16.10.10

Comentario Libro de la Vida, capítulo 29


COMENTARIOS AL LIBRO DE LA VIDA
Capítulo 29: 



 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.





 CAPÍTULO 29


            [Sigue desarrollando la doble línea temática de los capítulos anteriores: gracias místicas en crescendo; y preocupación doctrinal por ofrecer criterios de discernimiento. ‑ Entre las "mercedes grandes" que anuncia el epígrafe, destacan dos: los "ímpetus" de deseo; y las "heridas de amor". ‑ El hecho de los "grandes ímpetus" lo testificará por esos años (1560...) en las Relaciones 1, 3‑4; 3, 5‑7; y más tarde en la Rel. 5 (año 1571) y Rel. 6, 13‑17 (año 1576). ‑ Lo desarrollará por extenso en las Moradas VI, cc. 2 y 11].

            Prosigue en lo comenzado y dice algunas mercedes grandes que la hizo el Señor y las cosas que Su Majestad la decía para asegurarla y para que respondiese a los que la contradecían.


(sigue aquí --- en "Más información"... )



            1. Mucho he salido del propósito, porque trataba de decir las causas que hay para ver que no es imaginación [1](1); porque )cómo podríamos representar con estudio la Humanidad de Cristo y ordenando con la imaginación su gran hermosura? Y no era menester poco tiempo, si en algo se había de parecer a ella. Bien la puede representar delante de su imaginación y estarla mirando algún espacio, y las figuras que tiene y la blancura, y poco a poco irla más perfeccionando y encomendando a la memoria aquella imagen. Esto )quién se lo quita, pues con el entendimiento la pudo fabricar?

            En lo que tratamos [2](2), ningún remedio hay de esto, sino que la hemos de mirar cuando el Señor lo quiere representar y como quiere y lo que quiere. Y no hay quitar ni poner, ni modo para ello aunque más hagamos, ni para verlo cuando queremos, ni para dejarlo de ver; en queriendo mirar alguna cosa particular, luego se pierde Cristo [3](3).

            2. Dos años y medio me duró que muy ordinario me hacía Dios esta merced. Habrá más de tres que tan continuo me la quitó de este modo, con otra cosa más subida -como quizá diré después- [4](4); y con ver que me estaba hablando y yo mirando aquella gran hermosura y la suavidad con que habla aquellas palabras por aquella hermosísima y divina boca, y otras veces con rigor, y desear yo en extremo entender el color de sus ojos o del tamaño que era, para que lo supiese decir, jamás lo he merecido ver, ni me basta procurarlo, antes se me pierde la visión del todo. Bien que algunas veces veo mirarme con piedad; mas tiene tanta fuerza esta vista, que el alma no la puede sufrir, y queda en tan subido arrobamiento que, para más gozarlo todo, pierde esta hermosa vista. Así que aquí no hay que querer y no querer [5](5). Claro se ve quiere el Señor que no haya sino humildad y confusión, y tomar lo que nos dieren y alabar a quien lo da.

            3. Esto es en todas las visiones, sin quedar ninguna, que ninguna cosa se puede, ni para ver menos ni más hace ni deshace nuestra diligencia. Quiere el Señor que veamos muy claro no es ésta obra nuestra, sino de Su Majestad; porque muy menos podemos tener soberbia, antes nos hace estar muy humildes y temerosos, viendo que, como el Señor nos quita el poder para ver lo que queremos, nos puede quitar estas mercedes y la gracia, y quedar perdidos del todo; y que siempre andemos con miedo, mientras en este destierro vivimos.

            4. Casi siempre se me representaba el Señor así resucitado, y en la Hostia lo mismo, si no eran algunas veces para esforzarme, si estaba en tribulación, que me mostraba las llagas; algunas veces en la cruz y en el Huerto; y con la corona de espinas, pocas; y llevando la cruz también algunas veces, para -como digo- necesidades mías y de otras personas, mas siempre la carne glorificada.

