenido en escribir, que no por cierto en pensar lo que he dicho.

         Bendito sea y alabado el Señor, de donde nos viene todo el bien que hablamos y pensamos y hacemos. Amén (10)[10].

COMENTARIO AL CAPÍTULO 42

Últimas consignas para la postrera jornada del camino


         El último capítulo del Camino es un eco prolongado de la oración de la Autora. A su pluma afloran los sentimientos que la embargan cuando reza las últimas palabras del Padrenuestro.

         Cuando Jesús enseñó a sus discípulos esa oración, las peticiones del Padrenuestro culminaron en la súplica frente al mal, a los males de la vida y al Maligno.

         En la recitación cristiana, dentro y fuera de la liturgia, a esa súplica final se le añade a modo de "embolismo" conclusivo el "Amén".

         Amén es "sí". En el Evangelio, Jesús utiliza el amén como refrendo absoluto de sus palabras, que son verdad y promesa segura. En la primera comunidad cristiana, el amén conservó ese carácter de ratificación absoluta: especie de seguro-garantía de la oración dirigida al Padre. Y pasó a identificarse con Jesús mismo, el cual es nuestro amén, nuestro sí a Dios, garantía y testigo fiel, verdad nuestra ante Dios (Ap 3, 14).

         Esas dos palabras -líbranos y amén- van a poner el sello final a la lección teresiana del Camino. Decirle a Dios "líbranos del mal", y resumir toda la oración dominical, incluso toda oración cristiana, en la palabra "Amén", va a ser el eslabón final de la pedagogía de la oración impartida a lo largo del Camino de Perfección.


Jesús ora primero: "Líbranos del mal"

         Fiel a su esquema interpretativo del Padrenuestro, a la Santa le interesa elevarse a los sentimientos mismos que pueblan el alma de Jesús cuando ora esa petición conclusiva. La ora con nosotros: "¡Líbranos!". Pero comienza Él.

         No es fácil evitar un breve estremecimiento, cuando el orante o el exegeta intentan asomarse al alma de Jesús y sorprenderlo pidiendo al Padre que lo libre del mal. ¿Librarlo a Él? ¿De qué mal o de qué males? ¿Del Maligno? ¿Es que Jesús compartió con nosotros esa amarga bebida del mal, de lo malo, de la maldad de los hombres, de la sombra de Satanás en la siembra del odio, de miseria moral humana? ¿Hasta qué punto llegó su comunión con nosotros en ese misterio del mal que es el pecado?

         Extrañamente, el primer recuerdo que viene a la pluma de la Santa ante las preguntas que suscita esa petición, es la palabra con que Jesús inicia su larga despedida en el cenáculo: "Con deseo he deseado cenar con vosotros" (Lc 22, 15). Ella subraya: "Era la postrera cena de su vida". Y glosa la palabra de Jesús: "Cuán cansado estaba de esta vida", "cuán cansado debía estar ya de vivir". Es esa la razón por la cual Jesús pide "para sí" que el Padre lo libre del mal...

         Dos afirmaciones de la Santa que escandalizan al teólogo censor de su manuscrito. Le corrige la afirmación de que Jesús pidiese eso "para sí". Y le tacha por dos veces lo de "cuán cansado". Probablemente el teólogo censor se olvidaba del otro pasaje simbólico del evangelio de Juan, que presenta Jesús "cansado del camino, sentado en el brocal del pozo" (Jn 4, 6). Ante la palabra "cansado" en este último pasaje, san Agustín había reaccionado de otra manera: "¿Jesús cansado? - ¡Ya empiezan los misterios!".

         Como san Agustín, también la Santa otea desde esa palabra la vida de Jesús: "¿Qué fue toda su vida sino una continua muerte?". Con horizonte dilatado: Él no sólo tenía presente la muerte que le habían de dar: "Esto era lo menos. Mas ¡tantas ofensas como se hacían a su Padre y tanta multitud de almas como se perdían!". Es esa doble dimensión del mal de los hombres, convergente en el misterio de la muerte de Jesús, lo que entra en su oración y desata los sentimientos orantes del Señor.

