21.10.11

Camino de Perfección Cap. 26

 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.



Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)
Capítulo 26
 
 
 
 

 
En que va declarando el modo para recoger el pensamiento. - Pone medios para ello. - Es capítulo muy provechoso para los que comienzan oración.

            1. Ahora, pues, tornemos a nuestra oración vocal para que se rece de manera que, sin entendernos, nos lo dé Dios todo junto, y para -como he dicho- (1)[1] rezar como es razón.

            La examinación de la conciencia y decir la confesión y santiguaros, ya se sabe ha de ser lo primero.

 (sigue aquí --- en "Más información"... ) 
            Procurad luego, hija, pues estáis sola, tener compañía. Pues ¿qué mejor que la del mismo maestro que enseñó la oración que vais a rezar? Representad al mismo Señor junto con vos y mirad con qué amor y humildad os está enseñando. Y creedme, mientras pudiereis no estéis sin tan buen amigo. Si os acostumbráis a traerle cabe vos y Él ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando contentarle, no le podréis -como dicen- echar de vos; no os faltará para siempre; ayudaros ha en todos vuestros trabajos; tenerle heis en todas partes: ¿pensáis que es poco un tal amigo al lado?

            2. ¡Oh hermanas, las que no podéis tener mucho discurso del entendimiento ni podéis tener el pensamiento sin divertiros!, ¡acostumbraos, acostumbraos! Mirad que sé yo que podéis hacer esto, porque pasé muchos años por este trabajo de no poder sosegar el pensamiento en una cosa, y eslo muy grande. Mas sé que no nos deja el Señor tan desiertos, que si llegamos con humildad a pedírselo, no nos acompañe. Y si en un año no pudiéremos salir con ello, sea en más. No nos duela el tiempo en cosa que tan bien se gasta. ¿Quién va tras nosotros? Digo que esto, que puede acostumbrarse a ello, y trabajar andar cabe este verdadero Maestro.

            3. No os pido ahora que penséis en Él ni que saquéis muchos conceptos ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento; no os pido más de que le miréis. Pues ¿quién os quita volver los ojos del alma, aunque sea de presto, si no podéis más, a este Señor? Pues podéis mirar cosas muy feas, ¿y no podréis mirar la cosa más hermosa que se puede imaginar? Pues nunca, hijas, quita vuestro Esposo los ojos de vosotras. Haos sufrido mil cosas feas y abominaciones contra Él y no ha bastado para que os deje de mirar, ¿y es mucho que, quitados los ojos de estas cosas exteriores, le miréis algunas veces a Él? Mirad que no está aguardando otra cosa, como dice a la esposa, sino que le miremos (2)[2]. Como le quisiereis, le hallaréis. Tiene en tanto que le volvamos a mirar, que no quedará por diligencia suya.

            4. Así como dicen ha de hacer la mujer, para ser bien casada, con su marido, que si está triste, se ha de mostrar ella triste y si está alegre, aunque nunca lo esté, alegre (mirad de qué sujeción os habéis librado, hermanas), esto con verdad, sin fingimiento, hace el Señor con nosotros: que Él se hace el sujeto, y quiere seáis vos la señora, y andar Él a vuestra voluntad. Si estáis alegre, miradle resucitado; que sólo imaginar cómo salió del sepulcro os alegrará. Mas ¡con qué claridad y con qué hermosura! ¡Con qué majestad, qué victorioso, qué alegre! Como quien tan bien salió de la batalla adonde ha ganado un tan gran reino, que todo le quiere para vos, y a sí con él. Pues ¿es mucho que a quien tanto os da volváis una vez los ojos a mirarle?

            5. Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del huerto: ¡qué aflicción tan grande llevaba en su alma, pues con ser el mismo sufrimiento la dice y se queja de ella! O miradle atado a la columna, lleno de dolores, todas sus carnes hechas pedazos por lo mucho que os ama; tanto padecer, perseguido de unos, escupido de otros, negado de sus amigos, desamparado de ellos, sin nadie que vuelva por Él, helado de frío, puesto en tanta soledad, que el uno con el otro os podéis consolar. O miradle cargado con la cruz, que aun no le dejaban hartar de huelgo. Miraros ha Él con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros, sólo porque os vayáis vos con Él a consolar y volváis la cabeza a mirarle (3)[3].