            Hartas afrentas y trabajos he pasado en decirlo, y hartos temores y hartas persecuciones. Tan cierto les parecía que tenía demonio, que me querían conjurar [6](6) algunas personas. De esto poco se me daba a mí: más sentía cuando veía yo que temían los confesores de confesarme, o cuando sabía les decían algo. Con todo, jamás me podía pesar de haber visto estas visiones celestiales, y por todos los bienes y deleites del mundo sola una vez no lo trocara. Siempre lo tenía por gran merced del Señor, y me parece un grandísimo tesoro, y el mismo Señor me aseguraba muchas veces. Yo me veía crecer en amarle muy mucho; íbame a quejar a Él de todos estos trabajos; siempre salía consolada de la oración y con nuevas fuerzas. A ellos [7](7) no los osaba yo contradecir, porque veía era todo peor, que les parecía poca humildad. Con mi confesor trataba; él siempre me consolaba mucho, cuando me veía fatigada.

            5. Como las visiones fueron creciendo, uno de ellos que antes me ayudaba [8](8) (que era con quien me confesaba algunas veces que no podía el ministro) [9](9), comenzó a decir que claro era demonio. Mándanme que, ya que no había remedio de resistir, que siempre me santiguase cuando alguna visión viese, y diese higas, porque tuviese por cierto era demonio, y con esto no vendría; y que no hubiese miedo, que Dios me guardaría y me lo quitaría. A mí me era esto gran pena; porque, como yo no podía creer sino que era Dios, era cosa terrible para mí. Y tampoco podía -como he dicho- [10](10) desear se me quitase; mas, en fin, hacía cuanto me mandaban. Suplicaba mucho a Dios que me librase de ser engañada. Esto siempre lo hacía y con hartas lágrimas, y a San Pedro y a San Pablo, que me dijo el Señor, como fue la primera vez que me apareció en su día [11](11), que ellos me guardarían no fuese engañada; y así muchas veces los veía al lado izquierdo muy claramente, aunque no con visión imaginaria. Eran estos gloriosos Santos muy mis señores.

            6 Dábame este dar higas grandísima pena cuando veía esta visión del Señor; porque cuando yo le veía presente, si me hicieran pedazos no pudiera yo creer que era demonio, y así era un género de penitencia grande para mí. Y, por no andar tanto santiguándome, tomaba una cruz en la mano [12](12). Esto hacía casi siempre; las higas no tan continuo, porque sentía mucho. Acordábame de las injurias que le habían hecho los judíos [13](13), y suplicábale me perdonase, pues yo lo hacía por obedecer al que tenía en su lugar, y que no me culpase, pues eran los ministros que Él tenía puestos en su Iglesia. Decíame que no se me diese nada, que bien hacía en obedecer, mas que él haría que se entendiese la verdad. Cuando me quitaban la oración, me pareció se había enojado. Díjome que les dijese que ya aquello era tiranía. Dábame causas [14](14) para que entendiese que no era demonio. Alguna diré después [15](15).

            7. Una vez, teniendo yo la cruz en la mano, que la traía en un rosario, me la tomó con la suya [16](16), y cuando me la tornó a dar, era de cuatro piedras grandes muy más preciosas que diamantes, sin comparación, porque no la hay casi a lo que se ve sobrenatural. Diamante parece cosa contrahecha e imperfecta, de las piedras preciosas que se ven allá. Tenía las cinco llagas de muy linda hechura. Díjome que así la vería de aquí adelante, y así me acaecía, que no veía la madera de que era, sino estas piedras. Mas no lo veía nadie sino yo.

            En comenzando a mandarme hiciese estas pruebas y resistiese, era muy mayor el crecimiento de las mercedes. En queriéndome divertir, nunca salía de oración. Aun durmiendo me parecía estaba en ella. Porque aquí era crecer el amor y las lástimas que yo decía al Señor y el no lo poder sufrir; ni era en mi mano [17](17), aunque yo quería y más lo procuraba, de dejar de pensar en Él. Con todo, obedecía cuando podía, mas podía poco o nonada en esto, y el Señor nunca me lo quitó; mas, aunque me decía lo hiciese, asegurábame por otro cabo, y enseñábame lo que les había de decir, y así lo hace ahora, y dábame tan bastantes razones, que a mí me hacía toda seguridad.