         Pero por encima de todo ello -vida y muerte, cansancio y pecados-, la petición de Jesús tiene como única fuerza motriz el amor: "Si acá a una (a una orante) que tenga un poco de caridad (Teresa misma), le es esto gran tormento, ¿qué sería en la caridad sin tasa ni medida de este Señor?".

         De ahí que su oración no derive hacia la execración de los males, sino hacia el amor y el deseo: "Qué gran razón tenía de suplicar al Padre que le librase ya de tantos males y trabajos, y le pusiese en descanso para siempre en su reino, pues era verdadero heredero de él" (n. 1).

         Así Jesús, desde el cansancio de la vida y desde la visión de la muerte y los males humanos, al decir al Padre "líbranos" está dando paso al deseo y al amor: al deseo de los bienes eternos, y al amor con que los pide para nosotros. Es esto último lo que refrenda el "amén", que Teresa pone también en la boca de Jesús (n. 2).


También Teresa ora: "Líbranos del mal"

         Como en otras peticiones del Padrenuestro, también aquí la glosa de la Santa tiene camino obligado: pasar de los sentimientos de Jesús a los nuestros. Pero ante el mal, y al hablar de él al Padre, ¿pueden brotar en nosotros los mismos sentimientos de Jesús?

         Con un toque de fina pedagogía, la Santa no va a leerle la cartilla al aprendiz de oración y dictarle desde fuera una gavilla de sentimientos que calquen los de Jesús. Prefiere un gesto más auténtico: presentar con toda espontaneidad los suyos, los que en ella despierta el pensamiento del mal, la realidad del mal que está ahí, en su vida y en el vasto panorama de la historia de los hombres, tal como ella lo ve en sintonía con la mirada y la palabra de Jesús. Así en esta página el lector va a encontrarse con un jirón de vida. Especie de corte transversal del alma de la Autora. Todo un test: cuál es la reacción de ella frente al mal, qué tipo de sentimientos se le agolpan en la pluma o en el alma al tener que hablarle al Padre, con Cristo, de los males de los hombres y de los de ella misma.

         No será fácil trasladar aquí el calor y la vibración de esa página de Teresa. Pero sí espigar en ella. Y recorrer sencillamente los sentimientos que va desgranando ante el lector. Helos aquí, simplemente enumerados:

         - Ante todo, una espontánea identificación con la oración y los sentimientos de Jesús, comenzando por la petición radical: que el Señor la libre de todo mal. Y le permita, como a Jesús, dar rienda al deseo del bien absoluto: el regreso al Padre. Pero de suerte que sea este último el que prevalezca, también como en el caso de Jesús al comenzar la despedida de la cena. De hecho, el brote de ese deseo será la flor y el fruto de la oración verdadera: "El pedir esto con deseo grande y toda determinación es un gran efecto para los contemplativos de que las mercedes que en la oración reciben son de Dios" (n. 3).

         - También en ella, como en Jesús, aflora la sombra del cansancio: "cansancio de la vida". Sólo que el suyo no es como el de Jesús, "cansado del camino", sino por lo mal que ha caminado: "Como he tan mal vivido...".

         - Por eso su cansancio se enturbia de cosas que no están presentes en el alma o en la oración de Jesús: primero, la sombra del temor: "Temo ya de más vivir". Y sobre todo, el aguijón de la incertidumbre: "Lo que no se puede sufrir, Señor, es no poder saber cierto que os amo, ni si son aceptos mis deseos delante de vos" (n. 2). Todo ello en fuerte contraste con Jesús, que sabe que el Padre siempre lo oye, y que lo ama desde antes de la constitución del mundo (Jn 17, 24), y que Él hace siempre la voluntad del Padre.

