Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.
MORADAS
CUARTAS
Capítulo
1
Trata de la diferencia que hay de contentos y
ternura en la oración y de gustos, y dice el contento que le dio entender que
es cosa diferente el pensamiento y el entendimiento. Es de provecho para quien
se divierte mucho en la oración (1)[1].
1. Para comenzar a hablar de las cuartas moradas
bien he menester lo que he hecho, que es encomendarme al Espíritu Santo y
suplicarle de aquí adelante hable por mí, para decir algo de las que quedan de
manera que lo entendáis; porque comienzan a ser cosas sobrenaturales (2)[2],
y es dificultosísimo de dar a entender, si Su Majestad no lo hace, como en otra
parte que se escribió (3)[3]
hasta donde yo había entendido, catorce años ha, poco más o menos. Aunque un
poco más luz me parece tengo de estas mercedes que el Señor hace a algunas
almas, es diferente (4)[4]
el saberlas decir. Hágalo Su Majestad si se ha de seguir algún provecho, y si
no, no.
2. Como ya estas moradas se llegan más adonde está
el Rey, es grande su hermosura y hay cosas tan delicadas que ver y que entender,
que el entendimiento no es capaz para poder dar traza cómo se diga siquiera
algo que venga tan al justo que no quede bien oscuro para los que no tienen
experiencia; que quien la tiene muy bien lo entenderá, en especial si es mucha.
Parecerá que para llegar a estas moradas se ha de
haber vivido en las otras mucho tiempo; y aunque lo ordinario es que se ha de
haber estado en la que acabamos de decir, no es regla cierta, como ya habréis
oído muchas veces; porque da el Señor cuando quiere y como quiere y a quien
quiere, como bienes suyos, que no hace agravio a nadie (5)[5].
3. En estas moradas pocas veces entran las cosas
ponzoñosas, y si entran no hacen daño, antes dejan con ganancia. Y tengo por
muy mejor cuando entran y dan guerra en este estado de oración; porque podría
el demonio engañar, a vueltas de los gustos que da Dios, si no hubiese
tentaciones, y hacer mucho más daño que cuando las hay, y no ganar tanto el
alma, por lo menos apartando todas las cosas que la han de hacer merecer, y
dejarla en un embebecimiento (6)[6]
ordinario. Que cuando lo es en un ser, no le tengo por seguro ni me parece
posible estar en un ser (7)[7]
el espíritu del Señor en este destierro.
4. Pues hablando de lo que dije que diría aquí (8)[8],
de la diferencia que hay entre contentos en la oración o gustos, los contentos
me parece a mí se pueden llamar los que nosotros adquirimos con nuestra meditación
y peticiones a nuestro Señor, que procede de nuestro natural, aunque en fin
ayuda para ello Dios, que hase de entender en cuanto dijere que no podemos nada
sin él (9)[9];
mas nacen de la misma obra virtuosa que hacemos y parece a nuestro trabajo lo
hemos ganado, y con razón nos da contento habernos empleado en cosas
semejantes. Mas, si lo consideramos, los mismos contentos tendremos en muchas
cosas que nos pueden suceder en la tierra: así en una gran hacienda que de
presto se provea a alguno; como de ver una persona que mucho amamos, de presto;
como de haber acertado en un negocio importante y cosa grande, de que todos
dicen bien; como si a alguna le han dicho que es muerto su marido o hermano o
hijo y le ve venir vivo. Yo he visto derramar lágrimas de un gran contento, y
aun me ha acaecido alguna vez. Paréceme a mí que así como estos contentos son
naturales, así en los que nos dan las cosas de Dios, sino que son de linaje más
noble, aunque estotros no eran tampoco malos. En fin, comienzan de nuestro natural
(10)[10]
mismo y acaban en Dios.
Los gustos comienzan de Dios y siéntelos el natural
y goza tanto de ellos como gozan los que tengo dichos y mucho más. ¡Oh Jesús, y
qué deseo tengo de saber declararme en esto!; porque entiendo, a mi parecer, muy
conocida diferencia y no alcanza mi saber a darme a entender. Hágalo el Señor.