            8. Desde a poco tiempo comenzó Su Majestad, como me lo tenía prometido [18](18), a señalar más que era Él, creciendo en mí un amor tan grande de Dios, que no sabía quién me le ponía, porque era muy sobrenatural, ni yo le procuraba. Veíame morir con deseo de ver a Dios, y no sabía adónde había de buscar esta vida, si no era con la muerte. Dábanme unos ímpetus grandes de este amor, que, aunque no eran tan insufrideros como los que ya otra vez he dicho [19](19) ni de tanto valor, yo no sabía qué me hacer; porque nada me satisfacía, ni cabía en mí, sino que verdaderamente me parecía se me arrancaba el alma. (Oh artificio soberano del Señor! (Qué industria tan delicada hacíais con vuestra esclava miserable! (Os escondíais de mí y me apretabais [20](20) con vuestro amor, con una muerte tan sabrosa que nunca el alma querría salir de ella!

            9. Quien no hubiere pasado estos ímpetus tan grandes, es imposible poderlo entender, que no es desasosiego del pecho, ni unas devociones que suelen dar muchas veces, que parece ahogan el espíritu, que no caben en sí. Esta es oración más baja, y hanse de evitar estos aceleramientos con procurar con suavidad recogerlos dentro en sí y acallar el alma; que es esto como unos niños que tienen un acelerado llorar, que parece van a ahogarse, y con darlos a beber, cesa aquel demasiado sentimiento. Así acá la razón ataje a encoger la rienda, porque podría ser ayudar el mismo natural; vuelva la consideración con temer no es todo perfecto, sino que puede ser mucha parte sensual [21](21), y acalle este niño con un regalo de amor que la haga mover a amar por vía suave y no a puñadas, como dicen. Que recojan este amor dentro, y no como olla que cuece demasiado, porque se pone la leña sin discreción y se vierte toda; sino que moderen la causa que tomaron para ese fuego y procuren matar la llama con lágrimas suaves y no penosas, que lo son las de estos sentimientos y hacen mucho daño. Yo las tuve algunas veces a los principios, y dejábanme perdida la cabeza y cansado el espíritu de suerte que otro día y más no estaba para tornar a la oración. Así que es menester gran discreción a los principios para que vaya todo con suavidad y se muestre el espíritu a obrar interiormente. Lo exterior se procure mucho evitar.

            10. Estotros ímpetus son diferentísimos. No ponemos nosotros la leña, sino que parece que, hecho ya el fuego, de presto nos echan dentro para que nos quememos. No procura el alma que duela esta llaga de la ausencia del Señor, sino hincan una saeta en lo más vivo de las entrañas y corazón, a las veces, que no sabe el alma qué ha ni qué quiere. Bien entiende que quiere a Dios, y que la saeta parece traía hierba [22](22) para aborrecerse a sí por amor de este Señor, y perdería de buena gana la vida por Él.

            No se puede encarecer ni decir el modo con que llaga Dios el alma, y la grandísima pena que da, que la hace no saber de sí; mas es esta pena tan sabrosa, que no hay deleite en la vida que más contento dé. Siempre querría el alma -como he dicho- [23](23) estar muriendo de este mal.

            11. Esta pena y gloria junta me traía desatinada, que no podía yo entender cómo podía ser aquello. (Oh, qué es ver un alma herida! Que digo que se entiende de manera que se puede decir herida por tan excelente causa; y ve claro que no movió ella por dónde le viniese este amor, sino que del muy grande que el Señor la tiene, parece cayó de presto aquella centella en ella que la hace toda arder. (Oh, cuántas veces me acuerdo, cuando así estoy, de aquel verso de David: Quemadmodum desiderat cervus ad fontes aquarum [24](24) que me parece lo veo al pie de la letra en mí!

            12. Cuando no da esto muy recio, parece se aplaca algo, al menos busca el alma algún remedio -porque no sabe qué hacer- con algunas penitencias, y no se sienten más ni hace más pena derramar sangre que si estuviese el cuerpo muerto. Busca modos y maneras para hacer algo que sienta por amor de Dios; mas es tan grande el primer dolor [25](25), que no sé yo qué tormento corporal le quitase. Como no está allí el remedio, son muy bajas estas medicinas para tan subido mal; alguna cosa se aplaca y pasa algo con esto, pidiendo a Dios la dé remedio para su mal, y ninguno ve sino la muerte, que con ésta piensa gozar del todo a su Bien. Otras veces da tan recio, que eso ni nada no se puede hacer, que corta todo el cuerpo. Ni pies ni brazos no puede menear; antes si está en pie se sienta, como una cosa trasportada que no puede ni aun resolgar; sólo da unos gemidos no grandes, porque no puede más; sonlo en el sentimiento.