         - A pesar de esa acuciante incertidumbre, Teresa se cuenta entre las personas que tienen experiencia y "conocimiento" de lo que es el mundo, y han recibido anticipos de los "regalos de Dios", experiencias presagiosas de lo que el Padre les tiene preparado. Y de esa experiencia le brota ahora el incontenible deseo de estar en vida donde ya "no se gocen a sorbos"...

         - Pero todos esos deseos de lo mejor no diluyen ni desdibujan el espectro del mal presente. Rebrota la necesidad de presentarlo al Señor. Sin pesimismo, pero en su cruda realidad. Teresa le dice al Señor que los males de esta vida residen en dos cosas: Primera, que la vida está llena de "tantos embarazos, que impiden gozar de tanto bien": "Todo resulta oscuro, cuanto acá ve", entreverado de sombras y luces. Y la segunda, esa secreta tensión entre Dios y nosotros: claro contraste en el plano de los deseos, entre los que Dios tiene para nosotros y lo que nosotros contradeseamos para nosotros mismos: Él "quiere queramos la verdad, nosotros queremos la mentira; quiere que queramos lo eterno, acá nos inclinamos a lo que se acaba; quiere queramos cosas grandes y subidas, acá queremos bajas y de tierra; querría quisiésemos sólo lo seguro, acá amamos lo dudoso..." (n. 4).

         - De ahí sus sentimientos finales: que Él no consienta seamos burlados por las trampas de la vida. Que nos esforcemos a pedir a boca llena, "pues pedimos a poderoso". Que, por fin, nos abandonemos a su voluntad...


Clamar. Pedirlo a voces...

         Y sin embargo, todo ese flujo de sentimientos, pese a su frescor y autenticidad, ha tenido un freno de contención, que se le ha impuesto desde fuera.

         En el borrador, su glosa primera e incontrolada de esa palabra del Padrenuestro tenía otra vibración. Era un grito. La Santa había renunciado más expresamente a toda intención de dictar pautas a los sentimientos de los lectores, para, en cambio, dar rienda suelta a los suyos propios. En voz alta y sobre el papel: "Vosotras, hijas, pedid como os pareciere. Yo no hallo remedio viviendo, y así pido al Señor que me libre de todo mal para siempre". Y a continuación toda la glosa se había convertido en una clamor así, tan fuerte que el teólogo revisor del libro no le dio el pase. Y la Santa hubo de arrancar íntegramente esas dos páginas, para trocar su clamor en la serie de sentimientos que acabamos de leer...

         No nos queda huella alguna del tenor que esa oración tuvo en la redacción definitiva del Camino. Pero aún podemos leerla en el primitivo borrador del libro. Hela aquí:

         "Vosotras, hijas, pedid como os pareciere; yo no hallo remedio viviendo, y así pido al Señor que me libre de todo mal para siempre. ¿Qué bien hallamos en esta vida, hermanas, pues carecemos de tanto bien y estamos ausentes de él? - Libradme, Señor, de esta sombra de muerte, libradme de tantos trabajos, libradme de tantos dolores, libradme de tantas mudanzas, de tantos cumplimientos como forzado hemos de tener los que vivimos, de tantas, tantas, tantas cosas que me cansan y fatigan, que cansaría a quien esto leyese si las dijese todas. No hay ya quien sufra vivir. Debe de venirme este cansancio de haber tan mal vivido, y de ver que aun lo que vivo ahora no es como he de vivir, pues tanto debo".


El epílogo del Camino

         El libro de la Vida, escrito poco antes que éste del Camino, terminaba con una carta dirigida al destinatario de aquel escrito, el P. García de Toledo. Era lo que nuestros clásicos llamaban "carta de envío", que a veces no pasaba de mero formulismo o de puro recurso literario. En el caso teresiano de Vida era una carta de verdad (aún hoy presente en el Epistolario de la Santa) con las últimas consignas impartidas al lector.