5. Ahora me acuerdo en un verso que decimos a Prima
(11)[11],
al fin del postrer salmo, que al cabo del verso dice: Cum dilatasti cor meum (12)[12].
A quien tuviere mucha experiencia, esto le basta para ver la diferencia que hay
de lo uno a lo otro; a quien no, es menester más. Los contentos que están
dichos no ensanchan el corazón, antes lo más ordinariamente parece aprietan un
poco, aunque con contento todo de ver que se hace por Dios; mas vienen unas
lágrimas congojosas, que en alguna manera parece las mueve la pasión. Yo sé
poco de estas pasiones del alma –que quizá me diera a entender–, y lo que
procede de la sensualidad (13)[13]
y de nuestro natural, porque soy muy torpe; que yo me supiera declarar, si como
he pasado por ello lo entendiera. Gran cosa es el saber y las letras (14)[14]
para todo.
6. Lo que tengo de experiencia de este estado, digo
de estos regalos y contentos en la meditación, es que si comenzaba a llorar por
la Pasión (15)[15], no
sabía acabar hasta que se me quebraba la cabeza; si por mis pecados, lo mismo.
Harta merced me hacía nuestro Señor, que no quiero yo ahora examinar cuál es
mejor lo uno o lo otro, sino la diferencia que hay de lo uno a lo otro querría
saber decir. Para estas cosas algunas veces van estas lágrimas y estos deseos
ayudados del natural y como está la disposición; mas, en fin, como he dicho
(16)[16],
vienen a parar en Dios, aunque sea esto. Y es de tener en mucho, si hay
humildad para entender que no son mejores por eso; porque no se puede entender
si son todos efectos del amor, y cuando sea, es dado de Dios.
Por la mayor parte, tienen estas devociones las
almas de las moradas pasadas, porque van casi continuo con obra de
entendimiento, empleadas en discurrir con el entendimiento y en meditación; y
van bien, porque no se les ha dado más, aunque acertarían en ocuparse un rato
en hacer actos, y en alabanzas de Dios, y holgarse de su bondad, y que sea el
que es, y en desear su honra y gloria. Esto como pudiere, porque despierta
mucho la voluntad. Y estén con gran aviso cuando el Señor les diere estotro no
lo dejar por acabar la meditación que se tiene de costumbre.
7. Porque me he alargado mucho en decir esto en
otras partes (17)[17]
no lo diré aquí. Solo quiero que estéis advertidas que, para aprovechar mucho
en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la cosa en pensar
mucho, sino en amar mucho (18)[18];
y así lo que más os despertare a amar, eso haced. Quizá no sabemos qué es amar,
y no me espantaré mucho; porque no está en el mayor gusto, sino en la mayor
determinación de desear contentar en todo a Dios y procurar, en cuanto
pudiéremos, no le ofender, y rogarle que vaya siempre adelante la honra y
gloria de su Hijo y el aumento de la Iglesia Católica. Estas son las señales
del amor, y no penséis que está la cosa en no pensar otra cosa, y que si os
divertís un poco va todo perdido.
8. Yo he andado en esto de esta barahúnda del
pensamiento bien apretada algunas veces, y habrá poco más de cuatro años que vine
a entender por experiencia que el pensamiento (o imaginación, porque mejor se
entienda) (19)[19]
no es el entendimiento, y preguntelo a un letrado (20)[20]
y díjome que era así, que no fue para mí poco contento. Porque, como el
entendimiento es una de las potencias del alma, hacíaseme recia cosa estar tan
tortolito (21)[21] a
veces, y lo ordinario vuela el pensamiento de presto, que solo Dios puede
atarle, cuando nos ata a Sí de manera que parece estamos en alguna manera
desatados de este cuerpo. Yo veía, a mi parecer, las potencias del alma
empleadas en Dios y estar recogidas con él, y por otra parte el pensamiento
alborotado: traíame tonta (22)[22].