            13. Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal [26](26), lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero [27](27). En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben (de) ser los que llaman querubines [28](28), que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos [29](29), y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a Su Bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento [30](30).

            14. Los días que duraba esto andaba como embobada. No quisiera ver ni hablar, sino abrazarme con mi pena, que para mí era mayor gloria que cuantas hay en todo lo criado.

            Esto tenía algunas veces [31](31), cuando quiso el Señor me viniesen estos arrobamientos tan grandes, que aun estando entre gentes no los podía resistir, sino que con harta pena mía se comenzaron a publicar. Después que los tengo, no siento esta pena tanto, sino la que dije en otra parte antes -no me acuerdo en qué capítulo- [32](32), que es muy diferente en hartas cosas y de mayor precio; antes en comenzando esta pena de que ahora hablo, parece arrebata el Señor el alma y la pone en éxtasis, y así no hay lugar de tener pena ni de padecer, porque viene luego el gozar.

            Sea bendito por siempre, que tantas mercedes hace a quien tan mal responde a tan grandes beneficios.

                COMENTARIO AL CAPÍTULO 29

       "Mercedes grandes que le hace el Señor"
 Grandes pruebas y aflicciones. La gracia del dardo


            Unos datos de cronología elemental sirven a la autora para fijar hitos en el relato de su vida mística. A saber:

            - Preceden "dos años y medio" de reiteradas visiones de Cristo: 1560-1562.

            - Siguen "más de tres años" de intensos ímpetus de deseos y de amor: 1561-64 (cf 33, 4).

            - En ese quinquenio acaece la gracia del dardo: un ángel le traspasa el corazón: hacia 1560... Reiteradas veces.

            - Al final del trienio, Teresa está escribiendo, en vivo, la presente página: 1565. Ha cumplido los 50 de edad.

            El relato empalma con el final del capítulo precedente. Sigue el tema de las visiones, y el de los opositores, que ahora agravan sus exigencias y colman la medida del sufrimiento en la Santa. La obligan a hacer muecas a las visiones (nn. 1-7).

            Una segunda fracción del capítulo señala el paso de las experiencias visivas a las afectivas: crecimiento desbordante de los deseos y del amor, "creciendo en mí un amor tan grande de Dios, que no sabía quién me le ponía" (nn. 7‑12).

            Por fin, el relato da paso a uno de los episodios más emocionantes de la vida mística de Teresa: la llamada gracia del dardo: "Esto tenía algunas veces cuando quiso el Señor que me viniesen estos arrobamientos tan grandes" (nn. 13-14).


El colmo de la oposición

            El cuadro bosquejado por la autora en el capítulo es una mezcla de luces y sombras rabiosamente contrastantes. En su interior, Teresa llena de luz. Densa de sombras por fuera. Han desaparecido de la escena los buenos catadores de espíritu -Prádanos, Borja, Alcántara- y quedan sólo los malos agoreros. A medida que crecen las "grandes mercedes" enunciadas en el epígrafe del capítulo, crecen los adversarios de esa suerte de gracias.

            Se turnan extrañamente los confesores. Y al menos uno de los que dan el relevo es drástico y categórico en juzgarla siniestramente. Los momentos más penosos los registra ella así: intentaron someterla a los conjuros de rito, como si fuera una posesa; le recomiendan santiguarse ante la interior imagen del Señor como si fuera el espíritu del mal, al que hay que ahuyentar con la cruz; la obligan a hacerle un vulgar gesto de desprecio, las higas; finalmente le prohíben hacer oración en soledad..., algo que raya en tiranía según le dice la voz interior.

            La reacción de ella es: "En fin, yo hacía cuanto me mandaban. - Obedecía cuanto podía". Sufre horrores al tener que materializar el gesto de las higas: Acordábame de las injurias que le habían hecho los judíos, y suplicábale me perdonase pues yo lo hacía por obedecer a quien tenía en su lugar.

            Pero lo que le resultaba totalmente en vano era lo de arrancar de su vida la oración, porque "en queriéndome divertir, nunca salía de oración; aun durmiendo me parecía estaba en ella. Porque aquí era crecer el amor y las lástimas que yo decía al Señor...".