            6. «¡Oh Señor del mundo, verdadero Esposo mío! -le podéis vos decir, si se os ha enternecido el corazón de verle tal, que no sólo queráis mirarle, sino que os holguéis de hablar con Él, no oraciones compuestas, sino de la pena de vuestro corazón, que las tiene Él en muy mucho-, ¿tan necesitado estáis, Señor mío y Bien mío, que queréis admitir una pobre compañía como la mía, y veo en vuestro semblante que os habéis consolado conmigo? Pues ¿cómo, Señor, es posible que os dejan solo los ángeles, y que aun no os consuela vuestro Padre? Si es así, Señor, que todo lo queréis pasar por mí, ¿qué es esto que yo paso por Vos? ¿De qué me quejo? Que ya he vergüenza, de que os he visto tal, que quiero pasar, Señor, todos los trabajos que me vinieren y tenerlos por gran bien por imitaros en algo. Juntos andemos, Señor. Por donde fuereis, tengo de ir. Por donde pasareis, tengo de pasar».

            7. Tomad, hija, de aquella cruz. No se os dé nada de que os atropellen los judíos, por que Él no vaya con tanto trabajo. No hagáis caso de lo que os dijeren. Haceos sorda a las murmuraciones. Tropezando, cayendo con vuestro Esposo, no os apartéis de la cruz ni la dejéis. Mirad mucho el cansancio con que va y las ventajas que hace su trabajo a los que vos padecéis, por grandes que los queráis pintar. Y por mucho que los queráis sentir, saldréis consolada de ellos, porque veréis son cosa de burla comparados a los del Señor.

            8. Diréis, hermanas, que cómo se podrá hacer esto, que si le vierais con los ojos del cuerpo en el tiempo que Su Majestad andaba en el mundo, que lo hicierais de buena gana y le mirarais siempre.

            No lo creáis, que quien ahora no se quiere hacer un poquito de fuerza a recoger siquiera la vista para mirar dentro de sí a este Señor (que lo puede hacer sin peligro, sino con tantito cuidado), muy menos se pusiera al pie de la cruz con la Magdalena, que veía la muerte al ojo. Mas ¡qué debía pasar la gloriosa Virgen y esta bendita Santa! ¡Qué de amenazas, qué de malas palabras y qué de encontrones, y qué descomedidas! Pues ¡con qué gente lo habían tan cortesana! Sí, lo era del infierno, que eran ministros del demonio. Por cierto que debía ser terrible cosa lo que pasaron; sino que, con otro dolor mayor, no sentirían el suyo.

            Así que, hermanas, no creáis erais para tan grandes trabajos, si no sois para cosas tan pocas. Ejercitándoos en ellas, podéis venir a otras mayores (4)[4].

            9. Lo que podéis hacer para ayuda de esto, procurad traer una imagen o retrato de este Señor que sea a vuestro gusto; no para traerle en el seno y nunca le mirar, sino para hablar muchas veces con Él, que Él os dará qué le decir. Como habláis con otras personas, ¿por qué os han más de faltar palabras para hablar con Dios? No lo creáis; al menos yo no os creeré, si lo usáis; porque si no, el no tratar con una persona causa extrañeza y no saber cómo nos hablar con ella, que parece no la conocemos, y aun aunque sea deudo, porque deudo y amistad se pierde con la falta de comunicación.

            10. También es gran remedio tomar un libro de romance bueno, aun para recoger el pensamiento, para venir a rezar bien vocalmente, y poquito a poquito ir acostumbrando el alma con halagos y artificio para no la amedrentar. Haced cuenta que ha muchos años que se ha ido de con su esposo, y que hasta que quiera tornar a su casa es menester mucho saberlo negociar, que así somos los pecadores: tenemos tan acostumbrada nuestra alma y pensamiento a andar a su placer, o pesar, por mejor decir, que la triste alma no se entiende, que para que torne a tomar amor a estar en su casa es menester mucho artificio, y si no es así y poco a poco, nunca haremos nada.

            Y tórnoos a certificar que si con cuidado os acostumbráis a lo que he dicho (5)[5], que sacaréis tan gran ganancia que, aunque yo os la quisiera decir, no sabré. Pues juntaos cabe este buen Maestro, muy determinadas a deprender lo que os enseña, y Su Majestad hará que no dejéis de salir buenas discípulas, ni os dejará si no le dejáis. Mirad las palabras que dice aquella boca divina, que en la primera entenderéis luego el amor que os tiene, que no es pequeño bien y regalo del discípulo ver que su maestro le ama.