         Algo parecido ocurre ahora con la última página del Camino. No tiene forma literaria de carta. Es un epílogo en diálogo con las lectoras. Y contiene las últimas consignas.

         A nosotros, lectores de la obra a distancia de cuatro siglos, nos interesa prestarles atención. Son tres consignas:

         La primera (n. 5) es una invitación a volver la mirada sobre la oración del Padrenuestro, especie de pausa retrospectiva en la que quedan implicados el maestro que enseñó la oración, Teresa que la ha glosado, y nosotros los lectores. Ya en el capítulo 37 del libro había dicho el elogio de la oración dominical. Ahora lo reafirma: "Parece nos ha querido el Señor dar a entender, hermanas, la gran consolación que está aquí encerrada (en el Padrenuestro)... Si lo entendiesen, por esta oración podrían sacar mucha doctrina y consolarse con ella".

         En segundo lugar, comparece ella, la Autora, con una palabra de despedida y una declaración de intenciones, cargada de humildad y cercanía pedagógica. El libro ha nacido del gesto de humildad con que las hermanas lo solicitaron. Escribiéndolo, Teresa se siente puro instrumento de Dios. Está convencida de que su magisterio personal no es tal: es el Señor el verdadero maestro de oración a lo largo del libro. "Agradecédselo vosotras, hermanas...".

         Y por fin la entrega del manuscrito. Las jóvenes carmelitas de San losé no serán las primeras lectoras. Antes ha de verlo un teólogo, que revise y autorice su lectura. No se trata de un formalismo. Aparte las exigencias inquisitoriales de aquel entonces, es ella quien desea que su escrito se mida por el parámetro de la teología.

         Y para ello ha fijado la mirada en un teólogo de primera línea, el dominico Domingo Báñez, joven todavía (en torno a los 38 años), pero que pronto ocupará las más encumbradas cátedras de la universidad de Salamanca. A él la decisión. Si lo escrito por ella "fuere mal acertado, él lo remediará o lo quemará", como ya anticipó ella misma en la primera página del libro (pról. n. 1). Esa posible sentencia negativa no le quitará a ella la satisfacción de haberlo escrito para las hermanas.

         Y el epílogo termina con una límpida doxología: "Bendito sea y alabado el Señor, de donde nos viene todo el bien que hablamos y pensamos y hacemos. Amén".


Preguntas finales al primer lector

         No fue afortunada la Madre Teresa en ese proyecto final de empalme con el gran teólogo dominico. No sabemos por qué, pero lo cierto es que él no llegó a revisar el manuscrito del Camino. Así lo atestigua él mismo al ser preguntado por los jueces del proceso de canonización de la Santa, en el tribunal de Salamanca (1591).

         Pero como la decisión teresiana de un refrendo teológico era firme, el manuscrito pasó a manos de otros teólogos asesores o censores, buenos amigos de la Autora, pero poco benévolos con su libro. Uno de ellos se ensañó precisamente con este capítulo final. E impuso a la Santa y a la obra una serie de correcciones y cercenes.

         A ese teólogo anónimo quisiéramos preguntarle el porqué. Por qué esa serie de manipulaciones, retractaciones y cercenes.

         Recordemos algo de lo ocurrido en páginas anteriores, entre la primera y la segunda edición del Camino. Sin descender a detalles. Nos interesan sólo los criterios con que él y los otros censores leyeron y criticaron lo escrito por la madre Teresa.

         Sabemos que desde el comienzo les molestó la libertad con que ella hizo su "apología de las mujeres en la Iglesia" (cap. 3), y se la borraron.

         Les asombró su osadía en polemizar con los inquisidores, porque prohibían libros de oración, y con ciertos teólogos por sus recelos contra los contemplativos y los "espirituales".

         No les agradó que la Madre Teresa, «mujer y sin letras», se atreviese a glosar algún salmo o a comentar otros textos bíblicos.