            De todos modos, los señores de la oposición habían logrado hacerla pasar por lo absurdo y lo atroz, tener que mofarse del ser más querido, actuar contra sus sentimientos y convicciones más profundas, rebajarse a hacer vulgaridades. Lo que no habían logrado parar era la onda misteriosa que le inundaba el alma: a más pruebas y humillaciones -anota ella-, "era muy mayor el crecimiento de las mercedes".

            Cuando varios años más tarde Teresa envíe el manuscrito de su libro al gran maestro de entonces, san Juan de Ávila y éste lea esas páginas, reaccionará apenado ante la vulgaridad de las higas: "Cierto, a mí me hizo horror las que en este caso se dieron y me dieron mucha pena" (carta del Santo, del 12.9.1568).


El colmo de amor y deseos

            Inesperadamente, a medio capítulo, el relato cambia de tema y de tono. Del acoso exterior pasa a lo hondo del alma, con transición apenas perceptible. Como si el nuevo tema se impusiese por sí mismo, Teresa va a hablarnos de la crecida del amor y el ímpetu de los deseos. "Desde a poco tiempo comenzó Su Majestad a señalar más que era Él, creciendo en mí un amor tan grande de Dios, que no sabía quién me le ponía... Veíame morir con deseo de ver a Dios, y no sabía adónde había de buscar esta vida si no era con la muerte" (8).

            Así pues, Teresa pasa a hablar de amor a Dios y deseos de verlo. No en términos teóricos, ni idílicos, sino traumáticos: "Veíame morir".

            Había ocurrido que a partir del primer arrobamiento -como ella misma refirió en el capítulo 24- toda su afectividad cambió de signo y de rumbo. Y ahora, la presencia de Cristo en el ámbito de su experiencia mística se la ha unificado, concentrado y desbordado. No sabe ella quién le inyecta ese amor, "quién me le ponía". Es como si "de presto" la arrojaran en una hoguera ardiente, o como si le hincasen una saeta en lo más vivo de "las entrañas y corazón", o como si la saeta viniese misteriosamente envenenada ("la saeta parece traía hierba").

            Se permite la audacia de pensar que ese amor no es suyo, sino el de Dios en ella: "Ve claro que no movió ella por donde le viniese este amor, sino que del muy grande que el Señor le tiene, parece cayó de presto aquella centella en ella que la hace toda arder" (11). "Yo no sabía qué me hacer, porque nada me satisfacía ni cabía en mí, sino que verdaderamente me parecía se me arrancaba el alma" (8).

            Y el amor es un surtidor de deseos. De su natural, Teresa es intensa deseando: "De mi natural -dice ella- suelo cuando deseo una cosa ser impetuosa en desearla" (Rel 3, 4). Ahora sus deseos se le han crecido tanto, que los percibe como "ímpetus diferentísimos", tan agresivos y fuertes, que la ponen al borde de la muerte. Sin metáfora, "morir para ver".

            Cada vez que vuelva sobre el tema o intente codificar la escalada de su ascensión mística, reservará un puesto especial para definirlos o para catalogarlos: "Ímpetus llamo yo a un deseo que da al alma algunas veces..., una memoria que viene de presto de que está ausente de Dios... Es tan poderosa esta memoria y de tanta fuerza, que en un instante parece que desatina... Porque todo el mundo y sus cosas le dan pena y ninguna cosa criada le hace compañía, ni quiere el alma sino al Criador, y esto velo imposible si no muere. Y como ella no se ha de matar, muere por morir, de tal manera que verdaderamente es peligro de muerte, y vese como colgada entre el cielo y la tierra" (Rel 5, 13).

            Escribe esto último diez años más tarde que la presente página de Vida. Y todavía dos años después, al final de las Moradas sextas, ya como preludio del matrimonio espiritual, volverá sobre el lance singular de estos ímpetus. Titulará así ese capítulo: Trata de unos deseos tan grandes e impetuosos que da Dios al alma de gozarle, que ponen en peligro de perder la vida.

            Lo mismo que había asegurado aquí en Vida, apuntando a la muerte no como riesgo sino como remedio: "Pide a Dios la dé remedio para su mal, y ninguno ve sino la muerte, que con ésta piensa gozar del todo a su bien" (12).