COMENTARIO AL CAPÍTULO 26

Recogimiento para interiorizar la oración


Leemos en grupo el capítulo 26


            Somos un grupo de catorce jóvenes que nos hemos reunido en torno al Camino de la Madre Teresa para leer el capítulo 26 del libro: cómo recoger el pensamiento para interiorizar la oración. Catorce jóvenes, más uno que no lo es tanto: el que extiende esta especie de verbal del encuentro.

            El grupo, muy teresiano, se compone en su mayor parte de lectoras ya entrenadas en la lectura del libro. La parcela de las menos iniciadas en el texto teresiano se encargará de espigar las palabras y "pasajes-tropiezo", las que podrían dificultar al lector joven recién llegado la comprensión plena de las páginas clásicas de la Santa.

            Para la lectura previa y personalizada del texto nos ha servido a todos un guión de pistas posibles:

            - Centrar bien el tema del capítulo, que es "recoger el pensamiento" en la oración.

            - Seguir, paso a paso, la pedagogía interiorizante de la Santa: educarse a la presencia, educar la mirada, la escucha, la palabra, la postura de fondo al orar, etcétera.

            - Recoger las consignas prácticas de la Autora, incluso tomar notas de sus confidencias personales y, al llegar al número 6, detenerse y observar cómo ora ella, cómo realiza su relación personal con Él.

            - Subrayar, todavía, las "imágenes" plásticas utilizadas por la Santa, y preguntarse por su función pedagógica.

            Pero, atención: se trata de puras pistas posibles para adentrarse en el texto. Lo importante es esto último: seguir el texto teresiano en sí mismo, y poner en marcha una lectura comprensiva, no superficial, orientadora de cara a la propia oración.

            El lugar del encuentro es, también, muy teresiano. Aquí, en este mismo ambiente, nos precedió en la lectura compartida del Camino un teresianista insigne, San Enrique de Ossó, un hombre del siglo pasado que bien podría ser el maestro de la "lectura en grupo" para teresianos y teresianistas de hoy.


La presentación del texto

            Como siempre, antes de leer en voz alta hacemos una pausa para poner a foco el texto teresiano que hemos elegido. Esta vez, el capítulo 26. Nos bastan pocas indicaciones. Helas aquí:

            a) Ante todo, el título del capítulo nos ofrece una buena pista. Según él, a esta altura del libro se aborda el tema del "recogimiento". Cómo "recoger el pensamiento" en la oración, vocal o mental, es lo mismo. Lo que importa es interiorizar la oración. Irla haciendo más sencilla y contemplativa. Porque la Santa ha venido hablando del entrenamiento en la oración vocal para ahondar en la mental, con la mira puesta en la oración contemplativa.

            b) Pero, en realidad, el tema desborda los límites del presente capítulo. Teresa le dedicará, al menos, otros tres, desde el 26 al 29 (basta ver el epígrafe del capítulo 28). Esos cuatro capítulos desarrollan la lección del "recogimiento" en una especie de díptico. En los dos capítulos primeros (26 y 27) dirá la Santa que lo principal para recoger el pensamiento en la oración es centrar la mirada en Cristo. Recogerse es acogerse a Él, a su presencia, a su compañía. El recogimiento, como la oración misma, tiene que ser decididamente cristológico.

            En los dos capítulos siguientes (28 y 29) insistirá en el aspecto psicológico: "recogimiento -dirá- es cuando el alma recoge todas las potencias y se entra (ella misma) dentro de sí..."; redescubre el propio castillo interior.

            c) ¿Consiste en eso el yoga teresiano? No sé si es muy correcto bautizar con esa palabreja de moda la pedagogía oracional de la Santa. Sea de ello lo que fuere, el suyo sería un "yoga" absolutamente original. Especie de proceso educativo del espíritu en cuatro tiempos:

            - Centrar la atención en Cristo.

            - Interiorizarse: convocar lo exteriorizante de uno mismo a las moradas del propio castillo interior.

            - Pero, ambas cosas, precedidas de una buena base de virtudes prácticas, para que la oración no quede descolgada de la vida.

            - Y seguidas de una gran apertura y disponibilidad a la acción de Dios sobre nosotros y sobre nuestra oración, pues ha de ser Él quien ahonde nuestro recogimiento y lo haga contemplativo.

            d) Finalmente, un sencillo esquema que delinee el trazado del capítulo. El mismo que acompaña al presente resumen.