         A fuer de teólogos quisquillosos, hijos de su tiempo, les preocupó que hablase más de una vez de sus certezas en la experiencia de la gracia o de lo sobrenatural, terreno minado desde las decisiones de Trento contra los luteranos.

         No vieron con buenos ojos que ella hiciese alusiones a la política bélico-religiosa de Felipe II, o al tratamiento que se daba a sus pobres soldados (que "andan los tristes muriendo, y después sabe Dios cómo se les paga").

         En un plano inferior, desde el punto de vista redaccional, en el estilo de la Madre Teresa hay dos cosas que les desagradan: el tipo de comparaciones a que recurre: el juego de ajedrez, el caminante que se jarreta las piernas y da en un hoyo, la osadía de comparar a ciertos teólogos con el torero que arriesga la vida entre las astas del toro, el Niño Jesús presentado en el templo como un romerito...; o en este mismo capítulo final, la imagen del pobre mendigo, que puesto a pedir a un emperador, le solicita un maravedí... Y la otra cosa que les desagrada son sus confidencias íntimas..., decir por ejemplo a las lectoras que les hablará desde la experiencia que en la oración le ha dado el Señor (Prólogo), o que la comparación del niño que aún mama cuando está a los pechos de su madre, "se la puso el Señor estando en la oración..." (31, 9).

         Pues bien, algo de todo eso ha motivado la total reelaboración a que la Santa hubo de someter el capítulo final del Camino:

         - A los teólogos censores no les pareció bien que presentara a Jesús "cansado de esta vida" (n. 1).

         - O que Jesús tuviese que pedir al Padre "para sí" el "líbranos del mal" (n. 1).

         - No sabemos por qué razón indujeron a Teresa a arrancar del autógrafo las dos páginas en que ella clamaba a Dios que la librase ya de esta vida... A ella, que tantas veces había deseado con san Pablo liberarse de la tienda corporal para estar con Cristo...

         - Obviamente, tampoco debió gustar al teólogo censor que la Santa aludiese irónicamente, por última vez, a los inquisidores "que quitan libros" o a los teólogos que dicen "no es bien otra oración sino la vocal". Cierto que a ella se le había ido la mano en el borrador hasta tildarlos de "falsos profetas". Los censores no se lo tachan en el borrador, pero hubo de suprimirlo en el texto definitivo.

         - Ahí mismo, en el borrador del epílogo, Teresa había confesado que su intención primera había sido glosar no sólo el Padrenuestro, sino también el Avemaría. Declaración de intenciones que no pasó del borrador al texto definitivo. ¿Es que tampoco cuadraba con los criterios de los teólogos asesores, o fue ella quien optó por la supresión? No lo sabemos.

         - Por fin, tampoco sabemos cuál de los teólogos influiría en el último descarte importante. En el borrador, la "carta de envío" terminaba empalmando la lección del Camino con la Vida. La Santa invitaba a las lectoras a pasar normalmente de un libro al otro. La pedagogía del Camino conduciría a las lectoras hasta la fuente del agua viva; las páginas de Vida les abrirán nuevos horizontes, les dirán "cómo se han de haber (conducir, una vez) llegadas a esta fuente de agua viva, y qué siente allá el alma, y cómo la harta Dios, y le quita la sed de las cosas de acá, y la hace que crezca en las cosas del servicio de Dios...". La última consigna era precisa: ese libro (el autógrafo de Vida) lo tiene el Padre Báñez: "¡Procuradlo!".

         Nada de todo eso pasó del borrador al libro definitivo. ¿Por qué?

         De nuevo se interpuso la barrera de los teólogos. Precisamente el P. Báñez opinaba categóricamente que las páginas de Vida eran demasiado fuertes para las lectoras de San José. Ya antes otro gran entendido, el Maestro san Juan de Ávila había opinado que el libro de la Vida no estaba para todos. Báñez iría más lejos: cuando se entera de que el manuscrito de Vida ha pasado a otras manos, amenaza a la Santa con arrojarlo al fuego.