9. ¡Oh Señor, tomad en cuenta lo mucho que pasamos
en este camino por falta de saber! Y es el mal que, como no pensamos que hay
que saber más de pensar en Vos, aun no sabemos preguntar a los que saben ni
entendemos qué hay que preguntar, y pásanse terribles trabajos, porque no nos
entendemos, y lo que no es malo, sino bueno, pensamos que es mucha culpa. De
aquí proceden las aflicciones de mucha gente que trata de oración y el quejarse
de trabajos interiores, a lo menos mucha parte en gente que no tiene letras, y
vienen las melancolías y a perder la salud y aun a dejarlo del todo, porque no
consideran que hay un mundo interior acá dentro; y así como no podemos tener el
movimiento del cielo, sino que anda a prisa con toda velocidad, tampoco podemos
tener nuestro pensamiento (23)[23],
y luego metemos todas las potencias del alma con él y nos parece que estamos
perdidas y gastado mal el tiempo que estamos delante de Dios; y estase el alma
por ventura toda junta con él en las moradas muy cercanas, y el pensamiento en
el arrabal del castillo padeciendo con mil bestias fieras y ponzoñosas y
mereciendo con este padecer; y así, ni nos ha de turbar ni lo hemos de dejar, que
es lo que pretende el demonio. Y por la mayor parte, todas las inquietudes y
trabajos vienen de este no nos entender.
10. Escribiendo esto, estoy considerando lo que pasa
en mi cabeza del gran ruido de ella que dije al principio (24)[24],
por donde se me hizo casi imposible poder hacer lo que me mandaban de escribir.
No parece sino que están en ella muchos ríos caudalosos, y por otra parte, que
estas aguas se despeñan; muchos pajarillos y silbos, y no en los oídos, sino en
lo superior de la cabeza, adonde dicen que está lo superior del alma. Y yo
estuve en esto harto tiempo, por parecer que el movimiento grande del espíritu
hacia arriba subía con velocidad. Plega a Dios que se me acuerde en las moradas
de adelante decir la causa de esto, que aquí no viene bien, y no será mucho que
haya querido el Señor darme este mal de cabeza para entenderlo mejor; porque
con toda esta barahúnda de ella, no me estorba a la oración ni a lo que estoy
diciendo, sino que el alma se está muy entera en su quietud y amor y deseos y
claro conocimiento.
11. Pues si en lo superior de la cabeza está lo
superior del alma (25)[25],
¿cómo no la turba? Eso no lo sé yo; mas sé que es verdad lo que digo. Pena da
cuando no es la oración con suspensión (26)[26],
que entonces hasta que se pasa no se siente ningún mal; mas harto mal fuera si
por este impedimento lo dejara yo todo. Y así no es bien que por los
pensamientos nos turbemos ni se nos dé nada; que si los pone el demonio, cesará
con esto; y si es, como lo es, de la miseria que nos quedó del pecado de Adán
con otras muchas, tengamos paciencia y sufrámoslo por amor de Dios, pues
estamos también sujetas a comer y dormir, sin poderlo excusar, que es harto
trabajo.
12. Conozcamos nuestra miseria, y deseemos ir adonde
«nadie nos menosprecia»; que algunas veces me acuerdo haber oído esto que dice
la Esposa en los Cantares (27)[27],
y verdaderamente que no hallo en toda la vida cosa adonde con más razón se
pueda decir; porque todos los menosprecios y trabajos que puede haber en la
vida no me parece que llegan a estas batallas interiores. Cualquier desasosiego
y guerra se puede sufrir con hallar paz adonde vivimos –como ya he dicho– (28)[28];
mas que queremos venir a descansar de mil trabajos que hay en el mundo y que
quiera el Señor aparejarnos el descanso, y que en nosotras mismas esté el
estorbo, no puede dejar de ser muy penoso y casi insufridero. Por eso, llevadnos,
Señor, adonde no nos menosprecien estas miserias (29)[29],
que parecen algunas veces que están haciendo burla del alma.
Aun en esta vida la libra el Señor de esto, cuando
ha llegado a la postrera morada, como diremos, si Dios fuere servido (30)[30].
13. Y no darán a todos tanta pena estas miserias ni
las acometerán, como a mí hicieron muchos años por ser ruin, que parece que yo
misma me quería vengar de mí. Y como cosa tan penosa para mí, pienso que quizá
será para vosotras así, y no hago sino decirlo en un cabo y en otro, para si
acertase alguna vez a daros a entender cómo es cosa forzosa, y no os traiga
inquietas y afligidas, sino que dejemos andar esta tarabilla de molino (31)[31]
y molamos nuestra harina, no dejando de obrar la voluntad y entendimiento.