            Ahora, leemos..., y glosamos los puntos más salientes contenidos en la pedagogía teresiana del capítulo, a saber:


Primero: educarse a la presencia de Él

            Lo hemos anotado ya varias veces en los anteriores capítulos de Camino. Para la Santa, la oración cristiana es "cosa de dos", "amistad de dos amigos". Absolutamente relacional (problema de "quién con quién") y dialogal, delicado engranaje de escucha y palabra.

            Por todo ello, la pieza fundamental es que el orante no se encuentre sólo consigo mismo para zambullirse en sus propios pensamientos (aquello de "a mis soledades voy / de mis soledades vengo"), sino que "tenga compañía": "Procurad luego, hija, pues estáis sola, tener compañía" (n. 1). Y aquí la Santa no se refiere a la compañía del grupo de orantes, sino a la de Él.

            Se trata de actuar la fe en su presencia. Pero una fe que sea realista y dinámica. Resorte y palanca elevadora, que haga entrar a mi espíritu en su presencia. Esa presencia real y envolvente que arropa y traspasa mi vida, pero que necesita de mi parte una neta toma de conciencia que pase mi fe teologal al tejido psicológico de mi vida, pensamientos, sentimientos. Que sea, además, presencia amiga. De momento, nos quedamos con esta última consigna de la Santa: "No estéis sin tan buen amigo al lado" (n. 1).


Segundo: educar la mirada

            Desde la mirada exterior, educar la mirada interior.

            Aquí sí hemos podido comprobar hasta qué punto la Autora del Camino es maestra de la pluma. Hemos subrayado en los números 3, 4, 5.... la reiteración intencionada, el martilleo suave y persuasivo del verbo "mirar", mirarle, poner los ojos en Él, volver los ojos a mirarle... hasta que "miraros ha Él con unos ojos tan hermosos y piadosos..., sólo porque volváis la cabeza a mirarle".

            Pero no se trata (o no sólo) de los ojos de la cara. Se trata de "volver hacia Él los ojos del alma" (n. 3). Comenzar, quizá, con la mirada sensible para despertar y convocar hacia Él la mirada interior: la atención, el propio espíritu, reeducando los sentidos, agudizando la punta penetrante de la fe y del amor.

            Educar así la mirada, o los ojos del alma, requerirá entrenamiento y ejercicio en modulaciones prácticas facilitadas por el Evangelio de Jesús, por los pasos de su pasión, por sus palabras y sentimientos; también, por los altibajos del propio espíritu. Pero apuntando siempre a esa suave, pausada y profunda atención interior que le permita a uno instalarse en su presencia y entrar en comunión con sus sentimientos. Y a la vez, arraigo en las capas profundas de mi interior, para decir con verdad "juntos andemos, Señor" (n. 6).


Tercero: educarse a la escucha y a la palabra

            La Santa ha entendido bien que no hay amistad sin comunicación. Lo reafirmará aquí en términos de corte casi aristotélico:

            "Como habláis con otras personas, ¿por qué os han más de faltar las palabras para hablar con Dios? No lo creáis; al menos yo no os creeré, si lo usáis; porque, sino, el no tratar con una persona causa extrañeza y no saber cómo nos hablar con ella, que parece no la conocemos, y aun aunque sea deudo; porque deudo y amistad se pierde con la falta de comunicación" (n. 9).

            En el fondo, también conoce ella algo de nuestra dificultad para poner en acto ese lenguaje y vencer el extraño mutismo o el tartamudeo de espíritu que nos sobrecoge cuando nos ponemos a decir cosas a Dios. Por eso, nos garantiza: "Él os dará qué le decir" (n. 9).

            En este intento de la Santa por educar la relación expresiva del orante a actuarse ante Dios en "palabra y escucha", es interesante que, una vez más, recurre a su típico estilo pedagógico ¡no decir, sin hacer! Ahí mismo, ante el lector, se pone ella a decirle cosas a Él. Palabras emocionadas que dan cauce a uno de sus irreprimibles trances de oración escrita, y que ella introduce con una especie de truco envolvente de cara al lector: "Oh Señor del mundo..., le podéis vos decir...". Pero es ella la que, de hecho, "se lo dice", estimulando y provocando los sentimientos del lector.