         En ese clima de reservas teológicas contra la lección mística del libro de la Vida, Teresa hubo de plegarse y renunciar a proponer a las lectoras el díptico que contenía su mensaje doctrinal completo: de la pedagogía del Camino, pasar a la experiencia mística testificada en su historia personal.

         Respetamos esa decisión. Pero nos agrada más la primera intención de la Autora. Por eso, desde esta última página del Camino nos apartamos de los teólogos censores, e invitamos a los lectores a iniciar la gran aventura de Vida, adentrándose en la lectura y la experiencia profunda y contagiosa de la Santa. Sí, tras haber leído el Camino, gustar la lección fuerte de Vida.


[1] Lc 22, 15. - Uno de los censores del autógrafo fue limando teológicamente los conceptos teresianos de este pasaje: ... tiene razón «en alguna manera» de pedir esto para Sí. - Tachó: cuán cansado, y escribió: «gana de despedirse de esta vida». Tachó de nuevo cuán cansado debía ya estar, y escribió «poca gana debía ya tener». - A causa, quizá, de estas censuras, la Santa corrigió a fondo este pasaje en el ms. toledano: tachó el primer período y escribió: «Como sabe nuestro buen Maestro los peligros y trabajos de esta vida, pide esta petición para nosotros, y aun había probado por experiencia cuán penosa es». - Borró asimismo «cansado debía estar de vivir» y escribió: Cuán «sabrosa le era la muerte».
[2] «Amén»: escrito al margen, probablemente por mano extraña.
[3] Aquí la propia Santa arrancó una hoja entera de su autógrafo, limitándose a retocar las frases siguientes para llenar la laguna. El texto suprimido dice así en la 1ª redacción:
            «Excusado es, hermanas, pensar que mientras vivimos podemos estar libres de muchas tentaciones e imperfecciones y aun pecados, pues se dice que quien pensare está sin pecado se engaña [1Jn 1, 10] y es así. Pues si echamos a males del cuerpo y trabajos, ¿quién está sin muy muchos de muchas maneras? Ni es bien pidamos estarlo.
            Pues entendamos qué pedimos aquí, pues este decir de todo mal parece imposible: o de cuerpo -como he dicho-, o de imperfecciones y faltas en el servicio de Dios. De los santos no digo nada: todo lo podrán en Cristo, como decía san Pablo [Fp 4, 13]. Mas los pecadores como yo, que me veo rodeada de flojedad y tibieza y poca mortificación y otras muchas cosas, veo que me cumple pedir al Señor remedio. - Vosotras, hijas, pedid como os pareciere; yo no le hallo viviendo, y así le pido al Señor que me libre de todo mal para siempre. ¿Qué bien hallamos en esta vida, hermanas, pues carecemos de tanto bien, y estamos ausentes de él?
Libradme, Señor, de esta sombra de muerte, libradme de tantos trabajos, libradme de tantos dolores, libradme de tantas mudanzas, de tantos cumplimientos como forzado hemos de tener los que vivimos, de tantas, tantas, tantas cosas que me cansan y fatigan, que cansaría a quien esto leyese si las dijese todas. No hay ya quien sufra vivir. Debe de venirme este cansancio de haber tan mal vivido, y de ver que aun lo que vivo ahora no es como he de vivir, pues tanto debo».
[4] La Santa completó así el pensamiento en el ms. de Toledo: ... son de Dios, «no siendo por huir los trabajos, sino sólo por gozar de Él: a quien nuestro Señor los diere» ténganlo en mucho.
[5] Alusión al texto litúrgico tomado de Ml 4, 2. - Todo el presente pasaje fue profundamente reelaborado por la Autora. En la 1ª redacción concluía: «¡Bonico es el mundo para gustar de él quien ha comenzado a gozar de Dios y le han dado ya acá su reino y no ha de vivir por su voluntad, sino por la del rey!». - La revisión del n. siguiente se debió a escrúpulos teológicos: «¡Cuán diferentemente se inclina la voluntad de Dios a la nuestra! Ella desea la verdad, la nuestra la mentira; desea lo eterno, acá lo que se acaba; desea cosas grandes y subidas, acá bajas y de tierra; desea todo lo seguro, acá todo lo dudoso».