14. Hay más y menos en este estorbo, conforme a la
salud y a los tiempos. Padezca la pobre alma, aunque no tenga en esto culpa, que
otras haremos por donde es razón que tengamos paciencia. Y porque no basta lo
que leemos y nos aconsejan, que es que no hagamos caso de estos pensamientos, para
las que poco sabemos no me parece tiempo perdido todo lo que gasto en declararlo
más y consolaros en este caso; mas hasta que el Señor nos quiera dar luz, poco
aprovecha. Mas es menester y quiere Su Majestad que tomemos medios y nos
entendamos, y lo que hace la flaca imaginación y el natural y demonio no
pongamos la culpa al alma.
COMENTARIO
Comienzo de vida nueva. Período de transición entre
la fase ascética de lucha, y el preludio de los estados místicos,
caracterizados por el predominio señero de la gracia divina. Brota la fuente
interior, que da paso a la experiencia mística. Pero a sorbos e
intermitentemente: con momentos de lucidez infusa (recogimiento de la mente),
y momentos de amor pasivo, recibido (quietud de la voluntad). Posibilidades
nuevas de relación con Dios en la oración. Por efecto de las nuevas gracias, se
va remodelando el talante teologal y ético de la persona.
Dos imágenes bíblicas: los jornaleros de la
parábola, retribuidos muy por encima de lo trabajado; o la esposa de los
Cantares invitada al idilio del amor divino. El alma de las cuartas moradas es
como el jornalero evangélico, pagado a desmesura con la moneda del amor.
Alborada de experiencia mística
Hacía no menos de doce años que Teresa lo había
contado en gran secreto a los primerizos lectores del Libro de la Vida. A ella
le había pasado de pronto algo sorpresivo. No solo inesperado, sino difícil de
entender y de decir. Le sucedió exactamente a raíz de su «conversión» ante el
Cristo llagado y tras leer, emocionada, las Confesiones de san Agustín. Ya no
era una joven impresionable. Frisaba en los treinta y nueve años de edad.
Comienza a contarlo así:
«Tenía yo algunas veces, aunque con mucha brevedad
pasaba, comienzo de lo que ahora diré: acaecíame en esta representación que
hacía de ponerme cabe Cristo, que he dicho, y aun algunas veces leyendo,
venirme a deshora un sentimiento de la presencia de Dios que en ninguna manera
podía dudar que estaba dentro de mí o yo toda engolfada en él...» (Vida 10, 1).
Aun sin entenderse ni entenderlo, Teresa vislumbró
enseguida que se le cambiaba el rumbo de la vida interior. Que le nacían alas a
su vida de oración. Que en esa su nueva manera de orar intervenía Alguien que
hasta ese momento parecía silencioso. Y la introducía, gozosamente, en algo
así como un espacio nuevo, el espacio simbólico de la presencia de Dios.
Especie de tierra santa interior. Era el ámbito de las cuartas moradas del
Castillo, que en el relato de Vida equivale a la segunda agua con que se riega
el huerto del alma. Es natural que ahora, al hablar al lector de todo aquello
y anunciarle que muy probablemente también a él le acaecerá algo parecido si
vive a fondo su vida cristiana y es fiel a la oración, es natural –digo– que le
tiemble la mano y la pluma y se le produzca un estremecimiento religioso de
todo el ser. Es lo primero que le dice al lector. Antes de entrar en tema, ha
tenido que ponerse de rodillas:
«Para comenzar a hablar de las cuartas moradas bien
he menester lo que he hecho, que es encomendarme al Espíritu Santo y suplicarle
de aquí adelante hable por mí, para decir algo de las que quedan de manera que
lo entendáis; porque comienzan a ser cosas sobrenaturales y es dificultosísimo
de dar a entender, si Su Majestad no lo hace...» (n. 1).
Las dos vertientes de la oración
No es preciso recordar de nuevo que la oración, en
la perspectiva de la Santa, no es una práctica, sino una dimensión de la vida
cristiana. Las dos vertientes son, pues, vertientes de vida. E implican no solo
el quehacer y la conducta del orante, sino el nivel de su relación con Dios: la
oración es cosa de dos, en la que –claro está– va a haber amplia cabida para
todos los hermanos.