            Ese mal irremediable procede de la herida de amor. La describe a continuación.


La gracia del dardo

            Es el desenlace del capítulo, episodio cumbre que acontece "aquí", es decir, al final de un proceso de amor, como una herida más, y más honda.

            A lo largo del capítulo no ha recordado el tema clásico de los Cantares bíblicos, "vulnerasti cor meum", sino el salmo que habla de la cierva vulnerada: "(Oh cuántas veces me acuerdo, cuando así estoy (herida), de aquel verso de David: Quemadmodum desiderat cervus ad fontes aquarum, que me parece lo veo al pie de la letra en mí!" (11). Y ha evocado igualmente los símbolos de la herida de amor, la saeta, el fuego, la centella...

            Al referir ahora una de esas heridas, la atribuye a un dardo de oro y de fuego, disparado por un ángel, "pequeño mucho" pero de "rostro encendido", que le traspasa las entrañas.

            Esa gracia heridora, a Teresa le sucede en una "visión". No es gracia corporal sino muy espiritual. Se le repite más de una vez. Puede durarle varios días: "Los días que duraba esto, andaba como embobada". Le producía "dolor grandísimo" y a la vez "suavidad excesiva". El dolor es "tan grande que le hace dar quejidos". Pero "(es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios!". De suerte que "me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios".

            En el proceso de las experiencias místicas de Teresa, la gracia del dardo es una más en la serie de heridas de amor. Ella, sin embargo le ha concedido importancia especial. Es reciente todavía cuando la cuenta en Vida. Para esa fecha ya la ha celebrado con alguno de sus poemas ("Oh Hermosura... / sin herir dolor hacéis"). Volverá a referirla diez años después en una de sus Relaciones (Rel 5, 17, donde la definirá como "dolor sabroso, y no es dolor"). Y de nuevo por dos veces en las Moradas sextas (al comienzo y al final: cc. 2 y