[6] «Vergüenza sería pedir a un emperador un maravedí», añadía la 1ª redacción.
[7] La 1ª redacción proseguía: «Veis aquí, amigas, cómo es el rezar vocalmente con perfección: mirando y entendiendo a quién se pide y quién pide y qué es lo que se pide. - Cuando os dijeren no es bien tengáis otra oración sino vocal, no os desconsoléis: leed esto muy bien, y lo que no entendiereis de oración, suplicad a Dios os lo dé a entender. Que rezar vocalmente no os lo puede quitar nadie; ni no rezar el Paternóster de corrida y sin entenderos tampoco. - Si os lo quitaren alguna persona u os lo aconsejare, no le creáis; creed que es falso profeta, y mirad que en estos tiempos no habéis de creer a todos; que, aunque de los que ahora os pueden aconsejar no hay que temer, no sabemos lo que está por venir.
También pensé deciros algo de cómo habéis de rezar el Avemaría; mas heme alargado tanto, que se quedará. Y basta haber entendido cómo se rezará bien el Paternóster para todas las oraciones vocales que hubiereis de rezar».
[8] Alude al c. 19. - La 1ª redacción contenía en este lugar una interesante declaración personal de la Santa, seguida de una alusión velada a los decretos inquisitoriales que prohibieron los libros en romance: «... la fuente de agua viva de que hablamos. Y así es que, salida de ella -digo de esta oración del Paternóster-, no sé ya más ir adelante. - Parece ha querido el Señor entendamos, hermanas, la gran consolación que aquí está encerrada y que, cuando os quitaren libros, no nos pueden quitar este libro, que es dicho por la boca de la misma Verdad, que no puede errar. Y pues tantas veces, como he dicho, decimos al día el Paternóster, regalémonos con él, y procuremos aprender de tan excelente Maestro la humildad con que ora y todas las demás partes que quedan dichas».
Añade en seguida un texto alusivo al libro de la Vida, suprimido íntegramente en la 2ª redacción: «Pues, hermanas, ya parece no quiere [el Señor] diga más, porque no sé qué, aunque pensé ir adelante; pues el Señor os ha enseñado el camino y a mí que en el libro pusiese -que he dicho está escrito [libro de la Vida]- cómo se han de haber llegadas a esta fuente de agua viva, y qué siente allá el alma, y cómo la harta Dios y la quita la sed de las cosas de acá y la hace que crezca en las cosas del servicio de Dios, que para las que hubieren llegado a ella será de gran provecho y les dará mucha luz; procuradle, que el Padre fray Domingo Báñez, presentado de la Orden de santo Domingo (que, como he dicho, es mi confesor, y es a quien daré éste), le tiene. Si éste va para que le veáis y os le da, también os dará el otro».
[9] Un censor -quizás el P. García de Toledo- tachó «Presentado fray Domingo Báñez». Otro tanto había hecho en el prólogo del libro (véase la nota al prólogo, n. 1). - En cambio, la Santa, siempre bien informada de los títulos profesorales de su gran teólogo, al preparar el texto para la estampa en el ms. toledano, tachó la palabra «Presentado» y escribió «Maestro»; y a continuación del nombre completó el título añadiendo: «De la Orden de Santo Domingo».
[10] He aquí dos variantes que matizan esta conclusión en la redacción primera: «... no por cierto en pensar lo que había de decir en lo que el Señor me había dado a entender de los secretos de esta oración evangelical, que me ha sido gran consuelo. - Sea bendito y alabado sin fin. Amén Jesús». - En el ms. toledano, la Santa duplicó de su propia letra: «Amén, amén».

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Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)