En el escalafón de las moradas, esas dos vertientes
corresponden a las moradas terceras y moradas quintas. En las terceras termina
el proceso ascético. En las quintas comienzan los estados místicos. Las cuartas
son algo así como la cima divisoria de aguas entre ambas. Superación esporádica
de la manera de vivir y orar de las moradas terceras. Y umbral de la oración
mística que va a apoderarse del orante (de Teresa misma) en las moradas
quintas, cuando se hunda de lleno en el misterio de la presencia de Dios dentro
del castillo.
Por eso Teresa comienza recordando al lector cuál
era su situación y su oración en las moradas terceras. Había logrado normalizar
su vida de oración. Había logrado superar ciertas atrofias en ese misterioso
idioma que el hombre emplea para hablar a Dios. Superada la «sordomudez» de
las primeras moradas. Superada la especie de «mudez-tartamudeo» de las
segundas. Había normalizado la oración-meditación. Había tenido que hacer la
travesía de sequedades y pruebas inesperadas. Con determinada determinación de
no abandonar la empresa de la oración. «Beatus vir», bienaventurado, le dijo la
Santa por haber puesto toda su confianza en Dios.
Ahora sigue recomendándole que no abandone esa
manera de oración («empleado en discurrir con el entendimiento y en
meditación»), pero que «acertaría más en ocuparse un rato en hacer actos, y en
alabanzas de Dios, y holgarse de su bondad, y que sea el que es, y el desear su
honra y gloria. Esto como pudiere, porque despierta mucho la voluntad» (n. 6).
Pero le advierte enseguida del cambio de agujas que
le espera al entrar en las moradas cuartas: «Esté con gran aviso cuando el
Señor le diere estotro, no dejarlo por acabar la meditación que se tiene de
costumbre» (n. 6).
¿Qué es ese estotro que ahora sobreviene y no hay
que postergar, so pretexto de cumplir la tarea habitual de la meditación? Para
acoger y entender la respuesta de Teresa a esa pregunta, hay que dar un paso
atrás y recordar la elemental catequesis de la oración, tal como a los
primitivos cristianos se la impartía san Pablo. La oración cristiana, en su
quintaesencia más medular, no es pura tarea del orante. El orante por sí solo
no sabría qué decir o qué pedir. Es el Espíritu el que sigilosamente lo
impulsa y en definitiva pone en su alma y en sus labios la palabra «Abba-Padre».
Pues bien, ese latido germinal de toda oración
cristiana es el que ahora se desata y preside los sentimientos, pensamientos,
curso y rumbo de nuestro orar. Como si el Otro –el gran partner de toda oración cristiana– ahora ostensiblemente tomase la
iniciativa. Recordemos las palabras con que Teresa lo contó en el relato de su
vida: «Me venía a deshora un sentimiento de la presencia de Dios que en
ninguna manera podía (yo) dudar estaba (él) dentro de mí o yo toda engolfada
en él» (V 10, 1).
Es el paso de la meditación a la contemplación. Eso,
sin embargo, no es todavía la otra vertiente. Es solo la cima que da paso a
ella. La otra vertiente se desplegará desde las quintas a las séptimas moradas
del Castillo. No anticipemos la lectura.
«Tú me dilatas el corazón»
Mientras escribe, la Santa empalma su exposición con
la liturgia de la mañana. Le viene a los puntos de la pluma la palabra
sugeridora de un salmo que quizá ha rezado ese mismo día al amanecer en la Hora
de Prima. Es el salmo 119 (118), v. 32. Lo recuerda en latín, tal como lo ha
orado en el rezo coral: «Cum [NVg: Quia] dilatasti cor meum». «Cuando tú me ensanchaste el corazón».