    [1] Para ver que no es imaginación la visión intelectual o las hablas místicas de que trató en el capítulo 27, nn. 2 y 7. Allí comenzó a exponer "razones" por las que "el demonio no se puede entrometer... en esta manera de visión y lenguaje". Ahora reanuda el tema para tratar de solas las visiones, especialmente de las imaginarias.
    [2] En lo que tratamos: en las visiones místicas.
    [3] Luego se pierde Cristo de vista: cesa la visión.
    [4] Diré después: se refiere a los "ímpetus" de que hablará en los nn. 8‑14 de este capítulo. ‑ De estos "ímpetus tan grandes" volverá a tratar en las Moradas VI, c. 11. ‑ El sentido de la frase que precede es: "esta merced hace más de tres años que cesó de ser tan frecuente, sustituida por otra gracia mística más subida". ‑ Podemos fijar aproximadamente la cronología de la vida interior de la Santa: las visiones no son anteriores al año 1560 (cf. c. 26, 5); las visiones "imaginarias" comenzaron más tarde, probablemente en la segunda mitad de 1560 (cf. c. 28, nn. 1 y 3), y persistieron con frecuencia especial durante "dos años y medio" (c. 29, 2), o sea, hasta entrado el año 1562; siguen inmediatamente otras gracias místicas que duran "más de tres años" (ib.), segunda mitad de 1565: es precisamente el momento en que la Santa escribe estas líneas de Vida.
    [5] Así que aquí no hay que querer y no querer: no influye en la visión el desearla o no.
    [6] Me querían conjurar: someter a los conjuros o exorcismos rituales.
    [7] A ellos: a los confesores y asesores de espíritu, ya aludidos en los capítulos 23 y 25, aunque siempre en anonimato.
    [8] Uno de ellos: "Gonzalo de Aranda", anota Gracián en su ejemplar de Vida. Gonzalo de Aranda es un sacerdote de Ávila, confesor en la Encarnación, que más tarde ayudará a la Santa en la fundación de San José y en el pleito entre esta fundación y la ciudad. Ahora forma parte de los "cinco o seis" recelosos de la vida mística de la autora. ‑ Con todo, no es segura la afirmación de Gracián.
    [9] El ministro: el P. Baltasar Álvarez.
    [10] Lo ha dicho en el c. 27, 1; y en el n. 4 del presente capítulo.
    [11] En su día: es decir, en su fiesta. Alude a la gracia referida en el c. 27, 2 (en la fiesta de San Pedro); o más probablemente a la primera "aparición", c. 28, 3 (en la fiesta de San Pablo). Nótese el típico léxico teresiano "aparecer".
    [12] Santiguándose... tomaba una cruz en la mano: el consejo de los letrados para combatir el demonio era: "hacer higas", gesto de desprecio; "santiguarse", gesto de defensa para ahuyentar al enemigo; y "oponerle la cruz", gesto de conjuro. "Las higas no tan continuo": no tantas veces, por la repugnancia que le causaban. ‑ El recuerdo dolorido de este último gesto reaparece en las Fundaciones c. 8, 3 (hacia 1573) y en las Moradas VI, 9, 12‑13 (año 1577). ‑ Para esas fechas, ya había llegado a la Santa el parecer del *Maestro+ san Juan de Ávila, horrorizado al leer estas páginas en el autógrafo de Vida: esas visiones "si vienen sin ser deseadas, aun se han de huir (evitar) lo posible, aunque no por medio de dar higas...; cierto a mí me hizo horror las que en este caso se dieron, y me dio mucha pena" (carta del 12 de septiembre de 1568: BMC, II, 209).
    [13] Se refiere a los gestos de mofa con que la turba provoca al Crucificado: Mt 27, 40‑42.
    [14] Dábame causas: igual que "dábame razones" (n. 7), para discernir o demostrar *que no era demonio+ (cf. c. 33, 16).
    [15] Hablará de ellas en el n. 8 y en los cc. 30, 8 y sigs. y 34, 16.
    [16] Me la tomó el Señor en su mano. Sobre la historia de esta cruz puede verse F. de Ribera, "Vida de la Santa", P. I, c. 11; Jerónimo de San José, "Historia del Carmen Descalzo", L. II, c. 20.
    [17] Ni era en mi mano: no estaba en mi poder.
    [18] En el n. 6.
    [19] Lo ha dicho en el c. 20, 8 y ss. ‑ Poco antes: insufrideros: insufribles. También utiliza esta segunda forma en Moradas VI, 1, 8.
    [20] La Santa escribe: escondíadesos... apretábadesme: formas arcaizantes, poco frecuentes en sus escritos.
    [21] Sensual equivale a sensible, o no espiritual (cf. "sensualidad": c. 3, 2 nota 3).
    [22] La saeta... traía hierba: saeta con hierba o enherbolada era la untada con el zumo de hierbas ponzoñosas, para envenenar o herir (Cobarruvias). Usado aquí en sentido metafórico. En uno de sus poemas, cantará la Santa: "Tiróme con una flecha / enherbolada de amor, / y mi alma quedó hecha / una con su Criador".
    [23] En los nn. 8 y 10.
    [24] Salmo 42, 1. La Santa escribe el latín a oído: "quemadmodun desiderad cervus a fontes aguarun".
    [25] El primer dolor: el causado por la pena mística, no el de las mortificaciones que se hacen para aplacarla.
    [26] En forma corporal: no quiere decir que fuese visión corporal, pues ya ha asegurado que ella nunca las tuvo (c. 28, 4), sino que lo ha visto "con forma y figura" como en las visiones imaginarias (cf. c. 28; y 31, 9). ‑ Lo que no veo sino "por maravilla": muy rara vez (cf. 14, 5; 25, 6; 30, 16).
    [27] Alude a la visión intelectual del c. 27, 2.
    [28] Los que llaman querubines: nótese la circunlocución aproximativa del nombre. Báñez anotó al margen del autógrafo: "más parece de los que llaman serafines". Fray Luis acogió en el texto la nomenclatura de Báñez (p. 255).
    [29] Aquellos quejidos: alude probablemente a los "gemidos no grandes" del n. 12.
    [30] Es ésta la famosa gracia de la transververación del corazón o merced del dardo, inmortalizada por Bernini en el grupo marmóreo de Santa María della Vittoria (Roma). ‑ La Santa vuelve a referir este fenomeno místico en las Moradas 6, 2, 4, y en la Relación 5, nn. 15‑17.
    [31] Clara afirmación de que la Santa recibió esa gracia más de una vez.
    [32] No me acuerdo en qué capítulo: en el c. 20, 9 y ss.

Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)