Cuarto: "Acostumbraos, acostumbraos"

            Interiorizar la oración no es un ejercicio gimnástico, ni una técnica de espíritu. Pero tampoco es cosa de un día. Hay que educar la mente y doblegar el espíritu. Educar la fe y el amor. Educar el sentido de Dios. Pasar la barrera de la superficialidad y aterrizar en el pozo de la humildad y de la plena disponibilidad ante Él.

            La fidelidad a la oración requiere, pues, tesón y esperanza teologal; asiduidad amorosa y sacrificada en la espera. No sé cansará ella de repetir que "si en un año no se consigue... sea en más". A esa meta no se llega sino recorriendo el camino de la brega y de la espera.


Por fin: la imaginería del recogimiento

            Decir lo interior en imágenes exquisitas ha sido siempre uno de los objetivos pedagógicos de la Santa. También aquí, al hablar de esa cosa delicada y misteriosa que es la búsqueda del silencio y de la palabra interiores. En realidad, las imágenes más hermosas las aportará en capítulos posteriores. De momento, nosotros hemos recogido y subrayado tres:

            - La hermosa imagen de la mujer casada y enamorada, que es toda atención, anticipo y premura para el esposo. Aquí, la desposada es el alma. El esposo, Él. El recogimiento interiorizante es la búsqueda de los sentimientos profundos del otro, para entrar en sintonía plena con ellos.

            - La imagen del alma en extravío, fuera de sí y presa de la exterioridad aberrante; angustiosamente necesitada de volver a la propia casa para dar curso a la vida...

            - Y la imagen del Maestro amigo, gozoso de acoger y comunicar: "¿Pensáis que es poco un tal amigo al lado?" (n. 1).


El turno de las dificultades de lectura

            La primera dificultad ha sido percibida y denunciada por la propia Santa. ¿No es realmente difícil ese aprendizaje de silencio y palabra, de cara al misterioso interlocutor de nuestra oración? "Diréis, hermanas, que cómo se puede hacer esto, que si le vierais con los ojos del cuerpo el tiempo que Su Majestad andaba por el mundo, que lo hicierais de buena gana y lo mirarais siempre..." (n. 8).

            Aceptamos su solución: "¡Que quien ahora no se quiere hacer un poquito de fuerza..., a recoger siquiera la vista para mirar dentro de sí a este Señor...!". Aceptamos, incluso, la fina ironía que acompaña a su respuesta.

            En cambio, las pequeñas dificultades en que tropieza el lector de la Santa van por otro camino. He aquí algunas:

            - "Como le quisiereis, le hallaréis" (n. 3). Recordemos el contexto de esa lacónica afirmación. Es tal la condescendencia y disponibilidad de Cristo, que es Él quien se pliega a las indigencias y deseos del orante. De suerte que "en cualquier forma que lo necesitéis y se lo pidáis, le hallaréis...".

            - No nos deja el Señor tan desiertos..." (n. 2). Tan desamparados y desolados...

            - "No se os dé nada" (n. 7). No os importen nada ni las dificultades, ni la oposición ajena (los atropellos), a condición de seguirle a Él.

            - "Con tantito cuidado" (n. 8): La frase entera fluye así: "Quien ahora no se quiere hacer un poquito de fuerza...", ahora que sólo se requiere "tantito cuidado": ese poquito de cuidado...

            - "Que Él se hace el sujeto" (n. 4). El contexto: en la línea de la condescendencia del Amigo, es Él quien se hace el siervo (el sometido), para tratar al amigo como señor.

            - "Tomad un libro de romance bueno" (n. 10). Un libro en castellano o en lengua corriente.

            Cerramos el libro, pero sabemos que la lección sobre el recogimiento apenas si se ha iniciado. Quedan en puertas los capítulos fuertes (27 a 29). Incluso toda la parte final del Camino seguirá desarrollando el tema. Los capítulos dedicados a interiorizar la oración eucarística (33 a 35) serán un duplicado o una prolongación del mismo.


[1] En el c. 24, n. 2.
[2] Ct 2, 14.
[3] Al margen del autógrafo escurialense escribió la Santa, a modo de título del n. siguiente: «Exclamación».
[4] En la 1ª redacción se lee: «Y creed que digo verdad -porque he pasado por ello-, que lo podréis hacer».
[5] «A lo que he dicho»: en la 1ª redacción: «... a considerar que traéis con vos a este Señor, y a hablar con Él muchas veces...».

Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)