Esa misteriosa e incomparable dilatación del corazón
comenzó cuando ella hizo la travesía de las moradas cuartas. Es decir, cuando
aquella su anterior vida en régimen de esfuerzo y de lucha, tensa por mantener
el hilo de la oración (la meditación), se vio suavemente suplantada por el
flujo misterioso de unos sentimientos, emociones, afectos interiores, que brotaban
de las capas más profundas de su alma y se hacían por sí mismos espacio
anchuroso en la interioridad. Agua que mana y dilata el pilón interior del
alma, dirá ella en el capítulo siguiente. Espacio interior que se abre para
«recibir», después de haber bregado años y años en pensar y trabajar por
«hacer».
Se dilata «el corazón». La Biblia y toda la
tradición espiritual cristiana han empleado ese vocablo para simbolizar la interioridad.
«En el corazón guardaba María las cosas que no comprendía de Jesús». «Redeamus ad cor, regresemos al corazón»,
es la consigna clásica de Agustín. Solo que Teresa ya no habla de un regreso,
sino de una gracia de instalación y dilatación de la interioridad.
Desde las moradas primeras (1M 1, 3), ha hablado al
lector del «centro del castillo», que es el «centro y hondón del alma». «Poned
los ojos en el centro, que es donde está él», le ha dicho reiteradamente al
principiante (1M 2, 8). Ahora le explicará que esa dilatación interior que
comienza como una liberación del corazón (simbólico corazón), llega más allá y
toca ese centro que es morada secreta de Dios en el hombre (4M 2, 5).
Precisamente porque lo que ahora se apura y ensancha es la relación del alma
con él. No solo en el reducto de la oración, sino en toda la vida. Por eso,
pasando de la explicación a las consignas, Teresa le dirá que pase suavemente
de la tarea del pensar a la del amar:
«Solo quiero que estéis advertidas que para
aprovechar mucho en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la
cosa en pensar mucho sino en amar mucho; y así lo que más os despertare a amar,
eso haced. Quizá no sabemos qué es amar, y no me espantaré mucho; porque no
está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear contentar en
todo a Dios y procurar en cuanto pudiéremos, no ofenderle y rogarle que vaya
siempre adelante la honra y gloria de su Hijo y el aumento de la Iglesia
Católica. Estas son las señales del amor, y no penséis que está la cosa en no
pensar otra cosa y que si os divertís un poco va todo perdido» (n. 7).
¿Y la loca de la casa?
La pregunta por la «loca de la casa» recae sobre las
rémoras y dificultades que tiene normalmente el hombre al entablar y prolongar
su trato con Dios. Dificultades que provienen de nuestra interioridad en
desorden; fuerzas que no obedecen fácilmente al mando de la razón, ni al
imperativo del amor.
Teresa las condensa en dos palabras que para ella
son sinónimas: pensamiento-imaginación. Es la imaginación la que a ella le ha
hecho sufrir durante años en sus más delicados momentos de oración. Por eso al
acercarse ahora a esa «cima de cambio» –moradas cuartas–, se pregunta por ella:
¿Queda por fin derrotada y subyugada?
Comencemos recordando que esa expresión, «la loca de
la casa», universalmente atribuida a santa Teresa para designar la imaginación,
nunca fue escrita por ella. Es demasiado negativa. A la imaginación Teresa la
llamará «tarabilla de molino» (n. 13), «pensamiento tortolito» (atolondrado: n.
8), la comparará a «esas mariposas de las noches, importunas y desasosegadas»,
que acaban por apagar la candileja y dejar a oscuras la celda (V 17, 6), y en
alguna ocasión la comparará con el loco incapaz de seguir el hilo de la
conversación («no se haga caso de ella –de la imaginación– más que de un loco,
sino dejarla con su tema» (V 17, 7).
Será esto último lo que aconsejará al lector de las
moradas cuartas. Este suave ingreso en la quietud y paz interiores aún no
logra poner en orden esas fuerzas revueltas, que se agitan y contrastan dentro
de nosotros. Ese apaciguamiento y equilibrio interior ocurrirá solo más
adelante, cuando la acción de él «ordene en mí el amor», como en la esposa de
los Cantares.
Ahora en cambio, dice la Santa, te toca todavía
luchar con esa turbulencia interior. En esta zona del castillo todavía «entran
las cosas ponzoñosas», pero ya «no hacen daño, antes dejan con ganancia» (n.
3). Es decir, quietud y paz interiores sí, pero aquí se lucha. Las locuras del
pensamiento, imaginación, instintos y resabios de desorden, sirven todavía para
luchar y para mantener el contacto con la realidad de la vida, e impedir la
deformación interior «en un embebecimiento» enervante (n. 3).
Una pausa para la gramática
«Embebecimiento» es la última palabra que hemos
entresacado del texto teresiano. Quien haya leído otros libros de la Santa, por
ejemplo las Fundaciones, conoce la carga de contenido que ella deposita en ese
vocablo.
Ahora, en este capítulo de las moradas cuartas,
abundan relativamente los vocablos manejados por la autora con acepciones más
o menos técnicas. Quizá sea útil una sencilla clarificación. Los enumeramos:
1.º Natural-sobrenatural.
«Comienzan a ser cosas sobrenaturales» las que caracterizan a estas cuartas
moradas, se nos advierte ya en el n. 1.
Y terminará la exposición en el capítulo 3, n.14 con la contraposición
«natural-sobrenatural».
– Ella misma definió el concepto de sobrenatural
así: «Sobrenatural llamo yo lo que con industria ni diligencia no se puede
adquirir aunque mucho se procure, aunque disponerse para ello sí» (Rel 5, 3).
– Es decir, a todo lo que hacemos nosotros para
«disponernos» a recibir las gracias de Dios, lo llama «natural».
«Sobrenatural», en cambio, es lo absolutamente gratuito por parte de Dios. En
el léxico de las Moradas, natural es sinónimo de ascético; sobrenatural,
sinónimo de místico.
2.º Contentos-gustos.
Lo ha anunciado en el título del capítulo: «Trata de la diferencia que hay de
contentos... y gustos». Lo explicará espaciosamente en los nn. 4-6.
– Sobre el presupuesto de que en la oración, como en
la vida, se mezclan dolores y gozos, ahora habla de estos últimos. Hay
momentos gozosos, resultantes de nuestro hacer (del meditar, del servicio
caritativo, de cualquier virtud bien ejercida). Son los contentos. Hay, en cambio, un brote desbordante de gozo interior,
que no procede de nuestro quehacer, sino que es recibido, hecho brotar
interiormente por Dios en el alma. Son los gustos.
– Estamos de nuevo ante la alternativa de
experiencias ascéticas (moradas terceras) y místicas (moradas quintas).
3.º Meditación-contemplación
(n. 6). El término «contemplación», latente en el texto de las moradas cuartas,
solo comparecerá expresamente al entrar en las siguientes (5M 1, 2). Meditación es la oración discursiva.
Activa. Ascética. Contemplación es,
antonomásticamente, la forma de oración que se produce bajo el influjo de las
gracias místicas. No discursiva. Pasiva. Infusa.
4.º Embebecimiento
– estar en un ser (ambos términos en el n. 3).
– Embebecimiento
tiene casi siempre significado negativo en los textos teresianos. Es el estado
anímico de quien anula intencionadamente la actividad interior: alelamiento.
– Estar en un
ser: equivale a totalmente, ininterrumpidamente. Expresión con que ella
designa la situación señera de quien ya es dueño de toda la actividad interior
y puede pacíficamente prolongarla. Situación típica del momento contemplativo.
Mientras que «embebecimiento» es una forma de pseudocontemplación.
5.º Por fin algo de psico-fisiología teresiana:
– Hubo un tiempo en que Teresa identificaba
entendimiento, pensamiento e imaginación;
– Ahora interpone distancias entre entendimiento y
pensamiento. El entendimiento es una «potencia del alma». Es espiritual.
– En cambio, sigue emparentando pensamiento e
imaginación.
– Y lo más peculiar. Teresa localiza al alma humana
en lo más alto de la cabeza, digamos en el fondo del cerebro (n. 11). Es
probablemente una idea compartida por la psico-medicina o por la progresada
anatomía de su tiempo.
¿Más?
Sí. Es más adelante, a partir del capítulo segundo
de estas moradas, donde Teresa expondrá más, y más minuciosamente, en qué
consiste el umbral de la vida mística. Seguiremos leyendo el próximo capítulo.
[1]
Sobre el léxico teresiano empleado en este capítulo obsérvese: contentos y ternura son sinonimos y significan toda clase de experiencias
gratas (paz, satisfacción, agrado) «no infusas» sino «adquiridas» (cf. n. 4 y
c. 3, n. 3), es decir, psicológicamente similares a las naturales, aunque
percibidas en la oración y práctica de las virtudes sobrenaturales. En cambio,
gustos son todas las experiencias infusas, no adquiridas ni homogéneas a las
naturales. – Pensamiento y entendimiento: en el léxico teresiano: pensamiento equivale aproximadamente a imaginación (cf. n. 8). – Recuérdese que
divertirse equivale a distraerse.
[2]
Sobrenatural, en la acepción
teresiana ya conocida de «infuso o místico». – Comienzan a ser cosas sobrenaturales: con el recogimiento infuso
(c. 3), la oración de quietud o gustos (c. 2), comienzan las moradas místicas.
En realidad la Santa presenta las Moradas IV como moradas de transición, mezcla
de «natural y sobrenatural» (adquirido e infuso) dirá ella misma al epilogarlas
(c. 3, n. 14).
[3]
Como en otra parte se escribió: en el
libro de la Vida (alude a los numerosos capítulos dedicados a las gracias y
estados místicos: cf. 14-32 y 37-40). – Hasta
donde yo había entendido: de hecho la experiencia y el saber místicos de la
Santa, cuando escribió la vida, eran muy incompletos; no llegaría personalmente
al estado de «matrimonio místico», descrito en las séptimas moradas, sino en
1572; la «cuarta agua» y (Vida cc. 18-22); los fuertes ímpetus místicos (cc.
23-32); y las «grandes mercedes» de los cc. finales (37-40) corresponden a las
moradas VI; las M VII no tienen correspondencia en el libro de la Vida. De ahí
la insistencia de la Autora en decirnos que aquí corregirá o completará mucho
de lo afirmado en aquel libro (cf. 1M, c. 2, n. 7; 4M, c. 2, n. 4). – Catorce años ha, poco más o menos:
Terminó la primera redacción de la Vida en 1562; y escribe estas páginas a
fines de 1577.
[5]
Cuando quiere y a quien quiere:
fórmula utilizada por la Santa (y por san Juan de la Cruz) para subrayar la
absoluta gratuidad del don de Dios en sus gracias místicas. Cf. V 34, 11: «Son
dones que da Dios cuando quiere y como quiere, y ni va en tiempo ni en
servicios». Aquí relaciona esa su tesis con la parábola de los jornaleros
llamados a la viña: Mt 20, 13. Otros pasajes de Moradas que reiteran esa
«tesis» teresiana: IV 2, 9; V 1, 12; VI 4, 12; 7, 9; 8, 5...
[19]
La aclaración contenida en el paréntesis fue añadida por la Santa al margen del
autógrafo. Gracián tuvo el mal gusto de tacharla y escribir entre líneas: «O
imaginación, que así la llamamos ordinariamente las mujeres». Tras Gracián vino
Ribera, que tachó la nota marginal de aquel y advirtió al margen: «¡No se borre
nada!». – A pesar de la presente declaración de la Santa, su ignorancia en este
punto no era absoluta: cf. V c. 17, n. 5.
[22]
Estos desvaríos de la imaginación preocuparon insistentemente a la Santa. En
Vida c. 17, n. 7 escribía: «El postrer remedio que he hallado, a cabo de
haberme fatigado hartos años..., es que no se haga caso de ella más que de un
loco, sino dejarla con su tema». Sin embargo, en Camino c. 31, n. 8 vuelve
sobre ello: «Por ventura es solo el mío [su imaginación, la que sufre tales
distracciones], y no deben ser así los otros. Conmigo hablo, que algunas veces
me deseo morir, de que no puedo remediar esta variedad del entendimiento».
(Nótese la inestabilidad del léxico teresiano: aquí entendimiento equivale a
imaginación). En las Moradas ha llegado ya a una alta seguridad doctrinal sobre
este punto; esa instabilidad y rebeldía de la imaginación es pura consecuencia
del desorden producido en nosotros por el pecado de origen (cf. n. 11. Véanse
además las Fundaciones c. 5, n. 2).